Trump vuelve a presionar: Cuba “está a punto de caer” y la política energética entra en juego

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Donald Trump volvió a poner el foco en el Caribe, esta vez apuntando directamente a Cuba y su futuro como nación. El presidente de Estados Unidos aseguró que la isla “está a punto de caer” ante la falta de petróleo venezolano, tras la detención de Nicolás Maduro y el cese de los envíos desde Caracas, una postura que encendió el debate político regional y redobló la presión sobre gobiernos vecinos.

Frente a la prensa antes de un mitin en Iowa, Trump no se contuvo: “Cuba es una nación que está muy cerca del colapso. Obtenían su dinero de Venezuela, obtenían su petróleo de Venezuela, pero ya no lo tienen”, afirmó, subrayando que su administración trabaja “de manera excelente” con el gobierno interino en Caracas y destacando las vastas reservas petroleras venezolanas que ahora están bajo control estadounidense.

La declaración no fue una mera opinión en el vacío, sino parte de una estrategia más amplia: debilitar a los regímenes autoritarios de la región y acelerar cambios políticos hacia gobiernos más responsables y respetuosos de la libertad. Trump ha repetido desde el inicio de su mandato que el respaldo energético a dictaduras como Cuba y Venezuela es insostenible, y su última afirmación recalca esa postura sin ambages.

En este contexto, la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, se encontró en una posición incómoda: evitó confirmar si los envíos de petróleo mexicano a Cuba fueron efectivamente suspendidos por la presión estadounidense, defendiendo que cualquier decisión soberana de Pemex corresponde únicamente a México. Su respuesta ambigua —“es una decisión soberana”— contrastó con la claridad de Trump, que no duda en nombrar a sus adversarios geopolíticos y marcar objetivos estratégicos.

Legisladores republicanos en Florida incluso han advertido que el apoyo de México a Cuba podría tener consecuencias en las relaciones comerciales y en la revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) si no se detienen los envíos de petróleo.

Desde Miami, la congresista María Elvira Salazar celebró las versiones de que México estaría reduciendo su apoyo a la isla, interpretándolo como una señal de que el régimen cubano está cada vez más aislado y que la política de Trump está comenzando a dar frutos.

Para Trump, no se trata solamente de aplicar presión económica, sino de provocar un cambio de régimen pacífico, sin las guerras interminables que caracterizaron la política exterior del pasado. Su diagnóstico es una lectura estratégica: cortar los recursos energéticos que sostienen a gobiernos autoritarios debilita su capacidad de control interno y abre espacios para la transición hacia sociedades más libres y prósperas.

La respuesta desde La Habana ha sido predecible: condena total, retórica de resistencia y acusaciones de injerencia. Pero más allá de las palabras, la economía cubana ya muestra señales de fragilidad profunda, con crisis energéticas, apagones prolongados y un turismo que se desploma, factores que Trump no dejó de mencionar implícitamente como parte del diagnóstico de colapso.

En definitiva, la declaración de Trump no fue casual ni retórica: fue un mensaje directo a aliados y adversarios. Para la Casa Blanca, la presión sobre Cuba y sus fuentes de energía no es un tema menor, sino una pieza central de su política hemisférica. Y mientras México defiende su “soberanía” con palabras, Trump empuja con hechos y visibilidad política, marcando una diferencia fundamental en la forma en que Estados Unidos se relaciona con su vecindario continental.

La disputa energética con Cuba es, en realidad, una disputa por el futuro político de la región.

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