Una jugada maestra de Trump: Venezuela y la retirada sin sangre del autoritarismo

OPINIÓN Carlos Zimerman
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Delcy Rodríguez (izq.), prestando juramento como presidenta interina del país ante el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez (der.). AFP

carlos zimermanPor Carlos Zimerman

La escena política venezolana ha dado un giro de enorme magnitud, y lo ocurrido no puede reducirse a un simple episodio más en la ya convulsionada historia de ese país. La decisión del presidente Donald Trump de presionar e intervenir en Venezuela, y la consecuente aparición de Jorge y Delcy Rodríguez en un rol clave, conforman una jugada internacional sencillamente extraordinaria.

En cuestión de semanas, una estrategia que parecía impensada —la intervención en la cabeza de un régimen autoritario que parecía inamovible— se tradujo en un desarrollo sin derramamiento masivo de sangre. La captura del ex presidente Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses fue el detonante que cambió el tablero, y la transición hacia una nueva autoridad encabezada por Delcy Rodríguez marca un punto de inflexión profundo en la crisis venezolana.

Lo que está en juego no es una simple sucesión de figuras, sino la desactivación gradual de un entramado de poder autoritario que ahogó durante años las libertades y el bienestar de millones de venezolanos. Según fuentes difundidas recientemente, la propia Delcy —hasta hace poco vicepresidenta bajo Maduro— y su hermano Jorge entablaron comunicaciones discretas con representantes de Estados Unidos antes del derrumbe de la figura de Maduro, ofreciendo una vía de transición que pudiera evitar el colapso total del país.

Ese movimiento deja al desnudo una realidad incómoda: no existe forma de desarticular completamente una dictadura arraigada sin sufrir consecuencias serias si no se articula una estrategia cuidadosamente calibrada. La alternativa —una insurrección violenta, un conflicto civil interminable— era y sigue siendo un riesgo real. En ese marco, contar con una figura tan cercana al régimen anterior pero dispuesta a facilitar una salida ordenada, a pesar de las profundas contradicciones que ello conlleva, es una ecuación política que pocos anticipaban y que muchos expertos hubieran tachado de imposible hasta hace poco.

La presencia de Jorge y Delcy Rodríguez como actores centrales del proceso de transición puede resultar paradójica para muchos analistas y críticos. No se trata de negar la historia de abuso ni de minimizar años de sufrimiento bajo estructuras autoritarias. Pero la alternativa —una ruptura abrupta sin puentes de contención— habría significado casi con seguridad un choque civil con costos humanos atroces.

Trump y su administración han empujado una agenda que, más allá de lo polémico de su intervención militar y su avasallante impronta geopolítica, ha evitado por ahora un derramamiento masivo de sangre mayor al que ya ha sufrido el pueblo venezolano durante décadas. El enfoque pragmático, aunque imperfecto, busca una transición gradual, utilizando a figuras del mismo régimen para desarticularlo por dentro y evitar un vacío de poder que solo habría alimentado más violencia.

Es inevitable reconocer que millones de venezolanos han padecido durante años el peso de la represión, la escasez y la pérdida de libertades fundamentales. Pero si una salida pudiera haberse logrado sin que hermanos enfrentaran hermanos, vecinos se vieran en armas y barrios enteros se convirtieran en campos de batalla, entonces bien vale la pena pensar en la transición actual como una jugada histórica, por más contradictoria que luzca.

Habrá tiempo para analizar, juzgar y responsabilizar a quienes colaboraron con esquemas de poder autoritario durante décadas. La justicia, tarde o temprano, tendrá que llegar. Pero hoy, en este preciso instante en que las heridas aún están abiertas, privilegiar que no se derrame más sangre que la inevitable es una elección política y moral que debe valorarse.

El proceso apenas comienza, y nadie sabe cómo terminará. Pero lo que ya es claro es que esta jugada —la de Trump con el apoyo funcional de elementos internos del régimen— ha traccionado a Venezuela fuera del precipicio del desastre total inmediato, y por eso merece ser entendida como un momento extraordinario en la historia contemporánea de América Latina.

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