




Por Carlos Zimerman
Estados Unidos ha dado una señal clara en el Mar Caribe. Y es una señal correcta. Frente a un régimen que convirtió a Venezuela en un Estado narco-terrorista, la ambigüedad ya no es una opción. Celebrar gestos diplomáticos o maniobras disuasivas a medias no alcanza cuando del otro lado hay una dictadura que viola sistemáticamente los Derechos Humanos, persigue, encarcela, tortura y expulsa a su propio pueblo.
Nicolás Maduro no gobierna: ocupa. Diosdado Cabello no dirige un partido: opera. Vladimir Padrino no defiende una patria: sostiene una mafia armada. Ese es el cuadro real, sin eufemismos ni corrección política. Y frente a eso, Estados Unidos no solo tiene derecho a actuar: tiene la obligación moral y estratégica de hacerlo.


Donald Trump prometió liderazgo, firmeza y decisión. Hoy tiene la oportunidad —y la responsabilidad— de demostrarlo. Porque si no actúa con contundencia, va a perder credibilidad internacional, y eso no es un problema menor: cuando el liderazgo se diluye, el vacío lo ocupan los peores actores del planeta. El narco, el terrorismo y las dictaduras no esperan; avanzan.
Venezuela es hoy una plataforma del crimen organizado internacional. Desde allí se exporta droga, corrupción, desestabilización regional y miseria humana. Y el país que más paga las consecuencias de ese entramado es, justamente, Estados Unidos. Migración descontrolada, narcotráfico, redes criminales: todo tiene un punto de origen claro. Por eso, no se trata de intervencionismo caprichoso, sino de legítima defensa y protección hemisférica.
Trump debe ser claro y terminante: plazo de 24 horas. O Maduro, Cabello y Padrino abandonan Venezuela, o deben ser capturados y encarcelados. Sin más mesas de diálogo, sin nuevos plazos, sin salidas decorosas para quienes no las merecen. A las dictaduras no se las convence: se las enfrenta.
Edmundo González Urrutia es el presidente legítimo de Venezuela. Lo sabe el pueblo venezolano, lo sabe la comunidad internacional y lo saben —aunque no lo admitan— quienes hoy se aferran al poder con las armas y el narcotráfico. Debe jurar de inmediato y comenzar la reconstrucción institucional de un país devastado.
Cada día que se le concede a Maduro es un día más de sufrimiento para millones de venezolanos y un día más de fortalecimiento del crimen organizado. El tiempo no juega a favor de la democracia. Juega a favor de los tiranos.
Trump no puede titubear. Si lo hace, no solo traiciona su discurso: debilita la autoridad de Estados Unidos en el mundo. Y cuando la principal potencia duda, los dictadores se envalentonan.
Venezuela necesita una decisión urgente. Estados Unidos tiene el derecho.Trump tiene el poder.
Ahora falta lo esencial: la voluntad de terminar, de una vez por todas, con la dictadura de Maduro y todo su entorno.




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