¿Ganaron los malos?: Irán consigue alivio, Israel sigue amenazado y los iraníes continúan sometidos

EE.UU Por Carlos Zimerman

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Carlos Zimerman
Por Carlos Zimerman

¿Ganaron los malos? Esa es la pregunta que sobrevuela el acuerdo que puso fin a la guerra entre Estados Unidos e Irán. Nada permite asegurar que Teherán cumplirá efectivamente con los compromisos asumidos sobre su programa nuclear o el destino de su uranio enriquecido. Tampoco queda claro qué ocurrirá si las promesas se incumplen: ¿está realmente Estados Unidos dispuesto a retomar un conflicto del que le costó mucho más salir de lo que imaginó? Las dudas son muchas y las certezas escasas. Mientras tanto, Irán recibe alivio económico, inversiones y el levantamiento de sanciones. Israel continúa bajo amenaza, el pueblo iraní sigue sometido a un régimen autoritario y no existe ninguna señal concreta de que Teherán vaya a modificar su conducta. Por eso, para muchos observadores, la sensación es tan incómoda como evidente: casi que podemos afirmar que ganaron los malos.

A primera vista, el acuerdo alcanzado entre Estados Unidos e Irán parece una buena noticia. Las armas se silencian, los mercados respiran, el estrecho de Ormuz vuelve a abrirse y la posibilidad de una guerra regional pierde intensidad. Pero cuando se observa el contenido del pacto con mayor detenimiento, surge una pregunta inevitable: ¿quién ganó realmente?

La respuesta parece bastante evidente. Irán obtuvo mucho y entregó poco.

El régimen de Teherán recibe una oportunidad extraordinaria para recuperar oxígeno económico, acceder a inversiones multimillonarias, conseguir el levantamiento progresivo de sanciones, recuperar activos congelados y volver a presentarse ante el mundo como un interlocutor válido. Todo ello sin que existan garantías sólidas de que abandonará definitivamente aquello que llevó a la crisis: su programa nuclear.

Porque más allá de las declaraciones diplomáticas y de las promesas incluidas en el memorándum, nada indica que Irán vaya a desmantelar su estructura nuclear ni a renunciar de manera irreversible a sus capacidades estratégicas. Mucho menos existe certeza sobre el destino final de su uranio enriquecido.

El acuerdo habla de dilución, supervisión y futuras negociaciones. Habla de compromisos y de buena voluntad. Pero la experiencia internacional enseña que entre las promesas y los hechos suele existir una enorme distancia, especialmente cuando se trata de regímenes que han hecho de la confrontación con Occidente y con Israel uno de los pilares de su política exterior.

Por eso la sensación que deja este acuerdo es incómoda: se está otorgando una enorme recompensa a cambio de garantías mínimas.

Durante años, Irán fue presentado por gran parte de Occidente como una amenaza para la estabilidad regional, un patrocinador de organizaciones armadas y un actor desestabilizador en Medio Oriente. Sin embargo, ahora ese mismo régimen recibe la posibilidad de acceder nuevamente a recursos financieros, comercio internacional y legitimidad diplomática.

La pregunta es inevitable: ¿qué cambió realmente?

La respuesta parece ser que cambió más la necesidad de Estados Unidos que la conducta de Irán.

Para la administración de Donald Trump, la continuidad de la guerra representaba un escenario costoso, riesgoso y políticamente inconveniente. La economía mundial comenzaba a sentir el impacto de la incertidumbre y el conflicto amenazaba con extenderse. La salida diplomática aparece entonces como una forma de abandonar una confrontación que no ofrecía beneficios claros para Washington.

Pero salir de una guerra no siempre significa resolver el problema que la originó.

Y allí aparece el gran interrogante de este acuerdo. Porque mientras Estados Unidos obtiene una retirada ordenada, Irán gana tiempo.

Tiempo para reorganizarse. Tiempo para fortalecer su economía. Tiempo para reconstruir alianzas regionales. Tiempo para atravesar un momento particularmente delicado de su situación interna.

Mientras tanto, los grandes perdedores siguen siendo los mismos.

Israel continúa enfrentando amenazas estratégicas que este acuerdo no elimina. Las organizaciones respaldadas por Teherán no desaparecen. Las estructuras políticas, militares e ideológicas que alimentan el conflicto permanecen intactas. Lo único que cambia es la intensidad momentánea de la confrontación.

Por eso muchos analistas sostienen que no se está resolviendo la amenaza, sino simplemente administrándola.

Tampoco aparecen entre los beneficiados los ciudadanos iraníes que durante años desafiaron al régimen. Las mujeres que enfrentaron la represión. Los jóvenes que reclamaron libertades. Los opositores encarcelados. Los miles de iraníes que sueñan con vivir en una democracia.

El acuerdo habla de soberanía estatal, de comercio, de energía y de seguridad regional. Pero prácticamente nada dice sobre derechos humanos, libertades individuales o reformas políticas.

En otras palabras, el régimen recibe alivio; el pueblo sigue esperando.

Por supuesto que toda vida salvada es una buena noticia y nadie puede celebrar una guerra. Sin embargo, una paz duradera requiere mucho más que la ausencia temporal de bombardeos.

Requiere garantías verificables, compromisos concretos y transformaciones reales.

Hoy esas certezas no aparecen por ninguna parte.

Por el contrario, la impresión dominante es que Irán consigue recursos, legitimidad y tiempo; Estados Unidos encuentra una puerta de salida; Israel sigue bajo amenaza; y los iraníes que luchan por la libertad vuelven a quedar relegados.

Por eso, más que una victoria de la paz, este acuerdo parece una tregua construida sobre interrogantes.

Y cuando los interrogantes son más grandes que las certezas, resulta difícil evitar una conclusión incómoda: todo indica que quienes actuaron mal obtuvieron más beneficios que quienes defendían la libertad y la seguridad.

RESUMEN

  1. El acuerdo pone fin a la guerra, pero no ofrece garantías contundentes sobre el desmantelamiento del programa nuclear iraní.
  2. Irán recibe beneficios económicos, alivio de sanciones y acceso a recursos financieros sin realizar concesiones definitivas.
  3. Estados Unidos logra salir de un conflicto que se había vuelto costoso y políticamente inconveniente.
  4. Nada asegura que Teherán abandone de forma irreversible sus capacidades nucleares o estratégicas.
  5. Israel continúa enfrentando amenazas regionales que el acuerdo no elimina ni desarticula.
  6. Los ciudadanos iraníes que reclaman libertad y derechos democráticos no aparecen entre los principales beneficiados.
  7. La sensación predominante es que Irán gana tiempo y recursos, mientras las causas profundas del conflicto permanecen intactas.

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