

Trump dijo lo que muchos pensaron: el Super Bowl no es un acto político ni un show identitario
OPINIÓN Por Carlos Zimerman

Por Carlos Zimerman
El Super Bowl es, desde hace décadas, el evento deportivo y cultural más importante de los Estados Unidos. Un espectáculo pensado para unir, para celebrar el deporte, la música y la identidad de un país que se reconoce en ese ritual anual. Por eso lo ocurrido ayer con el show de Bad Bunny no fue solo un recital: fue una declaración política camuflada de entretenimiento.
Y Donald Trump hizo lo que pocos se animan a hacer en estos tiempos de corrección obligatoria: decirlo sin rodeos.


El expresidente cuestionó con dureza un espectáculo que, lejos de apuntar al entretenimiento universal, se convirtió en una puesta en escena cargada de mensajes ideológicos, identitarios y provocadores. No fue un debate musical. Fue un debate cultural. Y Trump entendió perfectamente lo que estaba en juego.
El Super Bowl no es un festival alternativo ni una tribuna militante. Es un símbolo de la cultura estadounidense. Y cuando ese símbolo se utiliza para imponer una narrativa política o social, deja de ser un show para todos y pasa a ser un acto para algunos. Eso fue lo que muchos espectadores sintieron y lo que Trump expresó con claridad brutal.
Bad Bunny es un artista exitoso, nadie lo discute. Pero el problema no es su fama ni su talento. El problema es el mensaje. El escenario más visto del planeta no puede transformarse en una plataforma para marcar agenda cultural como si se tratara de un manifiesto. La música debe unir, no dividir. Y lo de ayer dividió.
Trump fue acusado de “intolerante”, de “retrógrado” y de “no entender la diversidad”. En realidad, hizo algo mucho más simple: defendió la idea de que el Super Bowl pertenece a todos los estadounidenses, no a una elite cultural que decide qué debe pensar, sentir o aplaudir la audiencia.
Mientras algunos celebraban la provocación, millones de personas se preguntaban por qué un evento deportivo terminó siendo un show cargado de simbolismos ajenos al espíritu original del Super Bowl. Esa pregunta es legítima. Y Trump fue el único dirigente importante que la formuló en voz alta.
En un mundo donde los políticos suelen callar para no incomodar, Trump volvió a marcar una diferencia: no se subordina a la moda cultural ni al aplauso fácil. Defiende una idea clara de nación, de tradición y de espectáculo sin adoctrinamiento.
Lo ocurrido anoche confirma algo más profundo: el debate ya no es musical, es político. Y Trump entiende que la batalla cultural se libra también en un escenario con luces, pantallas gigantes y millones de espectadores.
Algunos dirán que exagera. Otros que es polémico. Pero muchos, muchísimos, pensaron exactamente lo mismo que él y no se animaron a decirlo.
El Super Bowl debe ser fútbol, música y celebración. No un panfleto disfrazado de show.
Trump lo dijo sin anestesia. Y, una vez más, quedó claro que no está dispuesto a ceder ni un centímetro en la defensa de lo que considera los valores centrales de su país.
Ayer no se discutió solo un espectáculo. Ayer se discutió qué es Estados Unidos. Y Trump eligió pararse del lado de la tradición, no del marketing ideológico.



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