Trump y Ormuz: pragmatismo estratégico para sostener el equilibrio global

OPINIÓN Por Carlos Zimerman

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Carlos Zimerman
Por Carlos Zimerman

Por momentos, analizar a Donald Trump con los parámetros clásicos de la diplomacia parece un ejercicio inútil. No es un dirigente previsible ni busca serlo. Su verdadera matriz es el pragmatismo, y quien no logre entender esa clave difícilmente pueda interpretar la política internacional que está desplegando. En ese marco, la pregunta sobre si Estados Unidos podría avanzar sobre el Estrecho de Ormuz no tiene una respuesta cerrada: no es posible afirmarlo, pero sería un error descartarlo.

El movimiento de tropas no es un dato menor. La presencia creciente de Marines en la región no responde a una demostración simbólica. Es poder material proyectado en un punto neurálgico del planeta. Porque Ormuz no es un paso marítimo más: es la válvula por donde circula cerca de un tercio del petróleo que se comercia en el mundo. Quien controle ese estrecho, aunque sea parcialmente, tendrá en sus manos una herramienta de presión global de magnitud incalculable. No se trata solo de energía: se trata de precios, de mercados, de estabilidad financiera y, en última instancia, de poder.

Pero hay un elemento aún más determinante: su peso en la economía mundial. El Estrecho de Ormuz es, literalmente, uno de los puntos más sensibles del comercio global. Por allí transitan diariamente millones de barriles de petróleo y una porción significativa del gas natural licuado que abastece a Europa y Asia. Un bloqueo —incluso parcial— no solo dispararía el precio del crudo, sino que impactaría en cadena sobre el costo del transporte, la producción industrial y el precio de los alimentos. En otras palabras, lo que ocurra en Ormuz no es un problema regional: es un factor que puede alterar la inflación global, afectar a las economías emergentes y poner en tensión a las principales potencias.

— "El Estrecho de Ormuz no es solo un paso estratégico: es el termómetro de la economía mundial" —

En este contexto, el rol de Marco Rubio aparece como la cara diplomática de una estrategia más compleja. Washington insiste en que sus objetivos podrían alcanzarse sin una invasión terrestre a gran escala. La referencia es clara: evitar otro escenario como el de Guerra de Irak. Sin embargo, ese mensaje no debe confundirse con una renuncia al uso de la fuerza. Por el contrario, lo que sugiere es que las opciones militares siguen sobre la mesa, aunque bajo formatos más acotados, quirúrgicos y, sobre todo, políticamente administrables.

— "Cuando Washington habla de contingencias, no está improvisando: está mostrando capacidad de acción sin necesidad de ejecutarla de inmediato" —

Las filtraciones sobre posibles escenarios en la costa iraní, operaciones en la isla de Kharg o incluso el aseguramiento de material nuclear, refuerzan esta lectura. No estamos frente a un simple gesto intimidatorio. Es coerción clásica en su estado más puro: exhibir la fuerza para condicionar la decisión del adversario. Que el otro dude. Que el otro calcule. Que el otro, eventualmente, ceda sin que el disparo se concrete.

Ahora bien, la dimensión política interna también juega su partido. Trump construyó buena parte de su capital prometiendo que no enviaría más jóvenes estadounidenses a guerras lejanas. Ese compromiso sigue vigente en el plano discursivo, pero el pragmatismo que lo define le permite reconfigurar sus decisiones en función del contexto. No se trata de contradicción, sino de adaptación. Y en política internacional, esa capacidad suele ser más valiosa que la coherencia rígida.

La situación en Ormuz difícilmente pueda sostenerse en el tiempo. El impacto económico global ya es evidente y presiona sobre todos los actores involucrados. Los mercados no toleran la incertidumbre prolongada en un punto tan sensible. La pregunta, entonces, deja de ser si habrá una resolución y pasa a ser cómo se producirá.

¿Será mediante acuerdos, presiones diplomáticas y concesiones mutuas? ¿O será a través de una acción limitada que busque imponer condiciones por la fuerza? En el universo de Trump, ambas opciones conviven sin contradicción.

Porque si algo ha demostrado es que, en su lógica, la imprevisibilidad no es un defecto: es un instrumento. Y en Ormuz, ese instrumento está hoy más vigente que nunca.

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