

Qatar vuelve a Teherán: Trump se queda sin paciencia y ya no confía en Irán
OPINIÓN Por Carlos Zimerman


Resumen en cinco puntos
- El primer ministro de Qatar, Mohammed bin Abdulrahman Al Thani, llegó a Teherán para intentar relanzar el diálogo entre Estados Unidos e Irán y destrabar la situación en el estrecho de Ormuz.
- Doha vuelve a asumir el papel de mediador, después de haber participado en los esfuerzos que permitieron alcanzar un alto el fuego en junio.
- La administración de Donald Trump está endureciendo la presión económica sobre Teherán y todo indica que la paciencia de Washington comienza a agotarse.
- Irán vuelve a mostrarse como un interlocutor difícil y poco confiable: en las últimas semanas hubo versiones contradictorias sobre la existencia de negociaciones y desacuerdos sobre las condiciones para reabrir Ormuz.
- La reapertura efectiva y segura del estrecho de Ormuz aparece como una prioridad central: por allí circula aproximadamente una quinta parte del petróleo y del gas natural licuado comercializados diariamente en el mundo.
La llegada del primer ministro de Qatar a Teherán vuelve a poner sobre la mesa una salida diplomática al conflicto entre Estados Unidos e Irán. Pero esta vez el escenario es diferente: Washington ya no parece dispuesto a esperar indefinidamente y Donald Trump comienza a quedarse sin paciencia con un régimen que, una y otra vez, demuestra que sus compromisos pueden cambiar de un día para otro.
Qatar tiene una posición particular para intentar destrabar la crisis. Es vecino de Irán, mantiene vínculos con Teherán y, al mismo tiempo, es un aliado estratégico de Estados Unidos. Esa particularidad convirtió a Doha en uno de los principales canales de comunicación indirecta entre ambos países.
El objetivo de la visita es intentar recuperar el diálogo, avanzar hacia una desescalada y encontrar una fórmula que permita restablecer la libertad de navegación en el estrecho de Ormuz. El conflicto lleva casi seis meses y, aunque las operaciones militares se redujeron, la diplomacia continúa estancada y los principales problemas siguen sin resolverse.


Trump empieza a cansarse
El dato político más importante no está solamente en el viaje del funcionario qatarí. Está en Washington.
Trump está mostrando señales cada vez más claras de agotamiento frente a las idas y vueltas de Teherán. La Casa Blanca pasó de priorizar la presión militar a profundizar la presión económica, ampliando las sanciones contra Irán y contra quienes colaboren comercialmente con el régimen. La propia cobertura reciente describe la estrategia estadounidense como una señal de que Washington está perdiendo la paciencia.
Y esto tiene una explicación sencilla: Trump puede negociar, pero no está dispuesto a ser tomado por ingenuo.
El presidente estadounidense ya calificó las actitudes iraníes como contradictorias y llegó a considerar las nuevas conversaciones como una oportunidad decisiva para alcanzar un acuerdo. Al mismo tiempo, Washington reclama resultados concretos, especialmente respecto de Ormuz.
El problema es que Irán ha demostrado demasiadas veces que puede decir una cosa en una mesa de negociación y otra completamente distinta cuando cambian las circunstancias.
Irán no es un socio confiable
Aquí está el principal problema de cualquier negociación con Teherán: la falta de confianza.
En agosto, por ejemplo, mientras desde Washington se hablaba de contactos, funcionarios iraníes negaban que existieran conversaciones con Estados Unidos. Esa contradicción no es un detalle menor. En una negociación internacional, la palabra de un gobierno es parte del capital que permite alcanzar acuerdos. Cuando esa palabra pierde valor, cualquier pacto se vuelve frágil.
Y el caso del estrecho de Ormuz es todavía más delicado.
Irán y Omán avanzan en conversaciones para establecer un mecanismo temporal de administración del tránsito marítimo, mientras Estados Unidos reclama libertad de navegación y cuestiona cualquier fórmula que pueda otorgarle a Teherán una capacidad de control sobre una de las rutas comerciales más importantes del planeta.
No se puede pedir confianza mientras se mantiene cerrado, condicionado o amenazado el paso por Ormuz.
La paciencia tiene un límite
Durante meses, la diplomacia permitió mantener abierta una puerta. Qatar y otros intermediarios intentaron acercar posiciones y evitar una escalada todavía mayor. Pero una mediación no puede convertirse en una excusa para que Irán gane tiempo indefinidamente.
Trump tiene otra lógica.
El presidente estadounidense quiere un acuerdo, pero un acuerdo que produzca resultados verificables. No simples declaraciones. No promesas. No compromisos que después sean reinterpretados por Teherán.
La reapertura de Ormuz, la seguridad de la navegación y el cumplimiento efectivo de cualquier compromiso serán las pruebas de fuego.
Los mercados ya reaccionaron positivamente ante las señales de una posible salida diplomática. El petróleo volvió a caer este jueves ante las expectativas de que las negociaciones puedan aliviar las restricciones sobre el tránsito por Ormuz.
Pero los mercados pueden entusiasmarse rápido y decepcionarse todavía más rápido.
Qatar tiene una misión difícil
La visita del primer ministro qatarí es importante porque todavía existe una ventana diplomática. Pero esa ventana no estará abierta para siempre.
Trump ha demostrado que prefiere negociar antes que prolongar indefinidamente una guerra. Sin embargo, también ha demostrado que está dispuesto a ejercer una presión considerable cuando entiende que la otra parte no cumple.
Y ahí aparece el verdadero desafío para Qatar: convencer a Teherán de que esta puede ser una oportunidad para alcanzar un acuerdo, pero también de que Washington no seguirá aceptando indefinidamente las maniobras, contradicciones y dilaciones del régimen iraní.
Irán tiene una oportunidad. Pero no puede confundir diplomacia con debilidad.
Si Teherán quiere evitar una nueva escalada, tendrá que demostrar con hechos que está dispuesto a cumplir. Porque Trump puede negociar, puede esperar y puede utilizar intermediarios. Lo que cada vez parece menos dispuesto a hacer es seguir confiando en un régimen que durante demasiado tiempo ha demostrado que su palabra vale poco.
Y esa puede ser, precisamente, la última oportunidad para la diplomacia antes de que la paciencia de Washington se termine definitivamente.


















