





Por Carlos Zimerman
Delcy Rodríguez ya no disimula. O, mejor dicho, ya no intenta disimular demasiado. En su deriva discursiva y política aparece con nitidez una ambición conocida en los regímenes autoritarios: perpetuarse en el poder. Cambian los nombres, cambian los relatos, cambian los modelos de referencia. Por eso hoy muchos la llaman, con ironía pero también con precisión política, Delcy Ping.
La vicepresidenta del chavismo parece fascinada con el modelo chino: crecimiento económico sin libertades, partido único, control social, disciplina política y una estructura diseñada para que el poder no se discuta en las urnas sino en los pasillos del régimen. La tentación es clara: gobernar sin alternancia, sin plazos, sin el riesgo de perder.


Sin embargo, hay una diferencia fundamental que Delcy Ping parece ignorar o subestimar. Venezuela no es China, ni política, ni económica, ni socialmente. Y, sobre todo, no lo es en términos de legitimidad. El modelo chino se sostiene —más allá de cualquier juicio moral— sobre un Estado fuerte, una planificación de largo plazo y una sociedad que fue moldeada durante décadas bajo una lógica completamente distinta. Venezuela, en cambio, arrastra años de crisis, empobrecimiento, migración masiva y un desgaste político profundo del régimen.
Por eso, la idea de copiar el “modelo chino” no es más que una fantasía autoritaria, una coartada ideológica para justificar la continuidad indefinida en el poder. No hay bases reales, no hay consenso social, no hay músculo institucional para sostener algo así en el tiempo. Hay, sí, una voluntad desesperada de no soltar el control.
Pero esa fantasía tiene límites. Y esos límites tienen nombre: elecciones.
Más temprano que tarde, el régimen va a verse obligado a convocarlas. La presión interna, el desgaste social, la comunidad internacional y la propia dinámica del poder terminan imponiendo una verdad incómoda: ningún gobierno puede vivir eternamente suspendido del miedo y la coerción. Cuando las urnas reaparezcan en serio —no como simulacro—, el relato se cae.
Ahí es donde la fantasía de Delcy Ping se termina. Porque el modelo chino no se exporta por decreto ni se impone desde un despacho. Y porque Venezuela, con todas sus heridas, sigue siendo una sociedad que sabe reconocer cuándo le quieren cambiar la democracia por una promesa de orden eterno.
Delcy Rodríguez puede rebautizarse simbólicamente, puede citar a Beijing y puede hablar de planificación estratégica. Pero no va a lograr perpetuarse. La historia latinoamericana es clara: los proyectos personalistas y autoritarios siempre creen que encontraron la fórmula definitiva. Y siempre chocan contra la misma pared.
Las elecciones, tarde o temprano, llegan.
Y cuando llegan, las fantasías de poder absoluto se desvanecen.




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