






Hay momentos en los que un gesto vale más que cien discursos. Lo ocurrido con los jugadores de la Selección Argentina, que desplegaron una bandera con la leyenda "Las Malvinas son Argentinas", terminó dejando una enseñanza que excede largamente al fútbol. Donald Trump le dio una lección al mundo entero y, especialmente, a una izquierda internacional que hace tiempo se convirtió en una fábrica de censura.
Mientras algunos reclamaban sanciones y otros pretendían convertir una manifestación pacífica en un escándalo diplomático, Trump fue contundente: los jugadores ejercieron su derecho a expresarse libremente.


Ese fue el verdadero mensaje.
No se trató de respaldar una posición geopolítica determinada. Se trató de defender un principio mucho más importante: la libertad de expresión.
Ese derecho está protegido por la Primera Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos, una norma que impide que el poder castigue a las personas por expresar sus ideas.
Trump les recordó al mundo algo que muchos parecen haber olvidado: la libertad de expresión no necesita permiso.
Y la mayor lección fue para una izquierda internacional que habla permanentemente de derechos, pero que cuando aparece una opinión distinta intenta silenciarla.
La izquierda fracasó.
Fracasó porque durante años quiso instalar la idea de que solo determinadas opiniones eran aceptables.
Fracasó porque confundió tolerancia con pensamiento único.
Fracasó porque transformó la cancelación en una herramienta política.
Fracasó porque creyó que podía decidir quién habla, quién calla y qué ideas pueden expresarse.
Lo ocurrido con la bandera argentina volvió a demostrar que ese modelo está agotado.
La libertad no pertenece a la izquierda. Nunca le perteneció.
Pertenece a las personas.
Pertenece a quienes creen que cada individuo tiene derecho a expresar sus convicciones sin temor a ser castigado por un organismo internacional, por un gobierno o por cualquier grupo de presión.
Muchos esperaban una sanción de la FIFA. Muchos deseaban que los futbolistas argentinos fueran disciplinados por expresar una convicción compartida por millones de argentinos.
No ocurrió.
Y el respaldo de Donald Trump terminó por cerrar cualquier intento de convertir una expresión pacífica en un motivo de castigo.
Ese fue el mensaje de un estadista.
No el de alguien que pretende imponer una opinión, sino el de quien entiende que una democracia solo puede existir cuando las personas son libres de decir lo que piensan, incluso cuando otros no están de acuerdo.
Porque el problema nunca fue la bandera.
El problema, para quienes viven de la corrección política, fue que alguien se animó a expresar una idea sin pedir autorización.
Y eso es precisamente lo que más incomoda a quienes durante décadas intentaron controlar el debate público.
Trump no le habló únicamente a los argentinos. Le habló al mundo entero.
Les recordó que ninguna burocracia internacional, ninguna organización deportiva y ningún movimiento ideológico puede colocarse por encima de un derecho fundamental.
La libertad de expresión no se negocia. No se administra. No se concede. Se ejerce.
Y cuando un presidente está dispuesto a defender ese principio frente a la presión política y mediática, no está haciendo un favor a un país ni a una selección de fútbol.
Está defendiendo uno de los pilares esenciales de cualquier sociedad verdaderamente democrática.
















