¿El fin del identitarismo? lo que la primera vuelta le dijo a Brasil

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La primera vuelta de las elecciones presidenciales de Brasil, celebradas el 4 de octubre, dejó un mensaje nítido: la mayoría del electorado no quiere más identitarismo. Flávio Bolsonaro (PL) obtuvo el 47,03 % de los votos válidos (56.104.503 sufragios), frente al 45,16 % de Lula da Silva (PT), una diferencia de algo más de 2,2 millones de votos. El resultado invierte el escenario de 2022, cuando Lula lideraba con 48,43 % frente al 43,20 % de Jair Bolsonaro. Más que una victoria electoral, lo ocurrido puede leerse como una victoria cultural: la expresión neotradicionalista prevaleció en buena parte del territorio (Flávio ganó en 15 unidades de la federación, incluido Minas Gerais, estado históricamente decisivo) y plantea cambios estructurales que, desde esta óptica, pueden redefinir la vida política del país durante las próximas dos décadas, con escenarios especialmente adversos para los sectores identitaristas y, en particular, para el Partido de los Trabajadores.Análisis electoral

El modelo de liderazgo centralizador que encabeza Lula ha generado una consecuencia directa: la ausencia de un sucesor con perspectiva real de poder y capacidad para articular un proyecto nacional. El relato histórico del PT giraba en torno a los trabajadores, a los pobres y a un país que emergía del régimen militar con la promesa de consolidar la democracia. Ese relato fue posteriormente sustituido, o al menos superpuesto, por un identitarismo importado, adoptado con mayor entusiasmo por las nuevas generaciones. Sin embargo, el liderazgo histórico del partido no se acercó plenamente a esas pautas, abriendo una brecha generacional entre ellos y las bases más jóvenes. El resultado es un partido que en esta elección perdió electores en 98% de los municipios de Brasil y que carece de un relevo con proyección nacional más allá de la figura de Lula.

Por el otro lado, los neotradicionalistas de la derecha sí cuentan con un grupo de líderes con capacidad de articular proyectos y de ocupar espacios de poder. Su pauta, no obstante, depende profundamente de la existencia del PT como el gran enemigo a vencer, en una dinámica cismogénica que ha ordenado el antagonismo de los últimos años. Este sector, con mayor dominio técnico de las redes sociales y una narrativa más coherente con las preocupaciones inmediatas de amplios sectores del electorado, logró expresar políticamente una fuerza superior al identitarismo. La primera vuelta sugiere que esa fuerza puede reducir al PT a un partido de influencia regional, sin el peso nacional que lo caracterizó durante décadas.Suscripción noticias diarias

Hasta el momento, Lula, el PT y el equipo de campaña parecen no haber comprendido plenamente lo ocurrido. Las acciones erráticas, dispersas y carentes de una estrategia que proyecte cohesión mantienen desorientadas a las bases y al liderazgo regional. De manera reactiva, sectores del partido intentan deconstruir al adversario a partir de las mismas herramientas identitarias que construyeron durante años. El efecto en el electorado es limitado: llamados a manifestaciones con banderas y consignas que buena parte de la población ya rechazó, mensajes dirigidos a públicos objetivos poco claros y una dificultad manifiesta para ampliar el electorado más allá del núcleo duro. Las encuestas posteriores al primer turno (Datafolha coloca a Flávio con 52 % de los votos válidos frente al 48 % de Lula; otros sondeos muestran márgenes similares) reflejan esa dificultad para crecer.

Por su parte, Flávio Bolsonaro proyecta orden. Desde el día siguiente al primer turno, su campaña ha mostrado vocerías definidas convertidas en ejes con vida propia, encuentros sistemáticos con líderes regionales y de partidos, y anuncios de promesas de gobierno centradas en los temas más acuciantes para la sociedad: economía y seguridad. Hasta ahora, ese desempeño ha sido más consistente y le otorga mayores probabilidades de consolidar o ampliar la ventaja obtenida en la primera vuelta.

Si Flávio gana el 25 de octubre, se abriría una nueva etapa. El identitarismo no será una fuerza opositora influyente y se crearían las condiciones para que, desde el propio neotradicionalismo, surjan nuevas disidencias y antagonismos que redefinirían la dinámica política de los próximos años. Esto no se manifestará de inmediato, pero podría hacerse más visible hacia 2028, con las elecciones de alcaldes y concejales, cuando las fuerzas de la derecha comiencen a competir entre sí por espacios locales sin el PT como principal adversario unificador.Análisis electoral

El identitarismo ante su derrota cultural desde la izquierda, no quiere decir que desaparecerá. Es bien probable que se vean expresiones neotradicionalistas identitarias, como por ejemplo, gays de derecha, negros de derecha, trans de derecha, ambientalistas de derecha, etc. Expresiones de este estilo ya existen y continuarán creciendo a medida que vayan surgiendo los nuevos antagonismos.

Pero volviendo a la elección: la diferencia de menos de dos puntos porcentuales en el primer turno indica que la campaña sigue siendo cerrada. Solo ganará quien actúe con moderación y altura. El país ya señaló que no desea más radicalismos, de un lado ni del otro. Flávio parece haberlo entendido y ha actuado en consecuencia. Si la campaña de Lula pisa el peine y atiza el antagonismo ideológico, los neotradicionalistas responderán con una intensidad que no desplegaron plenamente en el primer turno: sin piedad y sin freno. En ese escenario, la ventaja que hoy es estrecha podría ampliarse con mayor facilidad.

Fuente: PanamPost

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