El Estrecho de Ormuz: la arteria del petróleo que Irán amenaza y el mundo no puede perder

OPINIÓN Por Carlos Zimerman

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Carlos Zimerman
Por Carlos Zimerman

En el tablero geopolítico global existen lugares cuya importancia excede largamente su tamaño. Uno de ellos es el Estrecho de Ormuz, una angosta franja marítima que se ha convertido en una de las piezas más sensibles del sistema económico mundial.

Cada vez que el régimen de Irán amenaza ese corredor marítimo, el mundo entero contiene la respiración. Y no es una exageración.

La ubicación de una arteria estratégica

El ESTRECHO DE ORMUZ está ubicado entre IRÁN, al norte, y Omán, al sur —especialmente en la península omaní de Musandam—. Este paso marítimo conecta el Golfo Pérsico con el Golfo de Omán, que a su vez desemboca en el Océano Índico.

En su punto más angosto tiene apenas unos 40 kilómetros de ancho. Sin embargo, las rutas de navegación segura para los buques petroleros son aún más reducidas. Por ese pequeño corredor pasan cada día millones de barriles de petróleo provenientes de los principales productores del Golfo.

Desde los puertos energéticos de Arabia Saudita, Irak, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos y Qatar parten los buques que luego abastecen a los grandes consumidores del planeta: China, India, Japón, Corea del Sur y gran parte de Europa.

En otras palabras, por ese estrecho circula una porción vital de la energía que mueve fábricas, transporte, producción agrícola y comercio internacional.

Una historia marcada por el comercio y el poder

La importancia estratégica del ESTRECHO DE ORMUZ no comenzó con el petróleo. Durante siglos fue una ruta fundamental para el comercio entre Oriente y Occidente.

Desde tiempos antiguos conectaba las rutas marítimas entre India, la antigua Persia y la península arábiga con los mercados que llegaban hasta EUROPA.

En el siglo XVI, el control del estrecho fue disputado por el Imperio Portugués, que comprendió rápidamente que dominar ese paso significaba controlar buena parte del comercio entre Asia y Occidente.

Sin embargo, el verdadero salto geopolítico llegó en el siglo XX, cuando el petróleo del Golfo Pérsico pasó a ser el combustible de la economía global.

Durante la Guerra Irán-Irak, por ejemplo, el estrecho fue escenario de la llamada “guerra de los petroleros”, en la que ambos países atacaban buques comerciales para golpear económicamente al adversario. Aquella etapa dejó en claro que cualquier conflicto en esa zona tiene repercusiones globales.

Un punto crítico para la economía mundial

Por eso cada vez que IRÁN coloca minas navales, hostiga petroleros o amenaza con cerrar el paso marítimo, no está realizando una simple maniobra militar regional.

Está, lisa y llanamente, atentando contra la salud económica del planeta.

Si el ESTRECHO DE ORMUZ se bloquea o sufre interrupciones severas, las consecuencias serían inmediatas: el precio del petróleo se dispararía, el costo de la energía subiría en todos los continentes y el impacto llegaría directamente al bolsillo de millones de personas.

La inflación global recibiría un golpe brutal. El transporte internacional se encarecería. La industria vería subir sus costos. Y los países más dependientes del petróleo importado enfrentarían crisis energéticas de gran magnitud.

En términos simples: lo que ocurre en ese pequeño paso marítimo puede alterar la economía mundial.

El rol de Estados Unidos e Israel

Y allí es donde aparece el rol que hoy cumplen Estados Unidos y Israel.

Ambos países han decidido enfrentar la escalada iraní no solo por una cuestión estratégica o militar, sino también por una razón que afecta a todo el sistema internacional: impedir que una dictadura teocrática utilice una ruta energética vital como herramienta de extorsión global.

El régimen iraní no es simplemente un gobierno con el que Occidente mantiene diferencias diplomáticas. Se trata de un sistema político profundamente ideologizado que ha demostrado reiteradamente su disposición a desestabilizar la región y a utilizar el petróleo y las rutas marítimas como armas políticas.

Cuando Teherán amenaza el ESTRECHO DE ORMUZ, no solo desafía a sus adversarios regionales. Desafía al mundo entero.

Por eso las acciones de ESTADOS UNIDOS e ISRAEL deben analizarse también desde esta perspectiva: como un intento de preservar la estabilidad de una de las rutas energéticas más importantes del planeta y evitar que el chantaje geopolítico de un régimen autoritario termine sacudiendo la economía global.

En un mundo cada vez más interconectado, la seguridad energética no es un problema regional. Es una cuestión que afecta directamente al funcionamiento del comercio internacional, al crecimiento económico y a la estabilidad de los mercados.

Permitir que una dictadura teocrática convierta el ESTRECHO DE ORMUZ en un campo de batalla permanente no sería solo un error estratégico.

Sería una irresponsabilidad histórica.

Porque cuando se amenaza la principal arteria energética del planeta, lo que está en juego no es solo la seguridad de Medio Oriente.

Lo que está en juego es el equilibrio económico del mundo.

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