

Tres frases que resumen la discusión:
“No existe paz posible con Hamas armado.”


“Israel no puede entregar su seguridad a quienes quieren destruirlo.”
“Primero el desarme. Después la paz.”
Benjamin Netanyahu rechazó el plan de paz impulsado por Donald Trump para Gaza y volvió a marcar un límite que, por más que algunos quieran disfrazarlo de intransigencia, es absolutamente lógico: Israel no se retirará del territorio mientras Hamas conserve su capacidad militar.
Y tiene razón.
Porque hay algo que algunos parecen no querer entender: hacer la paz no significa entregarle las llaves de tu propia casa a quien acaba de intentar incendiarla.
Hamas no es simplemente una organización política con la que Israel tiene diferencias. Es una organización terrorista armada que durante décadas ha planteado la destrucción de Israel como objetivo. Pretender que Israel se retire mientras esa estructura conserva armas, túneles, capacidad militar y capacidad de ataque es pedirle al Estado israelí que confíe su seguridad precisamente en quienes quieren eliminarlo.
Eso no es paz.
Es ingenuidad. Y una ingenuidad peligrosa.
Trump puede impulsar un plan, puede intentar construir una salida diplomática y puede buscar terminar con una guerra que ya provocó demasiado sufrimiento. Todo eso es válido y necesario.
Pero también es necesario reconocer una verdad elemental: la paz no se firma con una pistola sobre la mesa.
Si Hamas mantiene sus armas, la amenaza continúa. Si mantiene su estructura militar, puede volver a atacar. Y si puede volver a atacar, Israel no tiene ninguna garantía de que el conflicto no comenzará nuevamente dentro de unos meses o unos años.
¿Alguien realmente cree que Israel debería retirarse y simplemente esperar?
¿Esperar qué? ¿El próximo ataque?
Israel ya aprendió, a un costo brutal, lo que significa confiar en que una amenaza armada permanecerá controlada. No tiene por qué repetir el mismo error.
Netanyahu, además, no está diciendo que no quiera la paz. Está diciendo algo mucho más sencillo: no habrá retiro israelí sin un desarme real de Hamas.
Y esa condición no debería ser presentada como un obstáculo para la paz. Debería ser presentada como una de las condiciones indispensables para que la paz sea posible.
Porque una cosa es negociar con el enemigo y otra muy diferente es permitir que el enemigo conserve intacta la capacidad de volver a atacarte.
Hay que terminar con las palabras bonitas que no resisten el primer disparo.
Una paz que deja a Hamas armado no es paz. Es una tregua.
Y una tregua sin garantías puede convertirse rápidamente en otra guerra.
Israel tiene derecho a existir. Tiene derecho a defenderse. Tiene derecho a exigir garantías de seguridad. Y tiene derecho a decir que no va a abandonar Gaza mientras una organización que proclama su destrucción siga armada.
Esto no significa cerrar la puerta a la diplomacia. Todo lo contrario.
Significa ponerle condiciones mínimas a una negociación que pretenda llamarse paz.
Desarme efectivo. Fin de la capacidad militar de Hamas. Garantías de seguridad para Israel.
Después se podrá discutir quién administra Gaza, cómo se reconstruye el territorio y cómo se construye un futuro diferente para los palestinos.
Pero pretender empezar por el final es un disparate.
Netanyahu puede diferenciarse del plan de Trump. Puede haber matices y desacuerdos entre ambos. Eso no convierte al primer ministro israelí en enemigo de la paz.
Al contrario.
A veces, decirle que no a una mala paz es la única manera de evitar una nueva guerra.
Y en este caso Netanyahu tiene razón en algo fundamental: Hamas no puede conservar las armas y, al mismo tiempo, pretender que Israel confíe en que habrá paz.
Primero que se desarme.
Después hablamos de paz.



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