La corrupción del asistencialismo: del peronismo argentino al Partido Demócrata estadounidense

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Milton Friedman explicó de forma muy didáctica las cuatro maneras posibles para gastar el dinero. La más eficiente de todas es el dinero de uno, para cosas de uno mismo. La persona que adquiere un bien o servicio con sus recursos sabe bien lo que necesita, pero también lo que le costó ganar la plata. Cuidará el dinero, pero también buscará una buena retribución por él. Una forma menos eficiente es la de usar el dinero de otros, para cosas de uno. Allí se prioriza lo que uno adquiere, pero no se mira tanto el precio. El clásico ejemplo de esto es el ejecutivo de viaje con la tarjeta corporativa de la empresa. La contracara de esta situación es la del dinero propio para cosas de otras personas. Allí pasa a un segundo plano el óptimo en materia de la compra y se cuida más el dinero. Lo que Friedman advertía es que la forma más ineficiente para gastar dinero era la siguiente: la plata de otros, para adquirir cosas para otras personas. Allí no se cuida ni el dinero ni la calidad de lo que se consigue. Así gastan los gobiernos. Esto es una regla universal.

Pero, además de despilfarrar los recursos de los contribuyentes en bienes y servicios de mala calidad, el escenario del dinero de otros para cosas de los demás es el caldo de cultivo para la corrupción. Mientras los políticos actuales más defienden el asistencialismo, más corruptos son sus gobiernos. No importa el signo político o partidario ni el país donde se propongan estas recetas. Estados Unidos o España, de la mano de los políticos buenistas ya terminaron evidenciando burdos niveles de corrupción alarmantes, que nada tienen que envidiarles a los países del tercer mundo. Solamente los marcos institucionales o las restricciones (como la de estar en la Unión Europea y no poder imprimir dinero) sirven como contrapeso para el centro izquierda actual, que se convirtió en una verdadera calamidad.

El escándalo de Tim Walz, que lo terminó corriendo de la carrera para un eventual tercer mandato en Minnesota, parece calcado de la experiencia kirchnerista de Argentina. El fraude con los recursos públicos de las guarderías y de los programas de los más necesitados bien puede asemejarse al «plan cunita» o al manejo de los planes sociales del país de Sudamérica. Pero lo importante es que el formato y los incentivos son calcados: un político propone mitigar las necesidades de las personas vulnerables mediante el Estado y el mal manejo del incremento de los fondos públicos a esos fines termina de la peor manera.

Inclusive, el excompañero de fórmula de Kamala Harris terminó como Alberto Fernández: desistiendo de la reelección, convencido por su propio partido, ya que con los escándalos a cuestas no hay posibilidad de éxito electoral. Más allá de que a uno le guste más o menos el perfil de Donald Trump, un eventual gobierno de Harris y Walz hubiera sido una verdadera catástrofe para una potencia como los Estados Unidos. Afortunadamente, el país fue en otra dirección.

La historia demostró que existe una receta para abandonar la pobreza y es la economía de mercado en un marco de propiedad privada. Allí las personas pueden progresar, sin el favor de un político, que en realidad no busca el bienestar de los más necesitados, sino que persigue las herramientas redistributivas para una redistribución que no confiesan: la de los recursos públicos a sus propios bolsillos.

Fuente: PanamPost

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