A 35 años de la convertibilidad en Argentina, ¿se aprendieron las lecciones necesarias?

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El proceso de estabilización macroeconómico actual seguramente sea una transición a una reforma de relevancia, que podría comenzar a discutirse antes de las elecciones de 2027. Vale recordar que el presidente argentino, Javier Milei, ha dicho históricamente que es necesario cerrar el banco central, algo que no menciona mucho en la actualidad, pero no porque haya mentido o haya cambiado de opinión, seguramente. Como austrolibertario, de completa comprensión en los asuntos monetarios, él sabe que debe dejar la Casa Rosada sin posibilidades para que sus sucesores apelen a la emisión monetaria para financiar el gasto. Aunque el tema no está en el debate coyuntural actual, la gran reforma llegará en cualquier momento, en un contexto de superávit y responsabilidad monetaria que lo permita.

Hoy, 1 de abril, se cumplen 35 años del lanzamiento del plan de convertibilidad de 1991 que enterró al austral y fijó el tipo de cambio «1 a 1» con la divisa estadounidense. Este proceso tiene tres cuestiones indiscutidas, pero muchas interpretaciones complementarias. Los hechos son que el desastre inflacionario de la emisión alfonsinista (y los dos primeros años de un Menem que no le encontraba la vuelta) requerían una fuerte reforma. También es innegable que la convertibilidad aplastó la inflación por una década. El final también es sabido: todo terminó con la crisis de 2001/2002, el manoteo a los depósitos y una devaluación que, aunque algunos reivindican como necesaria, dejó a más de medio país por debajo de la línea de pobreza.

En el imaginario popular, seguramente fomentado por intereses muy concretos y particulares, se promovió la idea de que el «1 a 1» fue «necesario» por un tiempo (es que el desastre previo y el fin de la inflación son cuestiones indiscutibles), pero que era imprescindible salir antes para evitar la crisis. Como si se tratara de una medicina fuerte que puede ser la cura para un padecimiento, pero que debe dejarse antes de que se torne venenosa para el cuerpo humano.

La confiscación de los depósitos y la crisis que se llevó por delante a Fernando de la Rúa no tuvieron que ver con un esquema cambiario, que no era más que eso. Sin embargo, quedaron absolutamente relacionados porque se vivieron en simultáneo. Pero la raíz del problema estaba en otro lugar: el gasto público y el déficit fiscal.

A pesar de las privatizaciones, la gestión de Carlos Menem no solucionó el problema de fondo, que llevó a su antecesor radical a recurrir a la máquina de imprimir billetes. Pero como Argentina estaba desarrollando un proceso virtuoso en muchos aspectos, los organismos de crédito internacionales decidieron acompañar las medidas, esperando que, eventualmente, se corrigieran las cuentas públicas. Menem no lo hizo y de la Rúa no se animó a revertir la situación. Cuando se propuso una corrección –que podría denominarse «cosmética» en comparación con lo que hizo el actual gobierno en los primeros meses– el mismo partido en el poder salió a protestar y allí se recurrió al ministro de la convertibilidad, Domingo Cavallo, casi en un desespero personalista supersticioso y místico. Pero el FMI (en la época de la dura Anne Krueger) ya había decidido que algún país insolvente debería caer para servir de ejemplo. El resto de la historia es conocida.

Los grandes grupos económicos que iban a beneficiarse con una devaluación que licuara sus activos, sumados a los empresarios prebendarios que tenían más ganas de contar con un pequeño mercado cautivo que de competir con el mundo abierto, apoyaron un modelo incipiente que se encontró con una tormenta perfecta: maquinita lista para imprimir billetes nuevamente y precios internacionales sin precedentes, para sentar las bases de un populismo que terminó arruinando al país. Lamentablemente, los que apoyaron al kirchnerismo compraron la mentira que se «salió» por terminar con la convertibilidad.

Sin embargo, lo que causó la crisis fue el déficit y la deuda. Lo que permitió dar vuelta a la página fue un modelo populista subido al precio de la soja, a la máquina de imprimir billetes y a una infraestructura muy consolidada, que se logró gracias a las reformas positivas de la década del noventa.

Con el ordenamiento macroeconómico actual, un esquema de convertibilidad sería sustentable. ¿Esto quiere decir que hay que replicarla una vez más? No necesariamente. La historia también muestra que los procesos son reversibles. En este sentido, una dolarización sería más estable en el tiempo, con relación a los cambios políticos a futuro. Recordemos que ni el chavista de Rafael Correa pudo volver atrás con el sucre en Ecuador.

A 35 años del «1 a 1» las lecciones que tendrían que haberse aprendido son las siguientes: que el Estado no puede gastar más de lo que recauda, que no es sustentable vivir de prestado y que no se debe apelar a la emisión de billetes sin respaldo para cubrir un rojo, que la política siempre tiene los incentivos para agrandar. Cómo se consolidan a largo plazo esos factores, es una discusión abierta. Al menos, en los últimos años se puso sobre la mesa que la inflación es un robo y que se trata de una transferencia de recursos de las personas de ingresos fijos a manos de los amigos del gobierno. No es poco.

Fuente: PanamPost

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