



Los ultraortodoxos –conocidos como jaredim–representan el 11 % de la población judía en Israel. Se distinguen por la interpretación rigurosa de la Torá (Biblia) y la Halajá (ley judía). Su estilo de vida, sus valores y sus prioridades los diferencian del resto de la sociedad, especialmente de los sectores laicos, pero también de los ortodoxos modernos.


Para ellos, el estudio de la Torá es la máxima misión religiosa. Esto no es una preferencia cultural, sino un principio teológico profundo: consideran que el pueblo judío está aun en una situación de exilio, que sólo terminará con la llegada del Mesías. Es decir que la construcción de un Estado judío secular y la participación plena en tareas estatales –como cumplir el servicio militar– es vista con reserva o incluso rechazo por sus rabinos.
El debate volvió a colocarse en el centro de la política israelí, como una vieja discusión que nunca termina, pero esta vez llegó como ultimátum. Los líderes jaredim endurecieron su discurso ahora, advirtiendo que el reclutamiento obligatorio para los estudiantes de yeshivot (centros de estudio religiosos) sería «una línea roja existencial». Desde sus partidos políticos se escucharon mensajes casi idénticos: el estudio de la Torá no es un privilegio, sino una contribución espiritual esencial a la supervivencia del Estado judío. Algunos rabinos fueron más lejos y afirmaron que forzar el alistamiento equivaldría a «desarraigar el alma del pueblo», un lenguaje extremo que refleja hasta qué punto el tema toca sentimientos profundos.
Al mismo tiempo, hubo un intento –más táctico que doctrinal– de mostrar flexibilidad. Voces jaredim moderadas hablaron de marcos alternativos: servicio civil ampliado o cupos limitados y graduales. Pero siempre con la condición de que la exención para quienes estudian a tiempo completo no sea abolido. En privado, incluso dirigentes jaredim reconocen que el statu quo es imposible de sostener indefinidamente, sobre todo tras la guerra y el peso que recayó sobre los reservistas. En público, sin embargo, la consigna fue resistir.
Opciones y propuestas
Naftali Bennett –principal rival del primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu– entró en el debate con un tono más directo y menos ceremonioso. Sin rodeos, sostuvo que la situación actual es injusta y socialmente insostenible. Dijo que «no se puede pedir sacrificios constantes a una parte de la población mientras otra queda estructuralmente al margen», y que la verdadera amenaza a la cohesión nacional no es el cambio, sino la perpetuación de un sistema que genera resentimiento.
Bennett evitó atacar la fe o el estudio religioso en sí –él mismo es un ortodoxo moderno– pero fue claro al señalar que el Estado no puede seguir funcionando con «acuerdos temporales que llevan décadas». En su visión, la integración gradual de los jaredim –también al mercado laboral– no es una concesión ideológica, sino una necesidad estratégica.
La opinión pública israelí, según las encuestas, se desplazó con claridad hacia una mayor exigencia de igualdad en la carga. Incluso entre votantes tradicionalmente prudentes con este tema, creció la sensación de que después de la guerra ya no hay margen para ambigüedades. Muchos israelíes distinguen entre respeto religioso y privilegio legal, y consideran que el segundo ya no es defendible en su forma actual. Aun así, existe también un temor real a una ruptura social: nadie quiere una guerra cultural abierta. El cansancio es evidente, pero también la cautela.
Este choque fue el factor clave en la pérdida de mayoría del Gobierno. La incapacidad de aprobar una ley de reclutamiento aceptable para todas las partes expuso la fragilidad de la coalición. Los partidos jaredim se negaron a apoyar cualquier texto que fijara cuotas obligatorias claras y sanciones efectivas, mientras otros socios de Gobierno no estaban dispuestos a seguir postergando el problema. El resultado fue un bloqueo político clásico: nadie quería ceder y todos sabían que el reloj corría en su contra. Cuando el tema llegó a votaciones críticas, la coalición simplemente dejó de existir como tal.
El plan de ley que quedó sobre la mesa, en su versión oficial más reciente, intentaba un equilibrio difícil: establecer objetivos de reclutamiento crecientes para el sector jaredí, combinados con incentivos económicos y marcos adaptados, y sólo en una etapa posterior introducir sanciones más duras para quienes no cumplieran. En el papel, era un compromiso. En la práctica, no convenció ni a los jaredim, que lo vieron como una amenaza diferida, ni a buena parte del público general, que lo percibió como otro aplazamiento elegante.
Así, el debate sigue abierto, cargado de historia, emociones y cálculos políticos. No se trata solo de quién se pone el uniforme, sino de qué tipo de sociedad quiere ser Israel, después de una guerra que recordó a todos que la seguridad no es una abstracción. Entre declaraciones solemnes, advertencias rabínicas y llamados a la igualdad cívica, el país sigue buscando una fórmula que permita mantener la unidad sin seguir pateando un problema que ya nadie cree temporal.
Compromiso nacional inevitable
Para la mayoría de los israelíes –seculares, religiosos moderados y nacionalistas– servir en las FDI (Fuerzas de Defensa de Israel) es un símbolo de igualdad y compromiso con el país. El hecho de que los jaredim quedaran exentos durante décadas –mientras los demás jóvenes servían– se percibe como vergonzoso. La reciente guerra, con luchas en múltiples frentes y un alto número de reservistas movilizados, ha intensificado la percepción de que todos los ciudadanos deben «compartir la carga» de la defensa nacional.
En 2017, la Corte Suprema declaró que esta práctica de exenciones generales era inconstitucional por discriminatoria, y emplazó a la Knéset –Parlamento israelí–a legislar una solución equitativa. A partir de 2024–25, esa presión legal se ha traducido en envíos masivos de órdenes de conscripción a jóvenes jaredim. Las tensiones han ido mucho más allá del debate político. En 2025–2026, se han visto protestas multitudinarias.
Según Yosi Levi, primer comandante jaredí del Ejército, que intenta convencer a su comunidad de integrarse a todas las necesidades nacionales «nuestro objetivo principal es primero normalizar la idea del servicio militar en la sociedad jaredí. El segundo es incorporar a decenas de miles a unidades de combate, liberando así a los soldados reservistas del servicio, e integrándolos a la economía israelí, lo que les permitirá llevar vidas exitosas». Levi sirvió como soldado de infantería y oficial en diversos cargos de mando y, durante la guerra Israel-Hamás, se convirtió en el primer comandante jaredí de batallón en las FDI. Su opinión es la que apoya el 90 % del país.
*Para El Debate





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