



Lea despacio estos datos, muy despacio: más de 13 millones de desplazados (cifra más alta en este planeta), más de 30 millones de personas requieren ayuda humanitaria, cerca de 25 millones sufren inseguridad alimentaria grave y millones al borde de la hambruna (y sólo Dios sabe cuántos ya están en hambruna) Al menos 150.000 muertos…
Ciertamente, esta es la peor crisis humanitaria del mundo… La peor.
Bienvenidos a Sudán, epicentro del apocalipsis.


Seguramente usted no conocía estos datos. Y no los conocía porque a nadie le importa lo que pase en África. De lo contrario, usted ya estaría al tanto de que desde 2023 este país está siendo despedazado por una guerra infernal que no parece tener fin a corto, mediano o largo plazo. Este es un genocidio, una masacre, un fin de los tiempos que hemos decidido ignorar. Y es que quien no tenga idea de esta historia se preguntará… ¿Qué rayos está pasando ahí? O tal vez no…
Sin embargo, la respuesta es tan horrible como simple: dos psicópatas están en guerra. Dos psicópatas están vapuleando y aniquilando a Sudán, a su gente y… ¿Mencioné que estos dos psicópatas no hace mucho eran los mejores amigos, que incluso desayunaban juntos mientras se repartían el país sin clemencia?
Pues sí, el apocalipsis de Sudán es liderado por dos de los tipos más nefastos que gran parte del mundo ni siquiera sabe que existen.
Una guerra entre maníacos
Es la vieja historia del apetito ciego de poder, que siempre —desde que bajamos de los árboles, si es que alguna vez lo hicimos— ha llevado a la humanidad por los pasillos de la desolación y la barbarie. No hay mucho más que explicar. Y aunque las guerras, en su mayoría, carecen de justificación, esta no tiene que ver con invasiones ni enemigos externos. Esta guerra nace del deseo que bordea la necesidad crónica más primaria y básica: codicia y control de recursos naturales.
En abril de 2023 comenzó la hecatombe, cuando el Ejército Sudanés (SAF), liderado por el general Abdel Fattah al-Burhan, y las paramilitares Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), comandadas por Mohamed Hamdan Dagalo, alias “Hemedti”, rompieron la alianza mediante la cual ambos se repartían el control del país.
Un poco de historia y contexto: a principios de los 2000, ante el levantamiento de grupos no árabes, el dictador Omar al-Bashir apoyó a los grupos árabes armados conocidos como Janjaweed (“diablos a caballo”) para enfrentar a los insurgentes en Darfur. ¿Por qué? Porque Bashir no confiaba por completo en el ejército, así que respaldó a estos asesinos y violadores para que llevaran a cabo una limpieza étnica contra todo aquel que no fuera árabe. Entre 2003 y 2005, Darfur fue tierra de rebelión, pero sobre todo de genocidio y el oeste de Sudán se convirtió en una locación de exterminio.
En 2013, los Janjaweed se oficializaron como Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), controladas por Bashir. Así el tirano controló Sudán. Mejor dicho, controló lo que realmente quería y necesitaba: las minas de oro y todos los recursos naturales que mantenían su tiranía.
Años de horror transcurrieron y todo lo malo que se pueda imaginar ocurrió en este lugar, hasta que en 2019, tras 30 años en el poder, la peor pesadilla de Bashir se hizo realidad: SAF y RSF unieron sus fuerzas para derrocarlo. Por primera vez en décadas nacía un atisbo de esperanza. Burhan y Hemedti no solo eran compañeros de armas, sino amigos tan cercanos que cada mañana desayunaban juntos (mientras medio país no tenía qué comer). Ahí planificaban todo. Se instauró un Consejo Militar Transitorio presidido por Burhan, mientras Hemedti ocupaba la vicepresidencia. Luego abrieron las puertas a la integración civil con un Consejo Soberano. Pero esa idea —el camino hacia una transición democrática— resultó demasiado democrática para los dos amigos. Así que dieron otro golpe de Estado, esta vez contra el líder civil y primer ministro Abdalla Hamdok, quien estaba a la cabeza del proceso.
Este fue el inicio del fin. Burhan —a sus 66 años, militar de carrera, con toda una vida dentro de la institución, que se rige bajo el concepto de que el ejército es el Estado— siguió manejando el poder. Hemedti —su antítesis, quince años menor, proveniente de una familia de comerciantes de camellos, caudillo paramilitar convertido en empresario de la guerra y político— era el segundo. Burhan quería que las RSF fueran asimiladas por el ejército. Pero su hasta entonces amigo discrepaba en eso. Después de todo, las RSF controlaban el oro y su tráfico. Y este conflicto, que parecía ser únicamente entre el ejército y los paramilitares, escaló hasta convertirse en una guerra civil.
Dos egomaníacos lanzando ataques en Darfur. Uno dice que el otro disparó primero… pero eso ya es irrelevante. Mientras las batallas campales se desataban, varios países ponían el ojo buscando sacar provecho. La economía de la guerra germinó casi instantáneamente. Se señala a países como Egipto, Irán (drones y asistencia militar) y Rusia en apoyo al Ejército (SAF), y a los Emiratos Árabes Unidos (aunque lo niegan) respaldando a las RSF.
La comunidad internacional hace muy poco. Realmente nada. La ONU intenta establecer negociaciones, denuncia crímenes de guerra y ofrece ayuda humanitaria. Y pide un alto el fuego… que tiene tanto peso y relevancia como pedirle a la naturaleza que no haya calor en verano.
¿Por qué no hay grandes —ni siquiera pequeños— debates sobre lo que ocurre en Sudán? ¡Porque no es sexy! El mundo de los conflictos, y de la política en general, está sostenido bajo lo que he denominado Dopamine Politics, o la política del algoritmo. En Sudán hay muertos, violaciones, tráfico humano, hambre, refugiados… exterminio. Pero una guerra actual debe competir con Rusia-Ucrania, Gaza, Irán-Israel-Estados Unidos y las tensiones globales que genera China. Es decir, se enfrenta a los amos del algoritmo: Trump, Putin, Zelenski… gente que se asoma a una ventana y se convierte en tendencia. Ergo, la opinión pública los busca a ellos. Ergo, hay debate público.
A Sudán le falta una narrativa que pueda captar nuestra atención. Cientos de miles de negros muertos no son suficientes. Sudán está demostrando algo más horrible que la guerra en sí: el horror ya no garantiza la atención internacional. En tiempos de economía de la atención, la guerra necesita generar contenidos que puedan ser elevados y replicados por el algoritmo para existir en nuestras mentes colapsadas. Y si no se generan clics, hasta las peores catástrofes humanitarias desaparecen del debate global.
¿Cuántos muertos son necesarios para que una guerra sea tendencia? Más de cien mil han muerto en Sudán… millones de desplazados… Creo que, aparte de Sudán y de los dos chiflados que acaban con su propia gente, hay un problema incluso mayor: en este circo que es el actual mercado de la atención, las guerras necesitan protagonistas reconocibles… con frases virales y discursos que generen engagement… y, sobre todo, memes. Sudán no tiene esto. Tiene fosas comunes, mujeres y niños en agonía, pero le falta un héroe o un villano —ya da igual— que pueda convertirse en un avatar digital.
La Dopamine Politics decreta que esta guerra no es importante para el mundo… y este choque de facciones, casi anónimo, sin eco mundial, no tiene fecha de vencimiento. El apocalipsis africano apenas parece comenzar.
Fuente: PanamPost






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