
El 25 de octubre, el pueblo de Brasil emitirá su veredicto sobre quién deberá gobernar durante los próximos cuatro años. Flávio Bolsonaro parece beneficiarse del desgaste de Lula y del profundo cansancio que su figura provoca en una parte del electorado. El otrora líder de los obreros brasileños se ha convertido, para muchos, en una suerte de muñeco de prestidigitador: repite consignas sin traducirlas en iniciativas acordes con las aspiraciones de sus electores. Ha dedicado buena parte de su tercer mandato a cuestionar a Estados Unidos, promover la integración latinoamericana y prometer que Brasil se situará entre las cinco economías más exitosas del mundo. Sin embargo, aun tomando como referencia un crecimiento del 3%, ese desempeño resulta insuficiente frente a las tres estrellas del crecimiento regional citadas en este balance: Guyana, con el 12,2%; la República Dominicana, con el 4,6%; y Panamá, con el 4,1%.
Pero la evaluación del legado de Lula exige algo más que comparar tasas de crecimiento. También hay que medir la sintonía entre sus decisiones y los objetivos de quienes lo eligieron. Según los estudios de opinión considerados en este análisis, sus electores esperaban que el impulsor de Bolsa Familia, un instrumento eficaz para combatir la pobreza, creara también las condiciones para alcanzar el sueño de la vivienda propia. El 44% de los brasileños identifica ese anhelo como su principal objetivo. La seguridad constituye otra prioridad: el 60% se queja de la inseguridad en las calles, los parques y otros espacios públicos. A ello se suma el deseo de independencia económica: el 56% aspira a disponer de recursos para crear un negocio capaz de sostenerlo.
Al contrastar esas aspiraciones con los resultados percibidos de las políticas de Lula, aparece un cortocircuito. No se trata de afirmar que su gobierno carezca de programas de vivienda o de apoyo económico, sino de señalar que, para una parte de los brasileños, sus resultados no se han traducido en mejoras suficientes en la vida cotidiana. Si a esa distancia se añade el tono cada vez más cáustico de Lula, se comprende mejor por qué tantos electores consideran que ha llegado la hora de cambiar de timonel.


Se abre así para Flávio Bolsonaro una oportunidad política que el desencanto con Lula favorece, pero que no garantiza su victoria. Si llega a la Presidencia, la pregunta decisiva será si comprende las prioridades de sus electores y convierte su atención en el eje de su gobierno. Si, en cambio, dedica recursos y energías a tejer una red de agrupaciones políticas de derecha mientras desatiende los sueños de quienes lo eligieron, podría limitar su paso por el poder a un solo mandato. Cuando un líder hace caso omiso de las razones que sustentaron su elección, pierde legitimidad política y facilita el ascenso de alguien que parezca encarnar mejor las expectativas ciudadanas. La política se convierte entonces en un juego de sillas musicales: los electores le retiran la silla al gobernante y buscan un sustituto.
La alternancia forma parte de la democracia: los ciudadanos eligen a un depositario de la soberanía y pueden retirarle su confianza. El problema surge cuando la sucesión de desencantos impide sostener las políticas necesarias para resolver dificultades que requieren tiempo. Si la frustración se instala durante los primeros veinte meses de gobierno, recuperar la confianza exige resultados extraordinarios, difíciles de producir en plazos tan breves. El electorado se lanza entonces a la búsqueda de un sucesor, mientras se debilita la continuidad de políticas públicas indispensables, como las destinadas a mejorar la seguridad. No es la alternancia en sí misma la que amenaza a la democracia, sino la repetida incapacidad de los gobiernos para responder a las aspiraciones ciudadanas. Esa frustración acumulada puede alimentar la tentación autoritaria.
Esperemos que Flávio Bolsonaro, si resulta elegido, comprenda las razones de su respaldo popular y gobierne en función de ellas. Los brasileños que confían en él esperan una vivienda, seguridad y oportunidades para emprender. Una alianza de derechas latinoamericanas difícilmente sustituirá la obligación de responder a esas expectativas. La medida de su éxito será su capacidad para convertir el apoyo electoral en mejoras concretas para la vida de los brasileños.
Fuente: Infobae


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