



Esta declaración ética, política y económica desencadenó una ola de respuestas negativas en el otrora centro del poder hispano en Sudamérica: el Virreinato del Perú. Durante doscientos años, este virreinato abarcó casi todo el territorio del subcontinente, gobernándolo desde la Ciudad de los Reyes (Lima), junto con una red de importantes urbes distribuidas principalmente en los Andes. Luego, tras la llegada de los Borbones al trono español en 1700, fue dividido en los virreinatos del Río de la Plata y de Nueva Granada. Esta fragmentación tuvo graves consecuencias, que culminarían en las mal llamadas “guerras de independencia” –en realidad, guerras de secesión– de esos territorios contra el Virreinato del Perú, con apoyo económico y político de los enemigos de España. Inglaterra principalmente. Finalmente, en 1821, le declararon la independencia al Perú, pero la guerra continuaría durante algunos años más, sostenida principalmente por los nobles indígenas, súbditos de la Corona que se oponían al nuevo modelo de estado republicano, con motivos fundados, pues con ella llegaría el racismo de la ilustración. Un concepto moderno y desconocido en la América mestiza.


A partir de ese año, la recién fundada República del Perú se sumergió en una espiral de conflictos internos por el poder, que parecían no tener fin. Mi paisano, el mariscal Domingo Nieto, arrepentido de haber apoyado la separación de España, denominó a este período la “Guerra Maldita”. Sus cartas son testimonios dolorosos de la anarquía reinante en esos años y de la destrucción de la economía, provocada por la creación de nuevos países donde antes existía una sola entidad, que se extendía desde la Patagonia hasta Alaska y en la cual se comerciaba sin aranceles. Domingo Nieto se queja ante el ministro de Hacienda de la nueva República del Perú y le solicita que no le cobren impuestos, ya que su aguardiente ahora debía pagar tributos para ingresar al recién creado país de Bolivia, mientras que el alcohol inglés ingresaba libre de impuestos, compitiendo de forma desleal, y quebrando la economía del Valle de Moquegua.
El Virreinato del Perú había resistido y derrotado en múltiples ocasiones a potencias como Inglaterra, Holanda y Francia, tanto en tierra como en el mar, manteniendo su supremacía comercial, industrial y moral, ya que esos imperios eran esclavistas y racistas. No obstante, su declive llegó con las mal llamadas guerras de independencia, cuya narrativa fue escrita por los vencedores –especialmente Inglaterra–, que impusieron a sus mercenarios como héroes nacionales y promovieron una ingeniería social en Hispanoamérica para fomentar un complejo de inferioridad. Al hispanoamericano se le ha ocultado su historia grandiosa, reemplazándola con relatos falsos que lo condenan a verse como inferior, especialmente frente al mundo anglosajón.
Por ello, la declaración “Perú, potencia mundial”, hecha por el alcalde de Lima, Rafael López Aliaga –un católico tradicional–, ha resultado incluso ofensiva para muchos peruanos ideologizados, divididos por la dicotomía moderna de izquierda y derecha. Este rechazo nace de un sentimiento de inferioridad internalizado, que en el fondo es una culpa alimentada por la leyenda negra contra la hispanidad. Dicha narrativa se enseña en las escuelas y es repetida por políticos mediocres, tanto de izquierda (socialistas, comunistas, progresistas) como de derecha, quienes, por ignorancia o cobardía, no la cuestionan.
La leyenda negra promueve la falsa dicotomía entre una “raza indígena perfecta” y una “raza europea opresora”, ignorando que el mestizaje hispanoamericano fue, durante dos siglos, un modelo de civilización cristiana. Esta distorsión histórica genera una contradicción psicológica: si el padre (España) es malo y la madre (india) fue derrotada, el hijo (el mestizo hispanoamericano) crece con un complejo de inferioridad. Peor aún, todo este relato es falso, pero se utiliza para atacar a Hispanoamérica, buscando que renuncie a su herencia cristiana y abrace un indigenismo moderno, nihilista y animista, alejado de las virtudes que hicieron grande al Virreinato del Perú. Esta fue tierra de santos como San Martín de Porres, el “Santo de la Escoba”, un humilde limeño, negro y medico de extraordinario conocimiento. El mestizaje hispano es la obra mas bella de la humanidad, es una civilización en si misma, y, heredera de Roma también.
El discurso político hispanoamericano posemancipación ha estado marcado por ideologías anticatólicas y errores teológicos. El liberalismo del siglo XIX destruyó las bases administrativas e industriales de la región, centradas en la Iglesia católica y sus órdenes religiosas, que eran el eje de las instituciones sociales. El modelo de Estado liberal republicano, anticlerical e importado de la Francia posrevolucionaria, se impuso sobre el sistema eclesiástico. Luego introdujeron una idea de libertad sin concepto, totalmente relativista, ocasionando la muerte de la verdad en la civilización.
Frente a esta historia, la frase de López Aliaga –”Perú, potencia mundial”–, que equivale a proclamar “Hispanoamérica, potencia global”, representa el inicio de un nuevo modelo político católico. Un proyecto de rescate histórico y moral que podría cambiar mentalidades, recuperar la tradición y llevar a Hispanoamérica a convertirse en la civilización virtuosa, bendecida por Dios con la tarea de salvar la civilización de la debacle inminente.
Fuente: PanamPost



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