37 años de impunidad: Tiananmen, la masacre que China recuerda en silencio

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La noche del 3 al 4 de junio de 1989, el Partido Comunista Chino ordenó a su ejército disparar contra estudiantes desarmados que pedían democracia. No fue un error, no fue un exceso, no fue un accidente. Fue una decisión política deliberada. Treinta y siete años después, sus responsables nunca rindieron cuentas, y el régimen que la ejecutó sigue gobernando el país más poblado del mundo.

El miedo disfrazado de orden
Lo que el Partido llamó «restablecer el orden» fue, en realidad, el aplastamiento sistemático de la mayor movilización ciudadana de la historia china moderna. Más de 12 millones de personas —estudiantes, obreros, periodistas, intelectuales— salieron a las calles en todo el país durante mayo de 1989. No portaban armas. Portaban pancartas y, en la plaza, una estatua que llamaron «Diosa de la Democracia».

La respuesta del régimen fue decretar la ley marcial, desplegar 180.000 soldados y abrir fuego. Zhao Ziyang, el único dirigente que se negó a avalar la masacre, bajó a la plaza a pedirle a los jóvenes que se fueran. «No volveremos a venir», les dijo entre lágrimas, en lo que resultó ser una despedida doble: la de ellos y la suya propia. Fue destituido de inmediato y pasó el resto de su vida bajo arresto domiciliario.

Una cifra que el régimen se niega a confirmar
El número de muertos de aquella noche sigue siendo, 37 años después, un secreto de Estado. El gobierno habló de 200 víctimas. La Cruz Roja contabilizó 2.600. Otros testimonios y documentos filtrados apuntan a cifras aún más escalofriantes. Que en 2026 no exista una cifra oficial verificable no es un descuido burocrático: es una política. Borrar los muertos es parte del crimen.

La censura como confesión
Cada año, en torno al 4 de junio, el régimen despliega uno de los operativos de censura y vigilancia más exhaustivos del planeta. Bloquea búsquedas en internet, patrulla calles, silencia redes sociales y moviliza a cientos de miles de militantes del partido para ocupar físicamente la plaza. Todo ese esfuerzo descomunal para suprimir una fecha revela, con más elocuencia que cualquier argumento, que el Partido sabe perfectamente lo que hizo y teme que sus ciudadanos lo recuerden.

Durante décadas, Hong Kong fue la única grieta en ese muro: cada aniversario, hasta 180.000 personas se reunían con velas encendidas para nombrar a los muertos que Pekín se empeñaba en hacer desaparecer. En 2020, la Ley de Seguridad Nacional clausuró también esa posibilidad. La llama se apagó por decreto.

El argumento más cínico de la historia reciente
La justificación oficial del Partido Comunista no ha cambiado en 37 años: las decisiones de 1989 fueron correctas porque China creció económicamente. Es decir, el asesinato masivo de civiles se justifica con el PIB. Es un argumento que ningún régimen democrático se atrevería a formular en voz alta, y que Pekín repite sin pudor precisamente porque sabe que nadie dentro de sus fronteras puede refutarlo públicamente.

Una herida que el mundo no debe dejar cerrar
Tiananmen no es historia antigua. Es el ADN del régimen que hoy gobierna China: un sistema que considera legítimo matar a sus propios ciudadanos para perpetuarse en el poder y que ha construido durante casi cuatro décadas una arquitectura de impunidad, censura y negacionismo para que nadie lo olvide… obligando a todos a olvidarlo.

A 37 años de aquella madrugada, los estudiantes que murieron frente a los tanques siguen sin nombre oficial, sin tumba reconocida, sin justicia. Solo tienen el silencio que el Partido les impone. Y la memoria obstinada de quienes, a pesar de todo, se niegan a callar.

Fuente: PanamPost

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