

RESUMEN
- Israel votará el 27 de octubre en las primeras elecciones nacionales desde el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023.
- Las encuestas de septiembre muestran una competencia muy ajustada entre Likud, de Benjamin Netanyahu, y Yashar, de Gadi Eisenkot, sin un bloque que alcance por sí solo los 61 escaños necesarios.
- Netanyahu carga con decisiones y responsabilidades políticas que generan fuertes cuestionamientos dentro de Israel.
- Pero también es el dirigente que encabezó al país durante una guerra contra Hamás y otras organizaciones armadas que Israel considera amenazas existenciales.
- La discusión que viene no será solamente sobre Netanyahu: también será sobre cómo debe defenderse un Estado cuando enfrenta organizaciones que buscan destruirlo.
Hay algo que conviene decir sin vueltas: Israel no está eligiendo solamente a un primer ministro. Está discutiendo qué país quiere ser después de una de las etapas más dramáticas de su historia reciente.


El 27 de octubre, los israelíes concurrirán a las urnas para elegir la nueva Knéset. Será la primera elección nacional desde el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023, que desencadenó una guerra que posteriormente se extendió también al Líbano y tuvo una dimensión militar vinculada con Irán.
Y en el centro de esa elección estará, una vez más, Benjamin Netanyahu.
Ahora bien, conviene no vender humo. Las encuestas disponibles en septiembre no permiten afirmar que Netanyahu vaya a obtener la primera minoría ni, mucho menos, que tenga asegurada la formación del próximo gobierno. Un promedio publicado a mediados de septiembre ubicaba a Likud y Yashar prácticamente empatados, mientras que los bloques tampoco alcanzaban por sí solos la mayoría de 61 bancas.
Pero hay algo que las encuestas no pueden medir con facilidad.
La historia.
Porque más allá de las críticas que pueda recibir Netanyahu, más allá de las decisiones discutibles que haya tomado y de las responsabilidades políticas que los israelíes deberán juzgar en las urnas, hay una realidad que tampoco puede ser borrada.
Israel fue atacado.
Y fue atacado por una organización que no reconoce el derecho del Estado de Israel a existir y que durante años ha construido buena parte de su estrategia alrededor de la violencia y el terrorismo.
Eso no significa que toda decisión militar sea automáticamente correcta. Tampoco significa que un gobierno quede exento de rendir cuentas. Una democracia justamente se diferencia de una dictadura porque sus gobernantes pueden ser cuestionados, investigados y reemplazados mediante el voto.
Pero una cosa es discutir las decisiones de un gobierno y otra muy diferente es negar el derecho de un Estado a defenderse.
Y ahí está uno de los grandes debates que el mundo parece no querer enfrentar.
¿Qué se hace cuando el enemigo no quiere negociar, sino destruir?
¿Se espera?
¿Se titubea?
¿Se deja que el terrorismo marque los tiempos?
¿O se utiliza la fuerza necesaria para impedir que vuelva a ocurrir?
La respuesta no debería depender de quién gobierna Israel.
Porque el derecho de una sociedad a defender a sus ciudadanos no puede convertirse en una cuestión partidaria.
Netanyahu puede gustar o disgustar. Puede ser respaldado o rechazado. Puede haber tomado decisiones acertadas y otras equivocadas. Los israelíes serán quienes deberán evaluar todo eso frente a las urnas.
Pero tampoco corresponde transformar cada crítica a Netanyahu en una condena contra Israel, ni utilizar los errores de un gobierno como argumento para cuestionar la existencia misma del Estado.
El terrorismo no puede convertirse en una herramienta para condicionar la política internacional.
Si una organización ataca civiles, secuestra personas y utiliza el terror como instrumento político, el mundo democrático tiene que ser capaz de decir claramente que eso no es resistencia, ni negociación, ni diplomacia.
Es terrorismo.
Y contra el terrorismo se necesita una política de Estado firme, inteligencia, capacidad militar, coordinación internacional y, cuando sea necesario, el uso de la fuerza dentro del marco del derecho.
Israel tendrá elecciones. Netanyahu deberá someterse nuevamente al juicio de los ciudadanos.
Y eso es precisamente lo que corresponde en una democracia.
Pero mientras los israelíes discuten quién debe gobernarlos, el mundo debería recordar algo mucho más elemental: un Estado que renuncia a defenderse frente a quienes quieren destruirlo no está construyendo la paz; está poniendo en riesgo su propia existencia.
La discusión sobre Netanyahu terminará, tarde o temprano, en las urnas.
La discusión sobre el terrorismo, en cambio, es mucho más grande que Netanyahu.




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