El silencio ante los “che, Milei”de CFK, la venganza perfecta de Milei

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Javier Milei no es un político tradicional y no se rige por estos principios de la política. Esto no es nuevo. Incluso, para quienes no lo conozcan, se puede confirmar que al actual mandatario no se le “subieron los humos” del poder, sino que es la misma persona que era en el llano. Con una responsabilidad descomunal, pero con los mismos principios y parámetros de siempre.

Uno de ellos, más relacionado al mundo de la academia que a la “alta política” que le gusta a Victoria Villarruel, es la prioridad de los puntos a analizar, por sobre el ranking de las personas involucradas en el debate. Por eso, cuando se hizo famoso, siguió discutiendo enfáticamente con colegas suyos, los cuales no tenían su relevancia. No por la confrontación con ellos, sino por el interés del fondo del tema a analizarse ante la opinión pública.

Recuerdo que una vez, hace muchos años, cuando comenzaba a ganar espacio en los medios, le dedicó varios minutos del prime time de un canal de aire para seguir una discusión con su colega Adrián Ravier, conocido por los académicos liberales, pero desconocido para el público en general. Ese mismo día lo llamé para decirle que había hecho “una locura”. Era absolutamente irracional dedicarle minutos de aire a un tema de nicho con un colega que no conocían ni los periodistas y panelistas presentes, mientras se podía aprovechar el tiempo para algo más fértil.

Como era de esperar, desatendió por completo mi reclamo (pobre Milei, hasta quienes lo apoyamos, sistemáticamente, le vivimos diciendo por aquellos días lo que debía hacer y dejar de hacer, mientras era él quien trascendía y nosotros no y me argumentó lo “fundamental” de dirimir este tipo de controversias en público.

 
Ese mismo Milei, unos años después, invitó a Cristina Kirchner (entonces vicepresidente y jefe política del Frente de Todos) a un debate, para hablar sobre las posiciones económicas que los diferenciaban. Todo el kirchnerismo se descostilló de la risa, por considerar que había un tema de “status” que impedía la realización de semejante discusión: la mujer fuerte de la política argentina no podía ni debía rebajarse a entrar en polémicas con un economista o un diputado más.

Es evidente que ese Milei “pre-presidente” no era necesariamente magnánimo por enfrentarse a quienes tenían menor relevancia y fama que él, ni tampoco un irreverente cuyo propósito era “colgársele de las tetas” a quienes tenían más poder e importancia que él. Simplemente, se trataba de una persona con el interés genuino de priorizar los tópicos en la opinión pública que pudieran generar aportes intelectuales, más allá de la relevancia circunstancial de los actores en él. Hoy, el mismo individuo, ejerciendo la jefatura de Estado, se dedica a discutir con periodistas (muchas veces poco relevantes y desconocidos para la mayoría de los argentinos) cuando lo considera pertinente.

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Claro que la perspectiva de Cristina Fernández era y es absolutamente distinta. En la cima del poder, ni siquiera respondió a la petición propuesta por el entonces diputado de La Libertad Avanza, mientras sus laderos se dedicaron a ridiculizar al economista libertario. Sin embargo, la vida da revancha y tiene sus vueltas.

Ahora, el poderoso e influyente es Milei, mientras que CFK sí está desesperada por discutir con el actual presidente. Nada conceptual, como quería el economista cuando la desafió a debatir asuntos como la inflación. Kirchner solo quiere confrontar sobre cualquier cosa con un mandatario que ahora la ignora sistemáticamente.

Frustrada, todas las semanas la exmandataria escribe extensos mensajes en su cuenta de X, dedicados a un Milei que no responde. Lo interesante es que sus posteos ya ni siquiera generan demasiado interés en los medios y en los usuarios de las redes. Mientras se multiplican, como la base monetaria cuando el dinero no es demandado, cada uno de ellos pierde valor, relevancia e interés. Pero la frustración de Cristina es más fuerte y sigue insistiendo con sus “Che, Milei”, que pasan cada vez más desapercibidos.

Una dosis de su propia medicina. Un remedio amargo que el kirchnerismo está tomando cada vez más seguido y en dosis más frecuentes.

Fuente: PanamPost

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