


Con Irán ya no alcanza con negociar: el régimen incumplió todo y el mundo sigue perdiendo el tiempo
OPINIÓN Por Carlos Zimerman



Durante años, Occidente apostó por el diálogo. Durante años se ofrecieron acuerdos, negociaciones, concesiones y oportunidades diplomáticas. ¿Cuál fue la respuesta del régimen iraní? Incumplimientos, provocaciones y una escalada permanente de la tensión en Oriente Medio.
La evidencia es contundente: negociar con el régimen teocrático iraní no ha servido para modificar su conducta. Cada compromiso asumido terminó siendo relativizado, desconocido o directamente violado. Mientras el mundo discutía en mesas de negociación, Teherán seguía fortaleciendo su capacidad militar y utilizando el tiempo ganado para consolidar su posición.


Eso es exactamente con lo que hoy se encuentra Donald Trump. Su administración intentó abrir una instancia de entendimiento, pero vuelve a tropezar con una realidad que ya debería estar fuera de discusión.
No se puede construir un acuerdo serio con un régimen que no respeta los acuerdos que firma.
Irán ha demostrado una y otra vez que utiliza las negociaciones como una herramienta táctica. Dialoga cuando le conviene. Promete cuando necesita alivio. Firma cuando está bajo presión. Pero, una vez obtenido el beneficio, vuelve a desafiar a la comunidad internacional.
No negocia de buena fe. Gana tiempo.
Y mientras gana tiempo, la amenaza crece.
El régimen iraní continúa desafiando a Occidente, mantiene una política exterior basada en la confrontación y convierte a Oriente Medio en un foco permanente de inestabilidad. Cada nueva crisis confirma que el problema nunca fue la falta de diálogo. El problema es que del otro lado nunca existió una verdadera voluntad de cumplir lo pactado.
La comunidad internacional no puede seguir actuando como si todavía quedara margen para confiar en las promesas de Teherán. Ese tiempo ya pasó.
Estados Unidos e Israel deben comprender que la estrategia de las concesiones sucesivas ha fracasado. La firmeza no puede ser una opción; debe convertirse en la regla. La presión diplomática, económica y el aislamiento internacional del régimen deben profundizarse hasta impedir que continúe desestabilizando la región.
Porque aquí conviene hacer una aclaración fundamental.
El enemigo no es el pueblo iraní. El problema es el régimen teocrático que gobierna el país desde hace décadas, una estructura que concentra el poder, reprime libertades y ha convertido el conflicto permanente en una herramienta de supervivencia política.
El mundo necesita pacificar Oriente Medio. Pero la paz no se construye firmando acuerdos con quienes sistemáticamente los incumplen.
Cada negociación fallida solo les ha permitido fortalecerse, reorganizarse y volver a desafiar a la comunidad internacional.
Seguir creyendo que el próximo acuerdo será diferente ya no es diplomacia. Es ingenuidad.
La historia demuestra que la paz exige interlocutores confiables. Y el régimen iraní ha demostrado, una y otra vez, que no lo es.
Occidente debe abandonar definitivamente la ilusión de que un nuevo papel firmado resolverá el problema.
Porque cuando una dictadura incumple todos los compromisos asumidos, el tiempo deja de jugar a favor de la paz y empieza a jugar a favor del conflicto.






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