


Brasil: el gigante atrapado en su propio relato


Brasil siempre fue una promesa. Un país con recursos naturales infinitos, una cultura vibrante y una potencia económica latente. Pero hoy, esa promesa se diluye entre la basura de las calles y las veredas tomadas por quienes ya no tienen techo. Basta caminar por Río de Janeiro —no por un folleto turístico, sino por la ciudad real— para entender que algo está profundamente mal.
Lula vuelve a criticar a los gobiernos “no populistas” de la región, como si el problema de Brasil estuviera siempre afuera. El discurso es conocido: la culpa es del mercado, de la derecha, del pasado, del imperio de turno. Lo que nunca aparece es la autocrítica. Y eso que el presidente ya tuvo casi tres mandatos para demostrar que su modelo funcionaba. El resultado está a la vista: pobreza estructural, inseguridad cotidiana y una degradación urbana que duele más que cualquier estadística.
Río de Janeiro se volvió peligrosa no por casualidad, sino por abandono. Gente durmiendo en las calles, revolviendo la basura para sobrevivir, conviviendo con la suciedad como paisaje habitual. Esa postal no es un accidente: es la consecuencia directa de un gobierno enamorado de su relato, pero incapaz de garantizar bienestar real a su población.
El populismo siempre promete dignidad, pero entrega dependencia. Habla en nombre de los pobres, pero los multiplica. Lula insiste en vender épica donde hay fracaso, y mística donde hay resignación. Brasil no necesita más discursos encendidos ni enemigos imaginarios; necesita orden, trabajo, inversión y un Estado que deje de usar a los más vulnerables como excusa permanente.
El potencial brasileño sigue intacto, pese a todo. Está en su gente, en su capacidad productiva, en su lugar estratégico en el mundo. Pero para que ese potencial se libere, primero debe romper con la pesadilla populista que lo mantiene estancado. Brasil merece algo mejor que un presidente que predica justicia social mientras gobierna sobre veredas llenas de pobreza y calles sin futuro.
Muy pronto habrá elecciones, y cambiar el rumbo no es traicionar a Brasil. Al contrario: es la única forma de honrarlo.





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