Washington ve con buenos ojos un golpe inicial de Israel contra Irán

ISRAELAgencia Internacional de Noticias (AIN)Agencia Internacional de Noticias (AIN)
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La información publicada por Politico confirma lo que muchos analistas vienen advirtiendo desde hace tiempo: Estados Unidos prefiere que Israel sea quien dé el primer paso frente a la amenaza iraní. No se trata de una jugada improvisada ni de un capricho bélico, sino de una estrategia política y militar que busca legitimidad internacional, respaldo interno y, sobre todo, frenar a un régimen que avanza sin frenos hacia el umbral nuclear.

La lógica es clara. Si Israel actúa primero y Teherán responde atacando bases o activos estadounidenses, la administración de Donald Trump obtendría un mayor consenso público para intervenir. En otras palabras: no sería Washington quien “encienda la mecha”, sino quien responda ante una agresión directa. En tiempos donde la opinión pública es tan decisiva como los misiles, esta diferencia no es menor.

Israel, por su parte, vuelve a ocupar el lugar que históricamente ha tenido en Medio Oriente: el de la primera línea de defensa frente al extremismo. La experiencia demuestra que cuando Jerusalén actúa con decisión, lo hace no sólo por su supervivencia, sino también por la estabilidad regional. Nadie conoce mejor que Israel el peligro que representa un Irán nuclearizado, con capacidad de financiar y armar a milicias en toda la región.

Trump entiende algo que otros presidentes evitaron reconocer: la diplomacia con Teherán se ha vuelto un camino cada vez más estrecho. Las negociaciones en Ginebra parecen más un intento de ganar tiempo que una verdadera voluntad de desarme. Mientras tanto, el régimen de los ayatolás sigue enriqueciendo uranio y perfeccionando misiles balísticos, bajo la excusa de un programa “civil” que pocos creen.

Las encuestas también reflejan un dato clave: buena parte de los estadounidenses —en especial los republicanos— apoyan un cambio de régimen en Irán, aunque no quieren ver ataúdes regresando a casa. De allí que la Casa Blanca evalúe con cuidado cada movimiento. Israel atacando primero permitiría reducir el costo político interno para Washington y reforzar la narrativa de legítima defensa.

El despliegue militar estadounidense en la región no es menor: portaaviones, aviones de combate y sistemas de inteligencia que no se veían desde la invasión a Irak en 2003. Ese músculo bélico no busca necesariamente una guerra total, sino enviar un mensaje inequívoco: el tiempo de las advertencias se está agotando.

Incluso se discuten escenarios extremos, como un ataque directo al liderazgo iraní, incluyendo al ayatolá Alí Jamenei. Aunque suene drástico, el trasfondo es el mismo: cortar de raíz una amenaza que podría desatar una carrera nuclear en Medio Oriente.

Irán insiste en que no busca armas atómicas. Pero los niveles de enriquecimiento de uranio y la opacidad de su programa alimentan la desconfianza internacional. La comunidad de inteligencia estadounidense no ve un horizonte diplomático claro, y eso explica por qué Trump y sus asesores hablan sin eufemismos: si no hay acuerdo real, habrá acción.

En este contexto, la postura de Israel y de Trump aparece como una combinación de firmeza y cálculo político. No es belicismo gratuito, sino disuasión estratégica. Frente a un régimen que sólo entiende el lenguaje de la fuerza, la pasividad no es una opción.

La historia enseña que cuando las democracias dudan, los regímenes autoritarios avanzan. Hoy, Israel y Estados Unidos buscan evitar ese error. Tal vez el mundo no lo diga en voz alta, pero muchos saben que si alguien frena a Irán, lo hará Israel… con el respaldo implícito de Washington.

Y en ese tablero, Donald Trump vuelve a mostrarse como un presidente dispuesto a asumir costos políticos para imponer una línea clara: no habrá bomba iraní mientras él marque la agenda.

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