Colombia ante una elección decisiva: el momento de cambiar el rumbo

OPINIÓN Por Carlos Zimerman

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Carlos Zimerman
Por Carlos Zimerman

Colombia vive hoy una jornada electoral que puede marcar un antes y un después en su historia reciente. Más allá de los nombres propios y de las estrategias de campaña, los ciudadanos tienen frente a sí una decisión trascendental: continuar por el camino que inició el gobierno de Gustavo Petro o apostar por un cambio profundo que permita recuperar la seguridad, la inversión, el empleo y la confianza en las instituciones.

Las encuestas coinciden en que la elección parece encaminarse hacia una segunda vuelta prevista para el 21 de junio. Los sondeos ubican a Iván Cepeda como el candidato mejor posicionado, seguido por Abelardo de la Espriella, mientras que Paloma Valencia aparece algunos puntos más atrás, aunque todavía con posibilidades de disputar un lugar en el balotaje, los últimos días de campaña la posicionaron de una manera notable y no son pocos los que sostienen que será la gran sorpresa de estás elecciones, condiciones no le faltan. Hay que destacar que las encuestas no son muy confiables, ya que la gente literalmente tiene miedo a dar una respuesta contrarias al gobierno "comunista" de Petro.

Sin embargo, detrás de los números existe una discusión mucho más profunda. Iván Cepeda representa la continuidad política del proyecto impulsado por Gustavo Petro, un modelo que prometió transformaciones estructurales pero que, para amplios sectores de la sociedad colombiana, ha terminado profundizando la incertidumbre económica, debilitando la seguridad y generando una creciente desconfianza entre quienes producen, invierten y generan empleo.

La realidad cotidiana de millones de colombianos habla por sí sola. La inseguridad se ha convertido en una de las principales preocupaciones ciudadanas. La violencia sigue golpeando distintas regiones del país, mientras que los problemas vinculados al empleo, la inflación y el deterioro de los servicios públicos forman parte de las conversaciones diarias de la población.

El asesinato del dirigente Miguel Uribe Turbay durante el proceso electoral volvió a recordar los peores fantasmas de una nación que durante décadas sufrió el peso de la violencia política y el accionar de grupos armados. Lejos de consolidarse un escenario de paz y estabilidad, muchos colombianos perciben que la situación se ha vuelto más compleja.

Por eso, estas elecciones no son simplemente una disputa entre candidatos. Son una elección entre dos modelos de país. Por un lado, la continuidad de una visión estatista que apuesta por una mayor intervención gubernamental en la economía y que ha mostrado resultados cuestionables. Por otro, la posibilidad de impulsar políticas orientadas al fortalecimiento de la seguridad, la defensa de la iniciativa privada, la generación de empleo y la recuperación de la confianza de los mercados.

Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia, con diferencias de estilo y de propuestas, coinciden en aspectos fundamentales: fortalecer a las fuerzas de seguridad, revisar la estrategia de la denominada "Paz Total", reducir la presión impositiva y generar condiciones más favorables para la inversión privada.

Colombia necesita comprender que ninguna nación progresa cuando castiga al sector productivo, desalienta la inversión y relativiza la importancia de la seguridad pública. La experiencia internacional demuestra que el crecimiento económico sostenible se construye sobre instituciones sólidas, estabilidad jurídica y libertad económica.

También existe una dimensión geopolítica que no puede ser ignorada. Un cambio de modelo permitiría a Colombia fortalecer sus vínculos estratégicos con los Estados Unidos, principal aliado histórico de la nación. Una relación basada en la cooperación económica, la seguridad y el desarrollo puede convertirse en un motor para la recuperación del país.

En este sentido, el caso argentino ofrece una referencia que muchos observan con atención. Desde la llegada de Javier Milei a la presidencia, la relación entre Argentina y Estados Unidos se fortaleció notablemente, consolidando una alianza política y económica que otorgó al país sudamericano una nueva centralidad en la agenda regional.

Los colombianos merecen un futuro de prosperidad, estabilidad y oportunidades. Merecen un país donde el trabajo vuelva a ser el camino del progreso, donde la seguridad deje de ser una preocupación permanente y donde la inversión genere empleo genuino.

La decisión está en manos de los votantes. Pero una cosa parece clara: si Colombia aspira a recuperar el crecimiento, combatir la violencia y volver a ocupar un lugar destacado en América Latina, necesita debatir seriamente si la continuidad del modelo actual es la respuesta o si ha llegado el momento de emprender un nuevo rumbo.

El pueblo colombiano merece un destino mejor. Y ese destino difícilmente pueda construirse profundizando las políticas que han llevado al país a la incertidumbre, la división y el estancamiento.

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