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El juego del centro político en Brasil: entre el gobierno y el bolsonarismo

No es lo mismo la oposición que enfrentará Luiz Inácio Lula da Silva en el Congreso en su cuarto mandato que esa misma fuerza  política con Flávio Bolsonaro, si hubiese logrado ganar la Presidencia. Quienes controlan el Ejecutivo conocen bien las dinámicas del poder en Brasilia: los puentes, los incentivos y las ventanas de negociación se multiplican. Eso aumenta la probabilidad de que la coalición que se construyó en torno al liderazgo de Jair Bolsonaro sea redefinida desde dentro de los partidos que la integran. Empecemos por las agendas.

La influencia de internet y de la inteligencia artificial en estas elecciones ha dado a los partidos de centro un argumento unificador que los sitúa fuera tanto del oficialismo como de la oposición principal: el voto distrital misto. La propuesta, impulsada por el «centrão» tras la segunda vuelta, cambiaría el sistema de elección de diputados y concejales (con transición prevista hacia 2030 y plena vigencia en 2034). Busca limitar el peso de influenciadores y políticos con alta capacidad de movilización digital que arrastran listas enteras. El Partido Liberal (PL) tiene altas probabilidades de oponerse, porque varios de sus principales referentes electorales se benefician precisamente de ese modelo basado en una lógica de «gamificación de lo político»: actuar y comunicarse en formatos de entretenimiento digital.

En paralelo, el centro político en Brasil no plantea de entrada el impeachment de ministros del Supremo Tribunal Federal. Prefiere una reforma del Poder Judicial. El presidente del Partido Social Democrático (PSD), Gilberto Kassab, ha propuesto una edad mínima de 60 años para el ingreso a las cortes superiores y mandatos de 12 años (en lugar de la permanencia hasta los 75). El gobierno de Lula también ha abierto la discusión sobre una reforma judicial, lo que abre un espacio de convergencia.Consultar atlas

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Kassab ha sido explícito: espera que Lula IV impulse medidas económicas que alivien la presión sobre los ciudadanos y den señales de equilibrio fiscal. Eso, ha dicho, sería un incentivo decisivo para apoyar al gobierno desde la Cámara de Diputados. El centro puede mantenerse en una posición de relativa neutralidad estratégica: beneficiarse de los accesos que le ofrezca la Presidencia (cargos, agenda legislativa, recursos) y, al mismo tiempo, conservar proximidad con el bolsonarismo de cara a las elecciones locales de 2028.

El gobierno ya ha señalado la intención de renovar el Gabinete ministerial, un incentivo clásico para tender puentes con partidos y consolidar apoyos en la Cámara. La oposición, en cambio, parece concentrada –al no poder llevar a Flávio Bolsonaro al Ejecutivo– en una meta más acotada: elegir al senador Rogério Marinho (PL-RN) como presidente del Senado. Aunque el PL tendrá la bancada más grande de la Cámara alta, no alcanza la mayoría por sí solo. El gobierno pudiera apoyar la reelección del senador Davi Alcolumbre y diluir la agenda opositora. En la Cámara, si Lula atiende demandas del centro y lo beneficia frente a la oposición, pudiera aislar a la gran bancada del PL e incluso fragmentar su bloque.

Si la oposición en Brasil no logra construir un juego propio –con una agenda clara y atractiva para el centro– corre el riesgo de quedar marginada en las decisiones legislativas. Eso la debilitaría de cara a 2028 y, con mayor certeza, hacia 2030. Después de esta elección, los ciudadanos quieren resultados y muestran signos de cansancio del ambiente cismogénico en el que ha estado atrapada la sociedad. La victoria del demócrata James Talarico en el estado de Texas para el Senado de EEUU –el primer triunfo demócrata statewide en el estado en más de tres décadas– es apenas una muestra de lo que puede ocurrir cuando el electorado no percibe avances concretos y se cansa del antagonismo interminable que solo mantiene el ambiente en conflicto.

Fuente: PanamPost