La guerra contra las drogas es la principal promotora de los narcos

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Si hay un mundillo en donde no puede decirse «muerto el perro, se acabó la rabia» es en el del narcotráfico. Las victorias de las fuerzas de seguridad de los territorios donde el narco pisa fuerte son siempre efímeras. Los líderes son reemplazados por otros, que si son detenidos o abatidos también serán sustituidos. Puede ser Pablo Escobar, «el Chapo» Guzmán, incluso el recientemente célebre «Mencho». Mientras existan los incentivos, la cadena de mando y el funcionamiento se mantendrán siempre activos.

Si algún defensor de la fracasada política de la «guerra» contra las drogas piensa que estas problemáticas se limitan a México o Colombia debería mirar mejor. Si en su país hay consumo, seguramente buena parte de la policía, de la justicia y de la política estén a sueldo de los productores, aunque se encuentren en otras latitudes y hablen otro idioma. 

Aunque parezca increíble, todavía es necesario explicar que, si uno considera que debe terminarse la penalidad sobre la producción, la venta y el consumo de drogas, esto no quiere decir que uno avale, defienda o recomiende la utilización de estas sustancias. Sin embargo, existe una creencia simplista que las cosas malas deben ser prohibidas. Esto persiste, aunque se haya demostrado que la prohibición solo empeoró las cosas. Cuando Estados Unidos comenzó su «war on drugs», al que fallidamente se acopló el planeta, se incrementó el número de adictos, se agravó el poder de daño y adicción de las sustancias consumidas y se corrompieron sistemas policiales, judiciales y políticos en el marco de un Leviatán creciente cada vez más hambriento de recursos de los contribuyentes, mientras crea estructuras que terminan priorizando sus presupuestos  antes del cumplimiento de sus objetivos, como sucede con todas las dependencias públicas.

Aunque las drogas existen desde tiempos inmemoriales (sus primeros registros datan de la prehistoria, cuando además de utilizarse para aliviar el dolor, ya se usaban sustancias con fines recreativos), la calamidad de lo que conocemos hoy comienza mucho más cerca en la historia. Nada de esto sucedía en los viejos fumaderos de opio, ni con la cocaína que hasta la década de los años 20 se vendía en las farmacias de Argentina, con empresas auspiciando estos productos.

Esta situación dejó en evidencia otro problema muy relevante y es que además de las porquerías que se consumen en la actualidad que son altamente adictivas, la calidad de los productos que abastece el mercado negro también son un problema. Muchas de las muertes por «sobredosis» son sencillamente muertes por intoxicación, de productos y productores que no ven afectados sus negocios y rentabilidades por estos sucesos.

Al prohibir la producción y la venta de drogas —como sucede con cualquier otro bien en la economía— no se consigue el efecto supuestamente deseado de la desaparición del producto, sino que se repotencia  el negocio que pueden hacer los gangsters con armas para dirimir conflictos y tienen billetes para sobornar funcionarios policiales, judiciales y políticos. Esta externalidad negativa termina afectando a todos, no solo a los consumidores, sino a los ciudadanos que padecen la corrupción en el sistema a manos del narcotráfico.

La única desarticulación del sistema de forma definitiva debe llegar por presión ciudadana. Ni los narcos ni los funcionarios corruptos quieren perder su negocio. Tampoco organizaciones como la DEA, cuyo presupuesto depende de la no resolución final de lo que «combaten». Es un error comparar las miserias en la actualidad con un ideal y fomentar políticas públicas para conseguirlo. Entre las opciones, lamentablemente, no está la de un mundo sin drogas, ya que existen consumidores en el mercado.

Lo que está sobre la mesa podría ser menos idealista, pero es más lógico y mejor para la ciudadanía: o mantenemos todo como está (y en algunos años hablaremos de nuevos poderosos narcotraficantes) o aceptamos que es primordial romper con el sistema de raíz que pervierte todos los incentivos.

Desafortunadamente, mucha gente considera que las personas no pueden hacerse cargo de sí mismas o vivir en libertad. El problema es que el sistema represivo no los ayuda: los somete a malas y peores drogas, mientras nos hace vivir a los demás en medio de una guerra en la que no tenemos nada que ver ni queremos ser parte.

Fuente: PanamPost

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