OPINIÓN

¿Qué pasa si hoy pierden los republicanos? Trump seguirá gobernando

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Carlos Zimerman
Por Carlos Zimerman

Resumen

  • Si los republicanos pierden las elecciones legislativas de hoy, Donald Trump no dejará de gobernar ni cambiará automáticamente el rumbo de su administración.

  • Una eventual mayoría demócrata en el Congreso puede complicarle la agenda legislativa, pero no le quita al presidente sus atribuciones constitucionales.

  • Su política internacional seguirá teniendo a Estados Unidos como protagonista de un escenario global cada vez más complejo.

  • La relación estratégica con Israel no depende exclusivamente de quién controle el Congreso.

  • Trump seguirá siendo Trump. Quienes imaginan que una derrota electoral puede obligarlo a modificar su personalidad política y sus principales objetivos posiblemente no estén entendiendo cómo ejerce el poder.

La verdadera pregunta de las elecciones legislativas de Estados Unidos no es si Donald Trump seguirá gobernando, porque eso está fuera de discusión. La pregunta es cuánto margen tendrá para avanzar con su agenda durante los dos años que le quedan de mandato.

Este martes 3 de noviembre, los estadounidenses concurren a las urnas para renovar la totalidad de la Cámara de Representantes y una parte del Senado. Los demócratas buscan recuperar el control del Congreso y convertir el resultado en un mensaje político contra el presidente. Pero conviene no confundir una elección legislativa de medio término con una elección presidencial.

Si los republicanos pierden, Trump seguirá en la Casa Blanca. No habrá cambio de presidente, no habrá modificación automática de su política exterior y tampoco desaparecerá la autoridad que le otorga la Constitución estadounidense.

Por supuesto, sería ingenuo sostener que una derrota republicana no tendría consecuencias. Si los demócratas consiguen controlar una o ambas cámaras, podrán impulsar investigaciones, convocar funcionarios, utilizar el poder de citación del Congreso, bloquear iniciativas legislativas y, si consiguen el Senado, complicar determinados nombramientos. Eso puede generar ruido político, enfrentamientos y dificultades para la administración.

Pero de ahí a pensar que podrán torcerle el brazo a Trump hay una distancia considerable.

El presidente conserva el poder de veto, amplias atribuciones ejecutivas y un margen de decisión importante en materia de política exterior, inmigración y funcionamiento de la administración federal. Los demócratas podrán poner obstáculos, pero no tendrán una llave mágica para cambiar el rumbo de la presidencia.

En política internacional tampoco hay motivos para imaginar un giro de 180 grados. La estrategia de Trump no depende exclusivamente de la composición del Congreso. Su visión sobre el papel de Estados Unidos en el mundo, sus prioridades geopolíticas y su manera de relacionarse con las principales potencias forman parte de una orientación que no se modifica simplemente porque los republicanos pierdan bancas.

Lo mismo sucede con Israel. La relación estratégica entre Washington y Jerusalén tiene una dimensión histórica, militar y diplomática que excede una elección legislativa. No hay razones para suponer que una derrota republicana vaya a provocar, por sí sola, un cambio de posición de Trump respecto del Estado israelí.

Y hay otro capítulo que merece atención: Cuba. Trump podría intentar profundizar la presión política y diplomática sobre el régimen cubano, con el argumento de que llegó la hora de terminar con décadas de opresión comunista. Es una posibilidad dentro de su agenda internacional, aunque cualquier iniciativa de semejante magnitud dependerá también de las circunstancias regionales y de las decisiones que adopte su administración.

En definitiva, quienes creen que una victoria demócrata significará el comienzo del final político de Trump deberían mirar con mayor detenimiento el funcionamiento institucional de Estados Unidos.

Las elecciones de medio término son importantes, pero no son presidenciales. El resultado puede modificar el equilibrio de fuerzas en Washington, condicionar leyes, generar investigaciones y complicar la gestión cotidiana. Lo que no puede hacer es borrar el mandato que los estadounidenses le otorgaron en 2024.

Trump podrá tener un Congreso más adverso, pero seguirá siendo el presidente. Y seguramente responderá a ese escenario con su estilo habitual, defendiendo sus decisiones y tratando de avanzar con los objetivos que considera prioritarios.

Si ganan los demócratas, habrá festejos, discursos triunfalistas y seguramente muchos titulares anunciando una derrota histórica del trumpismo. Si ganan los republicanos, Trump tendrá un argumento adicional para reivindicar su liderazgo.

Pero al día siguiente, Donald Trump seguirá en la Casa Blanca.

Y quienes esperan que una derrota legislativa lo haga cambiar de rumbo, especialmente en política internacional y en su relación con Israel, quizás estén esperando algo que el propio sistema político estadounidense no garantiza.

Una elección puede cambiar el Congreso. No necesariamente cambia al presidente.