



Una escultura de la argentina Marcela Cabutti, Flores de bosta, en una universidad de Johannesburgo, Sudáfrica. En un rincón de la sala, como una metáfora de la naturaleza, de lo inevitable, lo impredecible y, por qué no, del arte.


Allí se observaba a un caballito fundido en plomo y flores en níquel plateado y dorado, que aluden a los recursos mineros explotados por las colonias y al plomo de las municiones utilizadas en las Guerras Bóer.
“Los caballos, que eran doscientos mil de origen estadounidense, llegan acá en invierno y necesitan comida y le terminan comprando el forraje a Julio A. Roca (ex presidente argentino). En la comida van las semillas de la flor Cosmos y cuando los caballos cagan empiezan a dispersar las semillas y entonces hasta el día de hoy hay flores endémicas de nuestro país en el paisaje local”, contó en un diálogo con Infobae Cultura.
Lejos de su KM 0, en el Muntref-Hotel de los Inmigrantes, la muestra de Bienalsur unía contintentes a través de la memorio y la cartografía, pero podía leerse también como una manera de, bajo un mismo lenguaje, hacer del arte el camino. Lo que no es poco.
En 2025, Bienalsur cumplió 10 años y marcó un hito en la escena del arte contemporáneo al consolidar una comunidad transnacional que abarcó 34 países y más de 19.000 kilómetros de extensión. Tampoco es poco.
Esta quinta edición, que coincidió con el décimo aniversario de la bienal, duplicó su alcance respecto a su inicio en 2017, pero no solo se reflejó en la expansión geográfica, sino también en la profundidad de sus alianzas institucionales.
En un mundo habitado por bienales que dominan los imaginarios, que establecen -más que las ferias- hacia dónde se dirige el mercado del arte, esta experiencia, nacida en una institución pública como la Universidad Nacional Tres de Febrero, es en ese sentido una contrapropuesta al buscar conexiones, miradas, al llevar y traer propuestas que, quizá, de otra manera nunca serían presentadas en muchos especios del planeta.
Bienalsur escapa, dentro de sus posibilidades, al star system de los artistas, a la concepción de espectáculo como eje, y coloca en una misma sala a históricos con noveles, rompiendo así lecturas historicistas en muchos casos, planteando a las obras como una familia más que como una estructura piramidal.
En 2025, la bienal sumó nuevas colaboraciones y extendió su red a ciudades como Johannesburgo, Ciudad de México, Budapest, Cracovia y Dili, lo que permitió la presentación de muestras concebidas en diálogo con los contextos locales.
“Esta edición superó a las anteriores tanto en cantidad de artistas y sedes participantes cuanto en movilización de público. El mérito es que lo logramos sin disminuir el nivel ni la profundidad de cada una de las muestras, tanto en Argentina como en la treintena de países en los que estuvimos presentes”, dijo el director general de la bienal, Aníbal Jozami.
Así, más de 750 artistas participaron en los distintos proyectos de la bienal, que incluyeron exposiciones, intervenciones y acciones comunitarias, seleccionados a través de convocatorias abiertas e internacionales.
Entre las figuras destacadas de 2025 se encontró Michelangelo Pistoletto (Italia), quien actuó como padrino de la edición y la omnipresente Marta Minujín (Argentina), con obras especialmente creadas para Rydah, Madrid y Buenos Aires, como también un proyecto que transformó el vacunatorio de un hospital público en un paisaje botánico.
El evento, que fue declarado de Interés Cultural por su papel como puente entre artistas de todo el mundo por la legislatura porteña y recibió nuevamente el patrocinio de la UNESCO, también impulsó proyectos colaborativos y experimentales, como (d)estructura, desarrollado por el colectivo El Puente_Lab (Colombia) en la Fondazione Pistoletto CITTADELLARTE de Biella; TURN, realizado junto a la Universidad de las Artes de Tokio y centrado en la percepción sonora de personas sordas o hipoacúsicas; la exposición colectiva Algunos Oficios: arte, trabajo y precariedad en Argentina en el Parque de la Memoria Monumento a las Víctimas del Terrorismo de Estado; y la intervención To the Registrar de Sally Gutierrez Dewar (España) en Constitution Hill de Johannesburgo, un espacio emblemático vinculado al legado de Nelson Mandela.
El Programa de Residencias Artísticas, por su parte, facilitó el intercambio y la creación compartida para más de 20 artistas y curadores. Este programa fue clave para fomentar la colaboración internacional y la generación de nuevas propuestas artísticas.
La directora artística de la bienal, Diana Wechsler, subrayó la filosofía que guió el proyecto: “No se trata de números, sino de la potencia de una idea: hacer del espacio del arte un lugar para habitar la diversidad en el sentido más amplio posible. Es por eso que reivindicamos el derecho a la cultura y buscamos contribuir a su ejercicio situando acciones artísticas en los lugares más previsibles pero también en los más inesperados, intentando quebrar la inercia de la mirada y el pensamiento”.
Y agregó: “Desde museos hasta un vacunatorio o una institución de rehabilitación, pasando por espacios públicos, jardines, centros culturales, escuelas y un largo etcétera, Bienalsur ensayó formas para ir al encuentro del público cercano, pero también al de aquellas escenas, lugares o situaciones que suelen estar desatendidas. Así se entrelazaron los trabajos en Dili con los de Isla de Mozambique, los de Ámsterdam con los de Milán, Roma y Nápoles”.
La programación de la quinta edición se estructuró en torno a ejes temáticos que abordaron los desafíos más urgentes de la contemporaneidad: crisis medioambiental, derechos humanos, migración, memoria, inteligencia artificial y futuros posibles. Las actividades incluyeron exposiciones individuales y colectivas, residencias, conversatorios, programas de video, acciones, performances e intervenciones en distintos puntos de la red global de la bienal.
Al cierre de la edición, Wechsler reafirmó el compromiso de la bienal con una perspectiva plural y colaborativa: “Al terminar este décimo año, reconfirmamos una posición situada e integrada a la vez a procesos globales, una perspectiva desde la pluralidad y un trabajo colaborativo, democrático y en red, desde el que imaginamos seguir juntos promoviendo, desde el arte y la cultura, un nuevo humanismo en diversidad”.
Como en la escultura de Cabutti, aún en los contextos más desesperantes, en un mundo que parece cada vez más alejado del pensamiento y le da espalda a la humanidad y la belleza, el arte puede y debe surgir en medio de la bosta.
CON INFORMACION DE INFOBAE.




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