El resultado de la guerra en Irán definirá las elecciones de este año en Israel

ISRAEL Eduardo Zalovich*

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Las elecciones israelíes, previstas para este año, se harán en un contexto dominado por la guerra, la seguridad y la fragmentación política. El resultado es incierto, condicionado por la evolución del conflicto regional.

En términos de expectativas, el sistema político sigue dividido en dos grandes bloques, aunque heterogéneos: el encabezado por Benjamín –Bibi– Netanyahu y sus aliados de derecha y jaredim (ultra-religiosos), y un bloque opositor de centro que incluye a Yair Lapid, Benny Gantz, Naftali Benet y figuras emergentes como Gadi Eisenkot. Las encuestas no dan ninguna certeza. Varios sondeos otorgan ventaja a la oposición en bancas parlamentarias –120 en total–, aunque sin garantía de alcanzar 61 legisladores para formar un gobierno estable. Otros reflejan cierta recuperación del oficialismo, en el actual contexto de guerra .

Netanyahu sigue siendo, personalmente, el candidato con mayor capacidad de liderazgo en situaciones de crisis y se mantiene como favorito individual, apoyado por el desafío de seguridad y la falta de un rival único en la oposición, aunque esta muy cerca Naftali Benet, quien fue premier en el gobierno anterior y se ha despegado de sus competidores.

La posición de Bibi no es sólida: arrastra desgaste por la sangrienta incursión de Hamás el 7 de octubre de 2023, juicios en su contra y tensiones internas. La oposición, por su parte, comparte una base ideológica en seguridad firme, pero difiere en liderazgo y estrategia. No son diferencias ideológicas profundas las que separan a Benet, Eisenkot o Liberman del premier –todos integraron coaliciones con él– sino la total falta de confianza personal. Si el líder del Likud fuera otro, seguramente podría formarse una coalición muy amplia.

En cuanto a ideas y posiciones, existe consenso en el sistema político sobre la necesidad de mantener la presión militar sobre Irán y sus proxis terroristas. Todos los dirigentes opositores –salvo los partidos musulmanes– respaldan la guerra y apoyan destruir toda capacidad nuclear y balística de Teherán. Las diferencias no están tanto en el objetivo principal –debilitar o provocar la caída del régimen teocrático– sino con el estilo político, la relación con los aliados y la gestión interna del país.

Especial indignación causa, y no solo en la oposición, la exención de participar en la defensa de los jaredim y su permanente chantaje político. Los principales temas de campaña combinan pues seguridad y asuntos internos. La guerra domina la agenda, pero aparecen otros temas relevantes: la investigación sobre los fallos del 7 de octubre, la reforma institucional, y especialmente el debate sobre el reclutamiento sin excepciones, que ha ganado claro apoyo social durante el conflicto. También persiste la discusión sobre el equilibrio entre Poder Ejecutivo y Judicial, así como el carácter del Estado.

Coincidencias y discrepancias

Respecto a la guerra, el objetivo declarado es reconfigurar el equilibrio regional, eliminando la amenaza iraní y debilitando a Hezbolá, con la meta de firmar la paz con El Líbano. Esta estrategia es compartida en gran medida por amplios sectores políticos y sociales, aunque con matices sobre su alcance y duración. El conflicto también cumple una función política interna: permite postergar debates y reforzar la lógica de liderazgo en tiempos de crisis. Analistas señalan que el calendario electoral se ajustara a los resultados militares.

La opinión pública israelí ha mostrado un patrón claro: fuerte apoyo a esta guerra –superior al 90%– seguido de un deseo de victoria a corto plazo. Esto introduce incertidumbre electoral: una victoria clara podría consolidar al gobierno, mientras que una guerra prolongada sin resultados definidos podría favorecer a la oposición.

En el plano económico, el impacto es significativo pero no uniforme. Israel mantiene resiliencia estructural, pero enfrenta un aumento del gasto militar, presión sobre el déficit, caída del turismo y tensiones en inversión y confianza. Estudios recientes señalan un aumento de la prima de riesgo y deterioro de expectativas de los hogares, aunque con cierta capacidad de recuperación en el mediano plazo. La economía, sin embargo, no es aún el factor decisivo del voto, subordinado a la seguridad.

La opinión pública internacional influye de manera indirecta. Israel enfrenta críticas en Europa y organismos internacionales, especialmente por medidas internas y la conducción de la guerra, mientras mantiene respaldo estratégico de EEUU. Este contraste refuerza una realidad interna: la política israelí se orienta más por consideraciones de seguridad y legitimidad propia que por presión externa. Además, la ciudadania considera que las criticas de la ONU o gobiernos europeos, que callan ante conflictos mucho mas sangrientos, es una hipocresía. También se acusa a ciertos gobiernos de fomentar el viejo odio antisemita, en particular Colombia, Irlanda y España.

En resumen, las elecciones de 2026 no se destacan por un giro ideológico sino por liderazgo, credibilidad y resultados en Irán. El sistema político coincide en los objetivos estratégicos, pero diverge en quién puede ejecutarlos mejor. El resultado dependerá menos de promesas y más de hechos: evolución militar, percepción de victoria, capacidad de ofrecer estabilidad y eliminar privilegios sectoriales.

*Para El Debate

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