

Benet y Netanyahu se perfilan como los únicos con posibilidades en las elecciones de Israel
ISRAEL Eduardo Zalovich*


Israel vive un clima radicalizado como nunca en su historia. Nadie sabe la fecha electoral, aunque el tope es octubre. Pero el primer ministro Benjamín Netanyahu está en minoría y deberán adelantarse. Los partidos jaredim (ultraortodoxos que rechazan cumplir el servicio militar) son los causantes de la quiebra de la coalición de Gobierno.


Un elemento clave para comprender la actualidad política, en estos momentos, es que la discusión se debe a motivos más personales que ideológicos. Es entre Netanyahu y las numerosas críticas que recibe: errores estratégicos que permitieron el ataque, soberbia, no reconocer sus errores, falta de empatía y priorizar su ambición sobre el interés nacional. No es un tradicional choque derecha-izquierda, pese a lo limitado del concepto, sino más bien entre gente que piensa similar, pero cuestiona la conducta del primer ministro.
Todos los líderes opositores –Benet, Liberman, Lapid, Gantz– fueron parte del equipo de Netanyahu en el pasado. No son «palomas», salvo –y hasta cierto punto– el partido Demócratas, una coalición entre el tradicional Laborismo de Ben Gurión, Golda Meir, Itzjak Rabin y Shimón Peres, pero que ha perdido su arraigo, y Meretz (este sí un pequeño partido socialista). Luego están dos partidos jaredim –por fuera de los esquemas tradicionales– y los partidos étnicos árabes.
Un concepto fundamental: el sionismo, sobre el cual reina demasiada confusión en estos tiempos –real o falsa– es la ideología que defiende la independencia judía en su tierra ancestral, según la historia y plasmada en la propia Biblia. Es un concepto, pues nacionalista, que atraviesa horizontalmente el espectro político israelí. Todos se definen sionistas, porque es simplemente la defensa del Estado, nacido en la Guerra de Independencia de 1948 tras la victoria sobre la invasión islámica.
El recurso de Bibi, como se conoce popularmente a Netanyahu, al presentarse como el «mejor gobernante en tiempos de guerra» no es un invento retórico. Donald Trump lo calificó exactamente así y le dio un fuerte respaldo público en Mar-a-Lago, justo cuando se acerca la lucha por los votos. Incluso prometió que no permitirá a Teherán reconstruir su programa nuclear ni balístico (promesa nueva). Su frase «Bibi salvó a Israel» pegó fuerte; los israelíes confían en Trump.
En las últimas encuestas, aunque hay variaciones, se repite el Likud como el partido más votado, pero no logra mayoría ni sumando a sus aliados parlamentarios. Se necesita una coalición de 61, sobre 120 legisladores. La respetada encuestadora Hahadashot le otorga 27 escaños, a sus posibles socios Shas y UTJ (jaredim, 8 cada uno), OY (extrema derecha, 9). Es decir, que Bibi sumaria 54 diputados en estos momentos.
En el campo opositor, el nuevo partido Bennett 2026 alcanzaría 22, los Demócratas (11), Israel Beiteinu (9), Yesh Atid (laico, 9) y Eisenkof (7). O sea que Benet alcanzaría 58 diputados. Finalmente, Raam y Taal (partidos árabes, 5 cada uno). Si bien ningún bloque suma los 61 necesarios, Bennet ya ha pactado con el partido musulmán Raam –interesado en mejoras sociales en zonas árabes y beduinas, por lo cual podría otorgarle la mayoría. Se verá.
El tema esencial es la seguridad. La gran pregunta de los ciudadanos es si un voto para cualquier partido es un voto por la seguridad. Una amplia mayoría en Israel considera que es el factor clave. La masacre y los secuestros criminales de Hamás en octubre de 2023 permanecen en la memoria colectiva como un tatuaje emocional.
Irán sigue siendo la única amenaza de peso. Después de 12 días de guerra directa, junio de 2025 dejó clara la superioridad hebrea, que puede destruir toda la estructura militar y económica iraní. Israel prefiere la caída del régimen, acosado por una oposición gigantesca, evitando neutralizar militarmente la capacidad de Teherán.
Netanyahu ha advertido que todas las cartas están sobre la mesa si Irán intenta otra escalada Y mientras Trump y él se coordinan –casi como socios en una película de acción–, también hablan de nuevas fases del plan de paz en Gaza, con la desmilitarización de Hamás.
Sobre el armamento, Israel sigue adelante con una doctrina de defensa robusta: misiles avanzados, sistemas de defensa antiaérea, incluyendo rayos láser y tecnología de punta. La percepción que tiene tu enemigo de tu fuerza es casi tan importante como la fuerza misma.
Los protagonistas
La sociedad israelí está cansada. Tras años de conflicto constante –primero con Hamás y luego con Irán– hay fracturas sociales claras: veteranos que han visto a amigos caer, familias que lloran a los suyos, jóvenes que se preguntan si habrá paz antes que servicio militar. La economía, robusta gracias a la tecnología y la exportación de programas brillantes, también siente la presión de los gastos en defensa y la tensión internacional. Hay reclamos crecientes de terminar con la guerra, restaurar la vida civil y enfocarse en educación, salud y vivienda, aunque nadie discute que la seguridad debe seguir siendo la prioridad.
Netanyahu, fiel a su estilo, ha subrayado que solo con fuerza Israel asegura su futuro, y que la amenaza iraní representa un peligro palpable que hay que eliminar sin dudas. Bennet, por su parte, ha atacado directamente al Gobierno de Bibi, afirmando que ha sido demasiado tiempo gobernante –«20 años ya e Israel quiere calma y más visión estratégica, no sólo respuesta militar». Yair Lapid, líder actual de la oposición parlamentaria, está tratando de recuperar relevancia en un electorado que ve seguridad primero, aunque desde sectores liberales se insiste en que la misma también incluye inversión social y diplomacia inteligente.
En Estados Unidos, Donald Trump ha sido un amplificador del mensaje israelí de fortaleza, criticando a quienes advierten contra la fuerza y posicionándose como el aliado que prometió «no dejar a Israel solo». Mientras tanto, el mundo aliado de Jerusalén ha sido un mosaico: muchos gobiernos apoyan su seguridad, aunque con llamados a la moderación en el uso de la fuerza.
En conclusión, las elecciones de 2026 en Israel se sienten como una función de alta tensión donde la seguridad nacional, el legado de guerras recientes y la economía son temas no electorales, sino existenciales. Netanyahu sigue siendo figura central, Trump sigue siendo su megáfono en el exterior, y la oposición crece en un clima donde el electorado prioriza la fortaleza, la eficiencia, la honestidad y la anulación de los privilegios.
*Para El Debate




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