




La Grecia clásica legó a Occidente un concepto fundamental para entender la ruina de los grandes hombres y de las naciones: la hybris. Para los antiguos, no había pecado más grave que la soberbia desmedida, aquel orgullo que cegaba a los mortales, haciéndoles creer poseedores de verdades absolutas e inmunes a la realidad. El castigo a la hybris era inevitable: la até, una ceguera mental que precedía a una caída catastrófica.
Hoy, observando detenidamente el panorama de la política chilena en el amanecer de una nueva transición de gobierno, resulta imposible no diagnosticar que nuestra clase dirigente, en su conjunto, padece de esta misma dolencia trágica. Izquierda y derecha parecen atrapadas en una refriega doméstica y narcisista, midiendo fuerzas en un espectáculo de trincheras donde la pirotecnia comunicacional y el veto mutuo han secuestrado a la política de Estado.
La soberbia del «secuestro» de la paz social


Por un lado, la actual oposición —que hasta hace pocos meses habitaba el Palacio de La Moneda— parece haber olvidado muy rápido los contundentes mensajes de la ciudadanía. Actúan movidos por la soberbia de quien se cree dueño exclusivo de la legitimidad democrática y de los movimientos sociales. Durante la campaña electoral, se deslizó la soterrada amenaza de que una victoria de la derecha significaría el «retorno a las calles», una suerte de chantaje político que condiciona la paz social al color del gobierno de turno.Noticias diarias
Resulta, por lo menos, un ejercicio de cinismo político que quienes gobernaron los últimos cuatro años bajo el prisma de los «gustos ideológicos» y las «deudas históricas» —perdiendo en el camino el plebiscito constitucional que pretendía ser su corolario histórico— pretendan hoy exigir soluciones estructurales en menos de cien días. Es la misma coalición que protagonizó los escándalos más bochornosos desde el retorno a la democracia: el Caso Convenios, el Caso Monsalve, el Gabinete Irina Karamanos, la crisis terminal de las listas de espera, un nepotismo exacerbado y el engrosamiento del aparato estatal con operadores políticos. Esa ineficacia y desencanto fue, precisamente, lo que enfrió la calle y pavimentó el camino a la alternancia. Que hoy los gremios y movimientos estudiantiles despierten de un letargo de cuatro años con una ira contenida, demuestra que la indignación es selectiva y que la oposición actual prefiere el sabotaje antes que asumir el costo de haber defraudado las esperanzas de las mayorías.
La soberbia de las promesas sin diseño
Por el otro lado, la actual administración de centroderecha tampoco se libra de su propia dosis de hybris. Llegaron al poder respaldados por la promesa de un diseño implacable en seguridad, migración y orden público. Sin embargo, tras poco más de dos meses de gestión, la realidad administrativa ha golpeado con fuerza las expectativas.Noticias Corrupción
La soberbia de creer que la sola instalación de un nuevo signo político cambiaría las dinámicas del país chocó de frente con las dificultades manifiestas para dar coherencia al equipo y comunicar con claridad una estrategia. La urgencia obligó a un ajuste de gabinete en tiempo récord, cobrando la salida de dos ministras que no se debió a su escasa o nula preparación para las funciones encomendadas sino más bien, debido a tropiezos propios de un engranaje mal aceitado. Defenderse de los ataques incesantes de la oposición es legítimo, pero un gobierno que fue electo democráticamente necesita transitar rápidamente de la queja por la herencia recibida a la acción eficiente que la ciudadanía le demandó en las urnas.
El ciudadano de a pie: espectador de un bochornoso y triste espectáculo
En medio de esta medición de fuerzas —de quién grita más fuerte, quién se indigna de forma más histriónica en redes sociales o quién muestra mayor osadía en el debate televisivo— el único afectado es el ciudadano de a pie. La ciudadanía asiste, en primera fila, al triste espectáculo de una clase política malcriada que parece requerir de la severa reprimenda de una nana inglesa para recordar cuáles son sus obligaciones mínimas con la República.
Chile fue, durante décadas, un faro de estabilidad en el Sur Global; un socio confiable y un ejemplo de altura política que despertaba la admiración del continente. Ese estatus no se construyó desde el atrincheramiento, sino desde la capacidad de tender puentes y entender que el proyecto país trasciende a la coalición de turno.
Reconocer la soberbia en ambos lados del espectro político es el primer paso indispensable. El gobierno debe gobernar con pragmatismo y eficacia, despojándose de la rigidez; la oposición debe fiscalizar sin prestarse para el boicot que debilita la institucionalidad misma. Es hora de abandonar la hybris antes de que, como advertía Heródoto, los rayos de la realidad terminen por abatir lo que se elevó en demasía, arrastrando en la caída el futuro de prosperidad y convivencia que los chilenos se merecen.
No está de más refrescar la memoria y traer a la mesa uno de los retratos más profundos y directos sobre lo peligrosa y destructiva que es la soberbia visto en Heródoto (a menudo llamado el padre de la historia, muy influenciado por el pensamiento filosófico y trágico de su época).
En su obra, pone en boca del sabio consejero Artábano un pensamiento que resume a la perfección esta visión:
«Ves cómo la divinidad fulmina con sus rayos a los seres que sobresalen por su grandeza y no los deja jactarse de ella, mientras que los pequeños no le despiertan celos; ves también cómo sus dardos caen siempre sobre los mayores edificios y los árboles más altos; y es que a la divinidad le place abatir todo lo que se eleva en demasía.»
— Heródoto, Historias (Libro VII)
Fuente: PanamPost






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