EEUU e Irán, del amor al odio en un solo vuelo

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Las grandes amistades se construyen de pequeños. Quizás eras un niño pequeño y ves por la ventana cómo una nueva familia se muda a la casa de al lado, y junto a sus padres ves a un niño de tu edad y sientes que podrían llegar a ser amigos. O quizás, enemigos mortales.

Así es como Mohammad Mossadegh, primer ministro iraní durante los años 50, dio inicio a una historia con muchos bemoles. Decidió un día expropiar todas las empresas petroleras inglesas en suelo iraní, con la excusa de que el imperialismo no controlaría los recursos naturales de la región. Lo que Mohammad no entendía (como la mayoría de los líderes actuales de corte socialista) es que expropiar lo que alguien alguna vez compró e hizo crecer con inversiones es un robo.

Entonces, en 1953, en el marco de la llamada Operación Ajax, la CIA y el MI6 británico impulsaron un golpe de Estado apoyando a sectores opositores dentro de Irán, que terminó con la caída de Mossadegh. Así es que Mohammad Reza Pahlavi consolidó su poder como Sha de Persia.

Con el Sha al mando, los vientos políticos iraníes cambiaron rotundamente, pero solo en términos de comercio y política exterior, ya que se alió comercialmente con EE. UU. e Inglaterra (que lógicamente trajeron muchos beneficios económicos al país). Pero puertas adentro, no mucho había cambiado. El régimen del Pahlavi era un poco menos autoritario que el de Mossadegh, pero no demasiado, lo que tenía descontento al pueblo, que si bien apoyaba las nuevas alianzas, también buscaba un salto hacia una democracia de tipo occidental.
Así, los ayatolás (clérigos chiitas de alto rango) tomaron el control de Irán durante la revolución islámica del 79, derrocando al Sha e instaurando una dictadura teocrática.

En ese mismo año, Estados Unidos sufrió un revés: el recientemente coronado como líder del régimen chiita, el Ayatolá Jomeini, declaró su enemistad a EEUU y como prueba de ello, tomó la embajada estadounidense en Irán, capturando a diplomáticos y militares por más de 400 días, sellando una enemistad feroz que parecería pronta a terminar.

Esto fue terrible para la primera potencia mundial que no pudo liberar a sus rehenes y quedó expuesta ante el mundo.

Pero mucho antes de eso, estos dos países eran íntimos amigos, de esos que se cuentan secretos y se prestan objetos de mucho valor, y vaya que lo hicieron.

Se sabe que Estados Unidos es el mejor fabricante de armamento del mundo, quizás podamos debatir si cada una de sus fabricaciones fue mejor que su competencia, pero en líneas generales fueron siempre pioneros en el rubro. La aviación militar no escapa a esta premisa y por ello son muy celosos con su tecnología, no venden sus aviones a cualquiera. Tal es así que, por ejemplo, el F-22 Raptor nunca estuvo disponible para exportación, pero no es el único.

El F-14 Tomcat es un avión interceptor/cazabombardero estadounidense con base en portaaviones. Su primer vuelo fue el 21 de diciembre de 1970 y fue retirado del servicio de la marina de EEUU el 22 de septiembre de 2006.

Pero el avión siguió volando nada más y nada menos que para Irán. Porque durante el gobierno del Sha, (1976) Estados Unidos le vendió, por 300 millones de dólares, 80 unidades de su mejor caza naval embarcado de la época a su nuevo mejor amigo en Medio Oriente.

¿Y por qué lo hizo? Porque las prestaciones de la aeronave favorecían muchísimo al combate en las condiciones del terreno iraní que coincidían con sus necesidades de defensa y a su vez podían contrarrestar las incursiones del MIG 25 Foxbat de origen soviético que surcaba los cielos iraníes sin oposición alguna.

El F-14 podía llevar misiles AIM-54 Phoenix, los más avanzados y de largo alcance del momento (llegó a derribar aeronaves a más de 200 km) de los cuales se adquirieron 714. Pero los iraníes no se quedaron solamente con el juguete estadounidense, sino que, ya durante el período de gobierno de Jomeini, tomaron la base de este misil y lo mejoraron.

A la nueva versión la llamaron Fakour-90 y si bien tenía un poco menos del alcance que su predecesor, lograba mayor maniobrabilidad usando sus superficies de control.

En 2011, Irán anunció al mundo que el misil ya se estaba produciendo en masa y solo podía lanzarse desde los F-14 de la IRIAF. Esto fue recibido como una noticia de impacto, pero al mismo tiempo el mundo se rió de Irán, ¿más de 30 años para replicar un misil?

Finalmente Irán dio bautismo de fuego a sus aeronaves durante la guerra contra Irak en 1980. Según el historiador aeronáutico Tom Cooper, los F-14 iraníes habrían obtenido al menos 50 victorias aire-aire en los primeros seis meses de la guerra contra los MiG-21 iraquíes (de tecnología mucho más anticuada), los MiG-23 y algunos Su-20/22. Sin embargo, como ocurre con gran parte de los registros del conflicto Irán–Irak, estas cifras son difíciles de verificar de manera independiente debido a la escasez de datos confirmados y la fuerte carga propagandística de ambos bandos. Durante ese mismo período, los reportes indican que al menos un F-14 resultó dañado en combate, aunque las pérdidas reales a lo largo de la guerra serían mayores.

Durante el reciente conflicto entre EE. UU. e Irán, se viralizaron imágenes de un F-14 siendo alcanzado por un misil mientras se encontraba quieto en un aeródromo, esparciendo así el rumor de que el último Tomcat en servicio había sido destruido por su creador.

La historia del F-14 iraní no es solo una curiosidad militar, sino un recordatorio incómodo: las decisiones geopolíticas rara vez mueren en el momento en que se toman. Persisten, se transforman y, a veces, regresan bajo nuevas formas. Lo que alguna vez fue una alianza conveniente puede convertirse, con el tiempo, en una amenaza inesperada.

Fuente: PanamPost

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