El mundo se derrumba a un mes de la proxi-guerra

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Parece un todos contra todos por la guerra que comenzó el 28 de febrero y que, un mes más tarde, se encuentra en un punto de inflexión —y poca reflexión—, entre los equipos —en esta Olimpiada de muerte— de Israel y Estados Unidos, en una esquina, contra Irán y sus proxis: Hezbolá (Líbano) y Hutíes (Yemen), en la otra.

Mientras el Medio Oriente es una vorágine de destrucción, el sábado 28 de marzo se llevaron a cabo en Estados Unidos manifestaciones en más de tres mil localidades, declarando el “No Kings Day”, otra puesta en escena de grupos de izquierda que se valen de cualquier cosa —dinero que uno sabe de dónde proviene… Sí, los sospechosos habituales— para movilizar a ciudadanos que se dejan llevar por propaganda de redes sociales, campañas en contra del propio país donde viven y el típico circo extremista, mientras critican, en tono absolutista y radical, las decisiones del presidente Trump. Entonces son las protestas de “no a la guerra”… pero… se quedan callados y elevan sus plegarias en favor de un régimen que no dudaría un segundo para acabar con todos ellos… mujeres, niños, todos por igual.

Ninguna guerra es “normal”, esto a pesar de que la historia de nuestra civilización está construida sobre el sustrato de las guerras, de la muerte, del poder y la economía de los enfrentamientos geopolíticos. Sin embargo, esta guerra no es una sola guerra sino varias al mismo tiempo. En una era donde la IA y las maquinarias en redes sociales, lavan, distorsionan, borran, reescriben y etiquetan como “hechos” y “verdades” lo que cualquier persona y grupos que se juegan sus intereses en el tablero del control global, digan: la manipulación es carta fundamental y se convierte en un asombrosamente efectiva. Videos, deepfake, forman parte del proxi usado por los participantes del conflicto.

El 28 de febrero Israel y Estados Unidos bombardearon Teherán con una precisión quirúrgica. El líder iraní muerto, su hijo asumió el poder —y la fama mundial ya que supuestamente es gay, vaya que la sharia sólo pesa cuando les conviene— aunque no ha aparecido por ninguna parte; Irán está mermado, destruído. Pasará cerca de una década para que pueda reconstruirse no sólo en el ámbito militar sino estructural. Pero Estados Unidos, o específicamente el presidente Trump, no la tiene fácil. En este momento, la situación está en punto donde todo va a ocurrir: fin o continuación hacia la próxima fase. Esta guerra le cuesta a Estados Unidos mil millones de dólares diarios. A Israel no sólo le cuesta dinero, sino que pasaron de un superávit a la devaluación. La presión interna se ha incrementado. La renuncia de Joe Kent de la Dirección del Centro Nacional de Contraterrorismo —desestimando los motivos que iniciaron la guerra—, ha sido un golpe político para Trump y el juego de quién es el villano se complica día a día. La victimización iraní —a pesar de las ejecuciones cometidas contra sus propios ciudadanos— hace eco en una opinión pública ciega, sorda y muda y el spotlight sobre Trump se torna casi enceguecedor, amén del creciente estado de tensión entre EE.UU e Israel; al primero le conviene una salida negociada; para el segundo, no hay salida sino el exterminio de su enemigo.

China y Rusia se mueven desde la distancia, atentos ante esa etapa que nadie quiere que ocurra: tropas americanas en suelo iraní. Que, de ocurrir, activaría una explosiva secuencia-efecto dominó que podría escalar a más naciones de las que hoy mismo se atreven a manifestarse. La Unión Europea estaría contra la pared en este escenario y una crisis migratoria asoma desde los escombros libaneses e iraníes.

Mientras, el presente y futuro de la economía del planeta se decanta en un lugar: el Estrecho de Ormuz.

A un mes de los demoledores estallidos iniciales de esta guerra que busca… ¿Qué busca realmente? ¿Control sobre Irán y sus recursos? ¿Liberación de un país? La respuesta a esta pregunta definirá los próximos movimientos y establecerá el conteo regresivo para el fin o extensión del enfrentamiento.

Por ahora todo está tan complicado que es difícil mapear los objetivos que definirán las acciones a tomar por los tres países involucrados. Irán está herido.. ¿De muerte? No me atrevo a dar una respuesta. Pero Irán promete lo mismo que Estados Unidos: desatar un infierno. Y lo único que queda claro es: si Irán desata ese infierno, mediante sus proxi, en territorio norteamericano… No habrá negociación ni obsequios, ni nada que detenga a Trump en la eliminación del régimen iraní. Y, de ocurrir esto, el tsunami a desatarse es tan peligroso como inimaginable.

El primer mes cierra con una volatilidad preocupante y la suerte del mundo corre entre los hilos que mueven los intereses de la que fácil —y trágicamente— podrá ser la última de todas las guerras… o la derrota más grande del extremismo islámico.

Fuente: PanamPost

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