Trump, aranceles y la hipocresía proteccionista europea

EE.UU Ignacio Foncillas*
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Solo hay cosa que me ha divertido mas en las últimas horas que el show mediático que monto Trump en el Rose Garden de la Casa Blanca para anunciar la nueva política arancelaria de los Estados Unidos, y eso ha sido observar como todo el espectro político español se ha puesto de acuerdo para declarar esto como una guerra no provocada, causada por un loco con pistola. Creo que algunos pasajes de las tertulias radiofónicas de las ultimas horas merecen un Oscar a la mejor comedia. Si no fuera porque, con sus exabruptos, perpetúan una gran mentira.

Los nuevos aranceles anunciados por Trump son moco de pavo comparado con el entramado de barreras monetarias y no monetarias que la Unión Europea lleva montando durante los últimos 30 años para proteger a su industria y su agricultura. La hipocresía europea ignora que Europa es un bastión de proteccionismo sofisticado mientras finge escandalizarse por las medidas Trumpianas.

Mas allá del show mediático al que nos tiene acostumbrados el presidente, en general, soy bastante partidario de las politicas de choque adoptadas por la administración Trump 2.0., sobre todo considerando que tiene menos de dos años para implementar su agenda. Gustará más o menos, pero está haciendo exactamente lo que anunció, y es de agradecer que un político haga lo que dice. Es cierto que podría vivir sin las salidas de tono y teatralidades del personaje.

En el caso de los aranceles, comprendo las medidas en su lógica inherente, así como las externalidades que la administración pretende crear.

México, Canadá y China
En los casos mejicano y canadiense, la lógica parece ser transaccional, en un quid pro quo donde Trump utiliza las tarifas para lograr concesiones en otros ámbitos (inmigración, drogas, etc.). El comercio con los USA representa, más o menos, el 2,9 % del PIB yanqui con cada uno de esos países, mientras que representa el 21 % del PIB mejicano y el 30 % del PIB canadiense, o el 75 % de las exportaciones mejicanas, y el 70 % de las exportaciones canadienses. Con lo cual, y dando por asumido que a Trump le mueve siempre la ley del más fuerte, utilizar las tarifas para lograr que sus vecinos se dobleguen ante sus exigencias en otras áreas (control de las fronteras, fentanilo, transporte de drogas, etc.), tiene sentido en su esquema mental.

El caso chino
En el caso chino, la lógica es más que evidente. La falta de defensa de la propiedad intelectual occidental, combinada con la cerrazón a su mercado domestico, con elevadísimos aranceles directos e indirectos, justifican crear unas barreras de entrada hasta que el gigante chino corrija sus políticas proteccionistas y su falta de respeto a la propiedad intelectual. Pero estas tarifas ya las consideramos en otra ocasión.

Con respecto a las externalidades positivas, un shock al inicio de la administración, tendiente a crear una desaceleración de la economía en el corto plazo, forzara a la reserva federal a bajar los tipos de interés, y no olvidemos que la herencia de Biden significa que EE.UU. tiene una deuda que excede el 100 % del PIB y que tiene que refinanciar este año mas de 9,5 billones de dólares (el 25 % del total de deuda), y cada punto básico de reducción en los tipos ahorrara al fisco americano 1.000 millones.

Pero el caso europeo es quizás el mas divertido. Todos los lideres europeos se rasgan las vestiduras acusando a Trump de romper la baraja, cambiar el mundo que tanto nos gustaba, y del cual Europa se lleva aprovechando mas de tres décadas, y casi, que violar a sus hijas menores. Sin embargo, Bruselas lleva tolerando políticas mercantilistas de Pekín mucho más agresivas, sin rechistar.

En realidad, los culpables de lo que esta ocurriendo son principalmente los europeos, y llevan décadas aprovechándose de sistemas arancelarios absolutamente impresentables, que Estados Unidos les permitió tejer hace mas de 50 años, para ayudar a su reconstrucción tras la segunda guerra mundial y el Plan Marshall, y que los europeos han asumido como derechos adquiridos. No lo son.

Europa, que se vanagloria de ser un oasis de libre comercio, es todo menos eso. El entramado regulatorio europeo, ha sido diseñado para convertir a Europa en una fortaleza impenetrable, protegiendo la producción interior, dando carnaza a grupos políticamente sensibles (véase la PAC) y aislándose frente al producto externo mas competitivo. Una cosa son los tomates de Marruecos. Otra muy diferente es la inteligencia artificial norteamericana o permitir que los horrorosos pick-ups americanos compitan con nuestros maravillosos y super ecológicos Volkswagen (aunque de vez en cuando se les pille con las manos en la masa con sus motores diésel).

El entramado arancelario Europeo
La «fortaleza Europa» tiene una triple barrera de protecciones arancelarias que son absolutamente injustificables, sobre todo en un club que se vanagloria de ser el gran defensor del libre comercio. Los aranceles transparentes, las restricciones por volumen, y las barreras no monetarias.

Los aranceles abiertos, léase, las tarifas que pagan los productos estadounidenses por entrar en Europa, son claramente asimétricos. Un camión americano paga el 22 % por entrar en Europa y un coche paga el 10 %, mientras que a la inversa, las tasas son del 2,5 %. Asimismo, en la agricultura la tasa por importar productos agrícolas en la EU es, de media del 14 %, mientras que en EE.UU. es del 4 %. En algunos casos, como los productos que están en la tabla «Meursing», en arancel se basa en un complejo mecanismo basado en el contenido de leche, almidón, azúcar y proteínas, que hace imposible calcular la tasa real.

Luego están las restricciones por volumen. En muchos productos «protegidos», la UE impone cuotas de importación absolutas, como en los lácteos o el azúcar, asegurando que los productores domésticos se reservan una cuota de mercado infinitamente superior a la que tendrían en un mercado abierto.

Finalmente están los aranceles ocultos; aquellos que se derivan de las restricciones regulatorias, que impiden el acceso de productos extra-comunitarios por supuestos incumplimientos de las regulaciones internas de la Unión. Pese a la evidencia científica de su seguridad, la UE mantiene restricciones extremas a los alimentos genéticamente alterados (OGM): sus procesos de autorización son lentos, politizados y exigentes hasta el absurdo.

En promedio, la aprobación de un nuevo cultivo genéticamente modificado en Europa tarda cuatro años, cuando la normativa formal promete 12 meses . Durante esas demoras, productos agrícolas que se cultivan y consumen sin problema en EE.UU. quedan vetados de facto en el mercado europeo. De hecho, Washington lamenta que los requisitos excesivos y la falta de predictibilidad de la UE han impedido la exportación de muchos productos agrícolas que en otros países son habituales.

Europa también impone una tolerancia cero (bueno, 0,1 % técnicamente) a trazas de transgénicos no aprobados, un umbral tan draconiano que ni los sistemas más avanzados pueden garantizarlo, lo que cierra la puerta a importaciones mixtas o procesadas que contengan incluso minúsculas presencias de OGM. Esta es una prueba de la falta de confianza que tienen los líderes europeos en sus propios ciudadanos. ¿Porqué no obligar a los gringos a detallar los detalles de sus alimentos y dejar que los consumidores europeos decidan si prefieren el maíz OGM americano a 1 Euro o el turbo-ecológico belga a 4?

Las limitaciones sobre ventas de vehículos que no comulgan con la agenda 2030 son otra muestra de la regulación ideológica; a pesar de que parecería que la producción del kilovatio eléctrico en la pura y ecológica Alemania, provenientes de las centrales de carbón, contamina más que cualquier vehículo diésel moderno, sobre todo si se toma en cuenta el ciclo completo de vida de las baterías de litio. Y no hablemos de los «mecanismos de ajuste en frontera por carbono» (no, el nombre no es broma, es real!) mediante el cual se va a imponer un impuesto de importación a todos los productos que no midan los créditos de carbono utilizando el mismo mecanismo (créditos de carbono) que ha escogido la burocracia europea.

Estos son meros ejemplos de restricciones al comercio que, con la excusa del estado ultra protector, tienen el efecto real de limitar severamente el acceso de productos extranjeros. Y Estados Unidos ha dicho basta.

Draghi alerta: la sobre-regulación asfixia a Europa
Lo gracioso del tema es que, los mismos lideres europeos que están quemando a Trump en la hoguera, no dijeron ni pio cuando uno de los suyos, Mario Draghi, les dijo lo mismo a la cara, y de un modo mas violento. Draghi, en su informe sobre la competitividad europea reconoció que la sobre-regulación europea supone un coste adicional para las empresas europeas insostenible. Solo los costes de cumplir con la directiva de «informes de sostenibilidad corporativa» suponen un coste para las empresas europeas entre 7.500 y 50.000 millones. Según Draghi, las ineficiencias derivadas de la sobreregulación incrementan el coste de los bienes europeos una media del 42 % y los servicios por encima del 100 %. Trump, con su estilo brutal, les dice: «Si queréis ahogar a vuestras empresas con ideología y burocracia, allá vosotros. Pero no me impongáis vuestras chorradas disfrazadas de restricciones sanitarias o ambientales mientras yo dejo entrar vuestros productos con la manga ancha».

Conclusión: menos victimismo y más libre comercio real
El choque por los nuevos aranceles de Trump ha expuesto una verdad incómoda: la UE debe mirarse al espejo antes de dar lecciones de libre comercio. Europa reaccionó con indignación inmediata, pero mantiene desde hace décadas barreras –arancelarias y no arancelarias– que distorsionan el comercio tanto o más que las medidas que ahora critica. Frente a los golpes de pecho de unidad y juramentos de fidelidad a la causa del libre comercio, versión europea — que es el mayor oxímoron del siglo — la UE y sus líderes harían bien en aplicar internamente lo que predican con los demás y ver que lo de Trump y sus tarifas son una reacción tardía a décadas de proteccionismo europeo tolerado demasiado tiempo. Simplemente, el actual inquilino de la Casa Blanca, no muy dado a las contemplaciones, no esta dispuesto a aguantar más.

Y, de paso, podrían usar esta oportunidad para reflexionar sobre maneras de liberar a las fuerzas creativas de la economía europea y librarlas del yugo de la ideología 2030 y la sobrerregulación a la que llevan décadas sometidas. Si tuviera que apostar, me temo que va a ser que no.

*Para El Derbate

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