




Por Carlos Zimerman
La iniciativa del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, de impulsar una Junta por la Paz suena, para muchos, disruptiva. Para otros, exagerada. Para quienes observamos el escenario internacional sin romanticismos ni corrección política, es simplemente necesaria.


La Organización de las Naciones Unidas hace tiempo dejó de cumplir el rol para el cual fue creada. Hoy es un organismo ineficiente, lento, burocrático y profundamente ideologizado, cooptado por países árabes, dictaduras disfrazadas de democracias y una izquierda retrógrada que utiliza el discurso de los derechos humanos como herramienta política selectiva. La ONU condena poco, llega tarde y casi nunca actúa cuando realmente importa.
Mientras el mundo enfrenta guerras abiertas, terrorismo internacional, crisis migratorias descontroladas y amenazas nucleares concretas, la ONU debate declaraciones, emite comunicados tibios y protege intereses de países irrelevantes en términos geopolíticos, que sin embargo tienen el mismo peso de voto que potencias que sostienen el orden global.
Ese es el corazón del problema.
La Junta por la Paz que propone Trump aparece como una suerte de “mini ONU”, pero con una diferencia clave: poder real, capacidad de decisión y un esquema donde los países que verdaderamente sostienen la paz, la seguridad y la economía mundial tengan un rol central. Sin vetos cruzados absurdos, sin bloqueos ideológicos y sin la hipocresía diplomática que paraliza cualquier acción concreta.
Hoy, naciones sin peso estratégico condicionan resoluciones, frenan intervenciones y blindan regímenes autoritarios solo por afinidad ideológica. El resultado está a la vista: un mundo más inseguro, más violento y con menos reglas claras.
Trump entiende algo que muchos líderes prefieren ignorar: la paz no se garantiza con discursos, se garantiza con poder, decisión y coherencia. Un nuevo organismo internacional, más reducido, más eficiente y sin la influencia de países intrascendentes, no es una amenaza al multilateralismo; es una respuesta al fracaso del multilateralismo actual.
Lejos de debilitar el orden mundial, una Junta por la Paz fuerte podría convertirse en el único ámbito capaz de actuar cuando la ONU elige mirar para otro lado. No se trata de excluir por capricho, sino de priorizar la responsabilidad global por sobre el reparto simbólico de sillas.
El mundo cambió. Las amenazas cambiaron. Y los organismos internacionales también deben cambiar. Seguir apostando a una ONU capturada por intereses ideológicos y regionales es insistir en un modelo agotado.
Quizás haya llegado el momento de admitirlo sin eufemismos:
la ONU ya no alcanza.
Y si no sirve para garantizar la paz, entonces debe ser complementada —o superada— por algo mejor.
Donald Trump lo entiende. El resto del mundo debería, al menos, animarse a discutirlo.




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