Malvinas: el peligro de hacer uso de una causa demasiado sensible para los argentinos

OPINIÓN Por Carlos Zimerman

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Carlos Zimerman
Por Carlos Zimerman

Resumen

  • La causa Malvinas une a todos los argentinos y no admite mezquindades.
  • El Gobierno sostiene desde el primer día que "no hay plata" para atender múltiples urgencias.
  • Una base estratégica en Tierra del Fuego implica recursos que hoy se niegan a otras necesidades.
  • Los jubilados y las víctimas de las rutas destruidas también representan causas justas.
  • La historia de 1982 obliga a actuar con prudencia y responsabilidad.
  • Defender la soberanía también significa conocer los límites de la realidad.

La causa Malvinas no tiene dueño. No es del Gobierno de turno, no es de la oposición y mucho menos de un espacio político. Es patrimonio de los argentinos. Es una herida abierta, una deuda histórica y un sentimiento que atraviesa generaciones. Precisamente por eso merece ser tratada con una enorme responsabilidad.

La decisión del presidente Javier Milei de colocar nuevamente a Malvinas en el centro de la escena puede tener distintas interpretaciones. Nadie, absolutamente nadie, puede discutir que el reclamo argentino sobre las islas es una causa legítima, justa y profundamente arraigada en el corazón de nuestro pueblo. La discusión no pasa por la legitimidad del reclamo. La discusión pasa por el momento y por las formas.

Desde el primer día de gestión, Milei construyó buena parte de su capital político sobre una verdad incómoda pero indiscutible: no hay plata. Un país devastado por décadas de populismo, corrupción y despilfarro no podía seguir viviendo de ilusiones. Había que ajustar, ordenar y soportar enormes sacrificios para reconstruir una economía destruida.

Somos lo que acompañamos esa mirada desde el comienzo. Porque era evidente que el kirchnerismo dejaba una Argentina saqueada, quebrada y sin capacidad para sostener siquiera sus funciones esenciales. No había magia posible.

Pero justamente por eso aparece una contradicción que merece ser señalada.

Ese "no hay plata" fue el argumento para que millones de jubilados continúen cobrando ingresos indignos. Fue el motivo para que miles de afiliados al PAMI deban peregrinar detrás de medicamentos o de una atención médica que muchas veces llega demasiado tarde. Fue la explicación para abandonar durante años rutas nacionales convertidas en trampas mortales donde cada semana mueren argentinos que jamás debieron perder la vida.

Podríamos seguir enumerando hospitales deteriorados, obras paralizadas, infraestructura colapsada y cientos de necesidades básicas postergadas bajo el mismo argumento: no hay recursos.

Y era una explicación comprensible.

Sin embargo, ahora aparece la decisión de avanzar con una base estratégica en Tierra del Fuego. Desde el punto de vista geopolítico y militar, puede resultar perfectamente razonable. Incluso podría ser una decisión acertada pensando en el largo plazo.

Lo que resulta imposible ignorar es que esa decisión también requiere recursos.

Recursos que hasta ayer no existían.

Recursos que se les niegan a jubilados que trabajaron toda su vida.

Recursos que no alcanzan para reparar rutas donde siguen muriendo familias enteras.

Recursos que faltan para necesidades urgentes de millones de argentinos.

Porque también hay que decirlo con todas las letras: los jubilados son una causa justa. La seguridad vial es una causa justa. La salud pública es una causa justa. La infraestructura básica es una causa justa.

No existe una competencia entre causas nobles.

Existen prioridades.

Quienes vivimos la guerra de 1982 no podemos escuchar determinados discursos sin que se nos erice la piel. Las imágenes, los nombres de los caídos, el dolor de las familias y las secuelas que todavía arrastran tantos veteranos forman parte de una memoria que sigue viva. Muy viva.

Por eso inquieta escuchar determinados tonos. No por falta de patriotismo, sino precisamente por exceso de memoria.

La Argentina ya pagó un precio demasiado alto cuando la ignorancia, la soberbia y el triunfalismo reemplazaron a la prudencia. En 1982 se creyó que las emociones podían imponerse sobre la realidad. Y la realidad terminó siendo brutal.

El derecho internacional exige inteligencia, paciencia y una enorme capacidad diplomática. Un gesto mal interpretado, una declaración imprudente o una escalada innecesaria pueden generar consecuencias que nadie desea.

Malvinas debe seguir siendo una política de Estado permanente. Debe reclamarse siempre. Nunca debe abandonarse.

Pero tampoco debe utilizarse para alimentar épicas cuando el país todavía enfrenta urgencias dramáticas puertas adentro.

Apoyar al Gobierno en la reconstrucción económica no significa renunciar al pensamiento crítico. Del mismo modo que reconocer los enormes esfuerzos que está realizando Milei para sacar al país del desastre heredado tampoco obliga a aplaudir cada una de sus decisiones.

Las verdaderas convicciones se ponen a prueba precisamente cuando se es capaz de señalar las dudas sin abandonar el respaldo a un rumbo general.

Malvinas merece respeto.

Los veteranos merecen respeto.

Los jubilados también.

Y los argentinos que cada día arriesgan su vida circulando por rutas destruidas también.

Defender la soberanía no consiste únicamente en mirar hacia el Atlántico Sur. También implica cuidar a quienes viven todos los días dentro de nuestras propias fronteras.

Porque una Nación fuerte no es solamente la que reclama con firmeza lo que le pertenece.

Es, sobre todo, la que sabe distinguir entre los sueños que deben perseguirse y las urgencias que no pueden seguir esperando.

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