Irán en la mira: cuando la firmeza de Trump es la única barrera contra el caos global

EE.UUAgencia Internacional de Noticias (AIN)Agencia Internacional de Noticias (AIN)
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El portaaviones estadounidense USS Gerald Ford cruzando el Estrecho de Gibraltar este viernes; destinado para la operación en Venezuela, ahora va rumbo a Medio Oriente

El presidente Donald Trump vuelve a estar ante una decisión que marcará no solo su mandato, sino el equilibrio geopolítico de Medio Oriente: evaluar una nueva implicación militar de Estados Unidos frente al régimen de Irán. No se trata de un capricho bélico ni de una aventura improvisada, sino de un dilema estratégico entre permitir que Teherán avance en su proyecto nuclear o ejercer una presión directa que frene una amenaza concreta.

La experiencia reciente pesa. En junio de 2025, Washington se sumó a la ofensiva lanzada por Israel con un objetivo preciso: destruir instalaciones nucleares iraníes y neutralizar la capacidad del régimen para fabricar armas atómicas. La operación fue breve, quirúrgica y eficaz. A los pocos días se alcanzó un alto el fuego y las fuerzas estadounidenses no registraron bajas. El mensaje fue claro: cuando Estados Unidos actúa con determinación, el conflicto no escala; se ordena.

Hoy, el riesgo es otro. No intervenir podría ser interpretado por Teherán como una señal de debilidad. Y en política internacional, la debilidad se paga caro. Un Irán nuclearizado no solo desestabilizaría Medio Oriente, sino que abriría una carrera armamentista regional con consecuencias imprevisibles. Arabia Saudita, Turquía y otros actores no se quedarían de brazos cruzados.

Quienes advierten sobre un “conflicto prolongado y letal” olvidan un dato central: la guerra de 12 días del año pasado terminó precisamente porque hubo una acción firme y limitada. Trump no planteó una invasión terrestre ni una ocupación, sino una demostración de poder focalizada. Esa es la diferencia entre liderazgo estratégico y aventurerismo militar.

Además, el factor político interno no es menor. Trump construyó su perfil internacional sobre la idea de que Estados Unidos debe ser respetado, no utilizado. Para su base electoral, frenar al régimen iraní es parte de una lógica de defensa nacional, no de intervención ideológica. La disuasión, en este caso, es un instrumento para evitar guerras mayores, no para provocarlas.

La historia enseña que los vacíos de poder se llenan rápidamente. Si Washington se retira del tablero, otros lo ocuparán: Rusia, China o el propio Irán. Y ese escenario es mucho más peligroso que una acción preventiva controlada.

Trump enfrenta una decisión incómoda, pero inevitable. Involucrarse otra vez contra Irán no implica buscar la guerra, sino impedir que el chantaje nuclear se convierta en política permanente. En el mundo real, la paz no se sostiene solo con discursos, sino con poder. Y a veces, la única forma de evitar una catástrofe futura es asumir el costo político del presente.

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