La verdad completa: una deuda pendiente de la Argentina

MUNDO - ARGENTINA Por Carlos Zimerman

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Carlos Zimerman
Por Carlos Zimerman

En la Argentina de hoy, donde la memoria parece muchas veces fragmentada, sigue pendiente una discusión honesta, integral y sin concesiones: conocer la verdad completa de lo ocurrido en la década del setenta.

Durante años, el foco —con razón— ha estado puesto en los crímenes cometidos por la última dictadura militar. Fueron hechos aberrantes, ilegales y profundamente violatorios de los derechos humanos. Y es necesario decirlo con absoluta claridad: no avalo en lo más mínimo el accionar de las Fuerzas Armadas, ni sus abusos, ni el terrorismo de Estado que marcó una de las etapas más oscuras de nuestra historia.

“Nada justifica la violación de los derechos humanos por parte del Estado. Nada.”

Pero afirmar esto no debería impedirnos ver la otra cara de la tragedia. Porque del otro lado también hubo violencia, también hubo muerte, también se violaron derechos humanos.

Organizaciones armadas como Montoneros y el ERP llevaron adelante secuestros, atentados, asesinatos y colocación de bombas. No se trató de hechos aislados, sino de una estrategia sistemática en el marco de una lógica de confrontación armada.

“Reconocer la violencia guerrillera no es justificar la dictadura; es completar la verdad histórica.”

Negar esa parte de la historia es tan grave como negar los crímenes del Estado. Porque la memoria, para ser verdadera, no puede ser selectiva ni funcional a una sola narrativa.

Se ha instalado durante años una visión romántica de ciertos sectores, incluso bajo la expresión de “la juventud maravillosa”. Pero la historia exige rigor, no slogans.

“También hubo asesinatos, también hubo bombas, también hubo víctimas inocentes del accionar guerrillero.”

Y esas víctimas, muchas veces olvidadas, también merecen memoria, verdad y reconocimiento.

Quienes vivimos aquellos años podemos dar fe que la gran mayoría de los argentinos pedían a gritos la intervención militar. El golpe, lamentablemente, fue avalado por buena parte de la población, lo que no implica —ni puede implicar— justificar las formas posteriores ni el abuso injustificado por parte de los militares. Los uniformados defraudaron profundamente: sus asesinatos impunes son una mancha imposible de borrar. Pero es necesario que se sepa la verdad completa, que se cuente todo. La Argentina previa al golpe atravesaba una crisis profunda y, para muchos, el país se encaminaba hacia un escenario de ruptura institucional extrema. En ese contexto, la violencia política escalaba de manera sostenida. Fue, en definitiva, un período de enfrentamiento armado que marcó a fuego la historia nacional, y cuya complejidad no puede ser negada sin caer en simplificaciones.

Esto no es una teoría de los dos demonios, ni un intento de equiparar responsabilidades. Es algo más simple y más profundo: es el reclamo de una verdad completa.

Porque condenar el terrorismo de Estado no debe implicar callar la violencia previa o paralela, ni mucho menos justificarla bajo ningún argumento ideológico.

“La defensa de los derechos humanos debe ser universal, o deja de ser defensa para convertirse en un relato.”

Y en ese punto la Argentina todavía tiene una deuda consigo misma.

Solo una mirada madura, honesta y sin hipocresías permitirá cerrar heridas. No desde el olvido, no desde la negación, sino desde la verdad plena.

Porque al final del camino, no se trata de elegir un bando, sino de respetar la vida, la ley y la dignidad humana, sin excepciones.

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