




Por Carlos Zimerman
Durante décadas, el régimen terrorista que gobierna Irán se sostuvo gracias a la tibieza de gobiernos occidentales que prefirieron mirar hacia otro lado antes que enfrentar al fundamentalismo islámico que mantiene a su propio pueblo como rehén y a la humanidad entera en permanente estado de amenaza.


Hoy ese ciclo se rompió.
Por primera vez en muchos años, el poder iraní enfrenta la decisión firme de un presidente de los Estados Unidos que no negocia con terroristas ni se esconde detrás de comunicados diplomáticos vacíos. Donald Trump dijo basta. Se le terminó la paciencia. Y con el respaldo estratégico de Israel y de su primer ministro Benjamin Netanyahu, decidió asestarle el golpe de gracia a una estructura de poder que durante años exportó violencia, miedo y muerte.
No se trata de una guerra contra un pueblo. Muy por el contrario: es una batalla contra una cúpula terrorista que usurpó el poder y convirtió a Irán en una cárcel ideológica, donde las mujeres son castigadas por pensar distinto y los jóvenes crecen sin futuro ni libertades.
El fin de los gobiernos tibios
La historia reciente está llena de ejemplos de líderes que eligieron la complacencia: acuerdos débiles, sanciones simbólicas y discursos políticamente correctos que jamás cambiaron nada. Mientras tanto, el régimen iraní avanzó con su programa nuclear, financió grupos terroristas y desafió al mundo con total impunidad.
Trump rompió esa lógica. Y eso es lo que incomoda a muchos. Porque no habla de contención: habla de terminar para siempre con el terrorismo que se esconde detrás del fanatismo religioso.
Ahora es la hora del pueblo iraní
El mensaje es claro: llegó el momento del pueblo iraní.
La hora de tomar el control de su propio destino.
La hora de transformar un país secuestrado por el fundamentalismo en una democracia plena.
Irán puede y debe ser una nación que trabaje para sus ciudadanos y para la paz, no para la guerra eterna. Un país con elecciones libres, con derechos civiles, con mujeres libres y con jóvenes que no tengan que huir al exilio para poder soñar.
El fundamentalismo debe terminar
El fundamentalismo islámico no es una religión: es una ideología de sometimiento. Donde gobierna, no hay libertad. Donde avanza, hay terror. Y mientras exista, la humanidad seguirá viviendo bajo amenaza.
Por eso este momento es histórico. Porque a los terroristas usurpadores de Irán se les terminó la impunidad.
Porque por primera vez enfrentan a líderes que no negocian con el miedo.
Porque ahora es el pueblo iraní quien debe asumir que la libertad es posible.
El mundo está ante una encrucijada: seguir tolerando dictaduras fanáticas o acompañar el nacimiento de una nueva democracia en Medio Oriente.
A los terroristas de Teherán les llegó la hora.
Y al pueblo iraní, le llegó su oportunidad.





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