




En un interesante análisis de la Universidad de Salamanca se plantea que la evolución de la inteligencia artificial constituye uno de los temas más fascinantes y debatidos en la actualidad, convirtiéndose en una útil herramienta en nuestras vidas. La propuesta dirigida a demostrar la posibilidad de que, a través de una máquina, se resolverían problemas, en principio, de la incumbencia exclusiva del ser humano, resulta una alternativa para que la humanidad edifique un futuro más justo, inclusivo y sostenible.
Es en ese contexto que convendría procurar la ayuda de la conveniente metodología, en aras de comprender el “Acuerdo Washington-Caracas” del 3 de enero del año en curso, al cual se contrae este ensayo. Pero insistiendo, con respecto a la posibilidad de determinar, Dios quiera, en qué medida la referida alianza nos conduciría por el buen camino. Esto es, que la IA coadyuve a una razonable cooperación en procura de esperados niveles de unión y prosperidad, un viejo anhelo, para cuya plasmación la IA, que sería “esa buena amiga”, nos aleje de “la inapetencia, el fastidio, el desabastecimiento, la falta de honestidad, la picardía y la carencia de amor a la Patria”.
Unas cuantas lecciones prácticas se requieren a fin de superar episodios con los cuales, erróneamente, hemos convivido desde numerosas décadas, en aras de lo cual asumamos que a la realidad hay que comprenderla, sacándole el mejor provecho. Es recomendable, inclusive, pedírselo a Dios en esta Semana Santa.


A nuestro juicio, no pareciera existir una manera distinta de concebir el “Acuerdo Washington-Caracas”, sin dejar, por supuesto, de lado la legítima posibilidad de demandar su racional observancia y hasta de objetar cuando se le desconozca. Lo que sí no pareciera pensable es entender lo que ocurrió en enero como “un coloniaje” por parte de EE. UU., país que, con todas sus posibles equivocaciones, no puede negarse que ha jugado un eficiente papel como garante de la paz de la humanidad.
Asumamos, en consecuencia, por no visualizarse opciones distintas, que el régimen político que, a partir del 3 de enero, conduce, en comandita, los destinos de Venezuela es una realidad, y que a ella deberíamos sacarle el mejor provecho en aras de la maximización del bienestar de los venezolanos. Convengamos que, en lo que corresponde al gobierno de los Estados Unidos, la tarea es menos complicada, dado su desarrollo, razón más que precisa para que nosotros no nos subsumamos en la teorización.
Que se le califique, en la atmósfera de la tipificación jurídica, como un “contrato de adhesión”, por parecernos más potable que “un cogobierno”, tendría tal vez una significación académica, por constituir un capítulo más en el contexto de la teoría de la soberanía, virtud esta última que incumbirá defender al gobierno de Venezuela, tarea en la que ha de tomar en cuenta que, para algunas enciclopedias, es un atributo del poder. O sea, la soberanía popular, pero, a fin de ser objetivos, sin olvidar que este está sometido a determinadas restricciones, muy específicamente cuando de él se abusa, supuesto en el cual Washington ha tipificado las últimas décadas en Venezuela.
Las circunstancias, entre otras, como leemos, parecieran recomendar la oportunidad que nos brinda la relación entre Estados Unidos y Venezuela, mediante una agenda de corresponsabilidad que abarca la negociación política, la gestión migratoria y la seguridad en la región, a saber:
Estados Unidos busca dirigir la transición venezolana para asegurar estabilidad y evitar el regreso del chavismo tradicional.
Utilizará la presión económica y política sin una ocupación militar directa y masiva.
El restablecimiento de las relaciones diplomáticas y consulares.
La firma de acuerdos energéticos dirigidos al aumento de exportaciones de crudo venezolano, con inversión estadounidense.
Un gobierno interino presidido por Delcy Rodríguez, para que, en una adecuada coordinación con la administración de EE. UU., se propenda a la puesta en práctica de las políticas acordadas.
Los analistas califican el acuerdo como un “gobierno por procuración” o tutelado. A la IA pareciera oportuno ponerle atención, por lo menos en lo que a ella se atribuye.
Las consideraciones formuladas parecieran, pues, reflejar —tal como suele expresarse comúnmente— que “el acuerdo de adhesión entre EE. UU. y Venezuela” es un “hecho”, para algunas enciclopedias:
“Suceso o acontecimiento ocurrido al margen de la voluntad de las personas”.
Respuesta afirmativa para conceder o aceptar lo que se pide o propone.
Presunción de hecho y de derecho.
En nuestro criterio, en lo concerniente al tema —complejo, por cierto— de este ensayo, es un procedimiento a adelantar con fines concretos, ante el cual, dado el poder del Estado que lo estatuye y la legitimidad que lo asiste, configura un estado de necesidad, pero que, en el entorno que lo justifica, tanto el sujeto activo como el pasivo —en la realidad que se analiza, EE. UU. y Venezuela— es merecedor de su calificación como acto de buena fe.
En aras de una mejor comprensión, corramos el riesgo de que nos endilguen el galardón de “copio neto”, permitiéndonos acudir una vez más a la inteligencia artificial, en la cual leemos:
Un acuerdo tácito es un pacto no expresado formalmente (ni por escrito ni oralmente).
Es aquel que se deduce de la conducta, acciones o inacción (silencio) de las partes.
Se basa en la aceptación implícita, donde el comportamiento demuestra la intención de obligarse, teniendo validez jurídica si el consentimiento es voluntario e informado.
Una pregunta que nos hacemos para terminar: ¿Estará Venezuela en una encrucijada? Pregunta para la lingüística con más de una respuesta, por lo que, con el permiso debido, recomendamos la que hace referencia al “lugar en donde se cruzan dos o más calles o caminos”.
Ello no significa —ha de expresarse— que perdamos la fe en las bondades del presente y el futuro y que, además, recordemos que hemos morado en más de una encrucijada.
Fuente: PanamPost





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