¿Sirve para algo la ONU?

OPINIÓN Por Carlos Zimerman

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Carlos Zimerman
Por Carlos Zimerman

RESUMEN

  • La ONU nació en 1945, después de una guerra mundial que dejó millones de muertos y un planeta devastado.
  • Su objetivo central fue evitar otra catástrofe semejante y crear un ámbito permanente para que los Estados pudieran negociar.
  • Sus decisiones no siempre son vinculantes y el Consejo de Seguridad está condicionado por el poder de veto de cinco países.
  • Sin embargo, cada Asamblea General permite reunir a buena parte de los líderes mundiales y abre la puerta a decenas de negociaciones bilaterales.
  • La ONU está lejos de ser perfecta, pero, por ahora, es mejor tenerla que no tener absolutamente nada.

Hay preguntas que parecen ingenuas hasta que uno se detiene a pensar en la respuesta. Una de ellas es esta: ¿sirve para algo la ONU?

La respuesta no puede ser un simple sí o no.

La Organización de las Naciones Unidas tiene enormes limitaciones, arrastra una burocracia gigantesca, muchas de sus resoluciones no son vinculantes y, cuando entran en juego las grandes potencias, la diplomacia internacional suele terminar chocando contra una realidad bastante menos romántica: los países poderosos defienden sus propios intereses.

Pero hay algo que no conviene perder de vista: la alternativa es bastante peor.

Porque antes de la ONU no existía siquiera este escenario permanente en el que prácticamente todos los países del mundo pudieran sentarse alrededor de una misma mesa, discutir, negociar, protestar, reclamar, amenazar con sanciones, buscar acuerdos o, al menos, escucharse.

Y eso, en un mundo cada vez más complicado, no es poca cosa.

Una organización nacida del horror

La ONU nació directamente de las ruinas de la Segunda Guerra Mundial.

En 1945, cuando todavía estaban frescas las imágenes de la destrucción provocada por el conflicto, representantes de 50 países se reunieron en San Francisco entre abril y junio para redactar la Carta de las Naciones Unidas. El documento fue firmado el 26 de junio y la organización comenzó oficialmente a existir el 24 de octubre de ese año.

La idea era sencilla y gigantesca al mismo tiempo: evitar que el mundo volviera a vivir una guerra como la que acababa de terminar.

La experiencia de la Sociedad de las Naciones había demostrado que la paz no podía depender solamente de buenas intenciones. Hacía falta una estructura internacional permanente.

Así apareció la ONU.

Su Carta estableció como objetivos mantener la paz y la seguridad internacionales, desarrollar relaciones amistosas entre los países, promover la cooperación y defender determinados principios del derecho internacional y los derechos humanos.

El problema es que una cosa es escribir esos objetivos y otra muy distinta conseguir que los países los cumplan.

El problema del poder

Acá aparece una de las grandes contradicciones de la organización.

En la Asamblea General, todos los Estados miembros tienen representación. Allí se debaten prácticamente todos los grandes problemas internacionales y se formulan recomendaciones. Pero muchas de esas resoluciones no tienen carácter obligatorio.

El verdadero poder coercitivo está principalmente en el Consejo de Seguridad.

Y allí aparecen los famosos cinco miembros permanentes: Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Reino Unido.

Cada uno tiene derecho de veto.

Es decir que una resolución puede tener una mayoría importante y, sin embargo, quedar bloqueada si uno de esos cinco países decide utilizar su veto. La propia estructura fue diseñada así después de la Segunda Guerra Mundial porque esas potencias eran consideradas fundamentales para cualquier sistema de seguridad internacional.

¿Es injusto?

Seguramente muchos países responderían que sí.

¿Es imperfecto?

Sin ninguna duda.

Pero también hay que hacerse otra pregunta: ¿qué sistema alternativo podría reemplazarlo sin tener que contar con esas mismas potencias?

Y ahí comienza el verdadero problema.

La ONU no es un gobierno mundial

Uno de los errores más habituales es imaginar a la ONU como una especie de gobierno del planeta.

No lo es.

La ONU no tiene un ejército propio capaz de entrar en un país y hacer cumplir automáticamente cada una de sus decisiones. Tampoco puede obligar a las grandes potencias a comportarse como si fueran simples provincias de una autoridad superior.

La política internacional sigue siendo política.

Hay intereses económicos, estratégicos, militares, territoriales y comerciales.

Y los países, especialmente los más poderosos, no dejan de defenderlos porque exista la ONU.

Pero entonces aparece la otra cara de la cuestión.

¿Qué pasaría si no existiera?

Ahí la discusión cambia completamente.

Porque aunque una resolución no termine con una guerra, puede dejar sentado quién está reclamando, quién está dispuesto a negociar, quién rechaza determinada acción y qué posición sostiene cada Estado.

Puede parecer poco.

Pero en diplomacia internacional, muchas veces que quede registrado no es poco.

Nueva York se convierte, por unos días, en la capital diplomática del mundo

La Asamblea General tiene además una característica que suele quedar escondida detrás de los discursos.

Los presidentes y primeros ministros no viajan a Nueva York solamente para hablar en el enorme salón de la Asamblea.

Viajan para encontrarse.

La actual 81ª Asamblea General volvió a reunir en Nueva York a dirigentes de todo el mundo y contempla una intensa agenda de reuniones bilaterales y encuentros paralelos.

Y ahí aparece quizás uno de los mayores servicios prácticos que presta la ONU.

Dos gobiernos que no tienen relaciones particularmente fáciles pueden encontrarse en Nueva York.

Un presidente puede reunirse con otro.

Un canciller puede hablar con un canciller.

Un país puede plantear una cuestión que en otro contexto difícilmente llegaría a la mesa.

Incluso cuando no existe acuerdo, existe conversación.

Y cuando existe conversación, aunque sea áspera, todavía queda alguna posibilidad de negociación.

La actual Asamblea lo demuestra nuevamente: alrededor de las sesiones formales se multiplican encuentros bilaterales y reuniones sobre guerras, seguridad, clima, desarrollo, inteligencia artificial y otros problemas que exceden las fronteras nacionales.

No es la solución, pero es un lugar donde buscarla

Hay quienes sostienen que la ONU es inútil porque no consiguió terminar con las guerras.

Es una crítica atendible.

Pero tiene un problema: supone que la única forma de medir la utilidad de una organización internacional es preguntando cuántas guerras consiguió evitar.

Y la diplomacia no funciona solamente así.

La ONU también sirve como foro para establecer normas, coordinar ayuda humanitaria, discutir cuestiones sanitarias, ambientales, económicas y de derechos humanos y generar mecanismos de cooperación entre Estados.

¿Alcanza?

No.

¿Funciona siempre?

Tampoco.

¿Es lenta, burocrática y muchas veces frustrante?

Sí.

Pero la pregunta fundamental sigue siendo otra:

¿Es preferible una ONU imperfecta o un mundo sin ningún organismo supranacional capaz de reunir a casi todos los países alrededor de una misma mesa?

Y ahí, al menos para quien escribe estas líneas, la respuesta parece bastante sencilla.

Es mejor la ONU que nada.

No porque sea perfecta.

No porque sus decisiones sean siempre respetadas.

No porque las grandes potencias dejen de hacer valer su poder.

No porque vaya a terminar mañana con las guerras de Ucrania, Gaza, las tensiones en Medio Oriente o cualquier otro conflicto.

Es mejor porque no tener absolutamente ningún ámbito permanente de diálogo sería todavía peor.

Quizás haya que reformarla. Quizás haya que discutir seriamente el sistema de veto. Quizás haya que hacerla más eficiente, menos burocrática y más representativa de un mundo que ya no es el de 1945.

Todo eso puede discutirse.

Pero mientras no exista algo mejor, conviene conservar lo que tenemos.

Porque en un planeta armado hasta los dientes, con potencias enfrentadas, guerras abiertas, amenazas nucleares y conflictos que pueden extenderse mucho más allá de las fronteras donde comienzan, tener una mesa donde los enemigos puedan sentarse sigue siendo preferible a no tener mesa alguna.

La ONU no es la solución.

Pero puede ser parte de la solución.

Y, por ahora, eso ya es bastante más de lo que tendríamos si no existiera.

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