Pedro Sánchez juega a la neutralidad y termina aliado con los asesinos terroristas

OPINIÓN Por Carlos Zimerman

Carlos ZimermanPor Carlos Zimerman

Por momentos, la política exterior deja de ser diplomacia y se convierte en un gesto ideológico. Eso es exactamente lo que hizo Pedro Sánchez al colocar a España casi al margen de Occidente y alinearla, en los hechos, con el régimen iraní, mientras condena la ofensiva de Israel y los Estados Unidos contra un Estado señalado internacionalmente por su matriz terrorista.

El presidente español anunció que su Gobierno seguirá “exigiendo” un cese de hostilidades y una salida diplomática al conflicto, amparándose en su pertenencia a la Unión Europea, la OTAN y la “comunidad internacional”. Y agregó una frase que sonó más a desafío que a prudencia: “No seremos cómplices de algo que es malo para el mundo y contrario a nuestros valores”.

El mensaje tuvo destinatario directo. Horas antes, desde la Casa Blanca, el presidente norteamericano había ordenado a su secretario del Tesoro romper todos los acuerdos comerciales con España. Lo hizo, además, frente al canciller alemán Friedrich Merz, quien lejos de respaldar a Sánchez confirmó que en la UE y la OTAN intentan convencerlo de elevar el gasto en defensa al 5 % para 2035. Es decir: aislamiento político y presión económica, en tiempo real.

La posición oficial se resume en un eslogan tan viejo como peligroso: “No a la guerra”. Sánchez evocó la invasión a Irak de 2003 y sostuvo que aquella experiencia demostró que las intervenciones militares generan más inseguridad que estabilidad. Una lectura selectiva de la historia, porque omite deliberadamente con quién se está negociando hoy: un régimen que financia milicias, exporta violencia y desafía al derecho internacional desde hace décadas.

El presidente también anunció que su Gobierno estudia medidas para amortiguar el impacto económico del conflicto sobre hogares y empresas. Aseguró que España “tiene recursos para enfrentar la crisis”. Lo que no aclaró es si piensa dar explicaciones políticas. No informó si comparecerá ante el Congreso ni si retomará el diálogo con la oposición. Ni siquiera se comunicó con Alberto Núñez Feijóo, jefe del principal bloque opositor.

“Estamos con los valores de nuestra Constitución, con los principios fundacionales de Europa y con la Carta de las Naciones Unidas”, insistió Sánchez, citando a la Organización de las Naciones Unidas como respaldo moral. Pero en la práctica, sus palabras colocan a España del lado equivocado del tablero: el de quienes relativizan al terrorismo y cuestionan a las democracias que intentan frenarlo.

La política exterior no es un ejercicio de pureza ideológica, sino de defensa de intereses. Y hoy, con sus declaraciones, Sánchez expone a su país a sanciones comerciales, a un deterioro estratégico con Washington y a un aislamiento incómodo dentro de Europa. El daño potencial no lo sufrirá él: lo pagarán los trabajadores, las empresas y la economía española.

Hay momentos en que la historia pregunta de qué lado estás. Y esta vez, España, por decisión de su presidente, parece haber elegido mal.

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