La dinastía del terror: el régimen iraní se encierra en sí mismo mientras la guerra acelera su caída

OPINIÓN Por Carlos Zimerman

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Carlos Zimerman
Por Carlos Zimerman

La designación de Mojtaba Jamenei como nuevo líder supremo de Irán —el cargo que en los hechos concentra el poder absoluto del régimen— no es el resultado de un proceso ordenado, sino una decisión tomada en medio del caos. La teocracia iraní atraviesa uno de los momentos más críticos desde la revolución islámica de 1979, con una guerra abierta contra Estados Unidos e Israel, derrotas militares sensibles y el riesgo concreto de que la estructura del poder colapse.

El nombramiento fue definido por la Asamblea de Expertos, el órgano clerical integrado por 88 religiosos encargado de elegir al líder supremo. El comunicado oficial intentó darle un tono institucional a una decisión que en realidad refleja pánico en la cúpula del poder. Según el texto, la elección busca “preservar la continuidad del sistema político y garantizar la unidad frente a las agresiones externas”.

La urgencia con la que se resolvió la sucesión revela el verdadero problema: el régimen teme que las disputas internas deriven en una fractura irreversible. El líder supremo no es una figura simbólica. Controla las Fuerzas Armadas, define la política exterior, supervisa al poder judicial y posee la última palabra en todas las decisiones estratégicas del país. En el sistema iraní, su autoridad está por encima del presidente y del Parlamento.

La rápida proclamación de Mojtaba intenta evitar que los distintos centros de poder del régimen entren en una lucha abierta. En particular, la Guardia Revolucionaria Islámica, el aparato militar ideológico encargado de proteger al sistema teocrático, ya venía desobedeciendo al triunvirato que había quedado al mando tras la desaparición de su padre.

Aunque Mojtaba Jamenei nunca ocupó cargos públicos relevantes, dentro de la estructura del régimen siempre fue considerado un operador central. Durante años actuó como puente entre el líder supremo y los mandos de la Guardia Revolucionaria, acumulando una influencia silenciosa pero decisiva dentro del aparato de seguridad y de las instituciones religiosas.

No sorprende entonces que, apenas se oficializó su designación, la Guardia Revolucionaria se apresurara a emitir un comunicado jurando fidelidad absoluta al nuevo jefe del régimen. El cuerpo militar afirmó que obedecerá sus órdenes como “brazo armado del liderazgo”, un respaldo clave si se tiene en cuenta que controla sectores enteros del aparato militar, el programa de misiles y una vasta red económica.

Sin embargo, la sucesión abrió una controversia profunda tanto dentro como fuera de Irán. Uno de los pilares ideológicos de la revolución islámica fue el rechazo a la monarquía hereditaria que gobernaba antes de 1979. Que ahora el poder pase directamente de padre a hijo deja al descubierto una contradicción evidente: la teocracia que decía combatir las dinastías terminó construyendo la suya propia.

Una línea aún más radical

Quienes conocen al nuevo líder sostienen que su pensamiento es incluso más rígido que el de su padre. Mojtaba Jamenei pertenece al sector más duro del régimen y se opone frontalmente a cualquier intento de negociación con Occidente.

Criado dentro del núcleo del poder clerical, cursó estudios religiosos en el seminario chiita de Qom, el principal centro teológico del país. Su formación estuvo marcada por la doctrina creada por el ayatolá Ruhollah Jomeini, basada en el principio de velayat e faqih, que establece que un clérigo debe ejercer la autoridad suprema del Estado.

Aunque carece del peso teológico de los grandes ayatolás, logró construir un poder político considerable desde finales de los años noventa. Para ello tejió relaciones con la Guardia Revolucionaria —el ejército ideológico del régimen, integrado por fanáticos que cumplen funciones comparables a las SS en la Alemania nazi o al aparato represivo del castrismo cubano— y con la milicia paramilitar Basij, responsable de la brutal represión contra la población civil.

Esa maquinaria represiva dejó recientemente una marca sangrienta: más de 30.000 civiles asesinados durante protestas internas, una tragedia que el régimen logró ejecutar ante el silencio cómplice de organismos internacionales y estructuras de derechos humanos que prefirieron mirar hacia otro lado.

Un régimen golpeado por la guerra

La guerra contra Irán impulsada por Estados Unidos e Israel está provocando el golpe más duro que el régimen haya sufrido desde su creación. Informaciones publicadas por medios internacionales como Jerusalem Post, Axios y Politico describen un sistema político sacudido por derrotas militares, luchas internas y un creciente malestar social.

Los ataques dirigidos contra instalaciones militares y centros de mando provocaron una verdadera decapitación de la cúpula militar iraní. Entre los muertos se encuentran figuras clave como el jefe del Estado Mayor, Abdolahim Musavi, y el comandante de la Guardia Revolucionaria, Mohamad Pakpour, eliminados en bombardeos realizados en Teherán.

Detrás de la fachada institucional se libra una feroz pelea por el poder entre tres grandes bloques: el aparato clerical que controla la teocracia, la Guardia Revolucionaria que maneja gran parte de la fuerza militar y económica, y sectores más pragmáticos vinculados al gobierno civil.

Cada uno intenta preservar su cuota de poder en medio de un sistema que empieza a mostrar signos de agotamiento.

La tensión con el ejército regular

Mientras tanto, dentro del aparato militar también se multiplican las fricciones. El ejército convencional iraní, conocido como Artesh, observa la crisis como una oportunidad para recuperar influencia frente a la Guardia Revolucionaria, su histórica rival.

Desde hace décadas existe un resentimiento profundo entre ambas fuerzas. Los oficiales del Artesh cuestionan los privilegios políticos y económicos que posee la Guardia Revolucionaria, una estructura que opera casi como un Estado dentro del Estado.

Las tensiones recuerdan a las disputas que existieron en la Alemania nazi entre la Wehrmacht y las milicias partidarias, conflictos que en su momento derivaron en conspiraciones contra el propio Hitler.

Una sociedad al borde del estallido

La crisis económica, las sanciones internacionales y las pérdidas humanas derivadas de la guerra han profundizado el enojo de la población. Desde las protestas que sacudieron al país en los últimos años, amplios sectores de la sociedad iraní dejaron de reconocer la legitimidad del régimen.

Inflación descontrolada, represión permanente y aislamiento internacional conforman un cóctel explosivo que amenaza con desencadenar un estallido social de dimensiones imprevisibles.

En paralelo, la oposición en el exilio intenta capitalizar el desgaste del régimen. Uno de los nombres que aparece con mayor fuerza es el del príncipe Reza Pahlavi, hijo del último sha de Irán, quien propone un sistema de monarquía constitucional similar al británico o al español como alternativa a la teocracia.

Sectores de la diáspora iraní y parte de la oposición interna lo consideran un símbolo de un posible Irán secular, alejado del fanatismo religioso que domina al país desde hace más de cuatro décadas.

El principio del final

Hoy el sistema teocrático iraní se encuentra en una situación extremadamente frágil. Formalmente la estructura del poder clerical sigue en pie, pero la eliminación de dirigentes clave, las disputas entre facciones y el creciente rechazo popular están generando una dinámica cada vez más imprevisible.

Algunos analistas creen que el régimen aún conserva suficiente capacidad represiva para sostenerse durante un tiempo. Otros sostienen que la combinación de guerra externa y fracturas internas terminará provocando su derrumbe.

La posible intervención de minorías étnicas oprimidas, como los kurdos, podría además abrir un nuevo frente armado contra la dictadura.

Lo cierto es que el régimen iraní —responsable durante décadas de financiar el terrorismo internacional, reprimir brutalmente a su pueblo y desestabilizar Medio Oriente— atraviesa el momento más oscuro de su historia.

La ofensiva militar impulsada por Estados Unidos e Israel está golpeando con precisión quirúrgica al corazón del sistema. Cada ataque debilita a una estructura que durante años se creyó intocable.

Por primera vez en mucho tiempo, la caída de la teocracia ya no parece una fantasía sino una posibilidad concreta.

Y si la dinámica actual continúa, el mundo podría estar presenciando el principio del final de uno de los regímenes más violentos, perversos y peligrosos que haya conocido el siglo XXI. Los días de la dictadura iraní, cada vez más aislada y acorralada, podrían estar definitivamente contados.

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