El Banco Master: de escándalo al eje de la elección brasileña

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El escándalo del Banco Master sigue marcando el ambiente electoral de este año. Para la campaña oficialista es un desafío. Para la oposición, una oportunidad.

El problema central de Luiz Inácio Lula da Silva es desmarcarse de esa pauta en la percepción del votante. Durante años, buena parte de la prensa y del antibolsonarismo construyó a Alexandre de Moraes como el defensor de la democracia que habría derrotado al fascismo y a los golpistas. Si Moraes sale de esa ecuación, Lula podría ganar margen aun con dificultad. No por casualidad, bajo la presión de la opinión pública, el presidente dijo esta semana que quien resulte culpable debe responder ante la Justicia, sin excepciones.

En ese tablero, la decisión del ministro Flávio Dino de anular la remoción del director de la Policía Federal parece un movimiento desacertado. Al revertir la medida de André Mendonça, Dino devolvió a Lula la responsabilidad  política de mantener o no en el cargo a un funcionario asociado al escándalo. Si la remoción hubiera quedado en manos de Mendonça, el Palacio del Planalto se habría librado con más facilidad del problema. Además, el director de la PF no parece formar parte del esquema que produce filtraciones dentro de la institución: en el pasado, esas mismas filtraciones también alcanzaron a cuadros cercanos a Lula, como Jaques Wagner y Rui Costa. Cabe entonces la pregunta: ¿qué incentivo tendría el presidente para conservarlo si ni siquiera controla a la corporación?Boletín diario noticias

La militancia del PT, en su lógica cismogénica, llamó a protestar contra Mendonça con la esperanza de que esos ataques dañaran a Flávio Bolsonaro por haber sido indicado por Jair Bolsonaro. Esa expectativa se sostiene en una falsa equivalencia. Los ataques de los neotradicionalistas contra Moraes sí afectan a Lula porque la asociación entre ambos se construyó durante años, a partir de actos concretos. Replicar el mismo efecto contra el campo contrario, a pocas semanas de la elección, es otra cosa. Lo más probable es que no funcione.

Hasta ahora, la campaña de Lula no ha salido del estancamiento. La de Flávio, sí ha obtenido un resultado mejor. El oficialismo intentó vender el miedo de que Flávio es el peor de los Bolsonaro. La oposición respondió que es el Bolsonaro moderado. Esa reconstrucción de imagen encaja con el curso de los acontecimientos. El candidato pasó de ser presentado como sexista, nazi y fascista a ser percibido como agradable a la prensa, defensor de la mujer, cercano al STF y protector de los pobres. Su campaña también aprovechó mejor la coyuntura: al sostener el impeachment de Dino y de Moraes, moviliza a la militancia neotradicionalista, ayuda a sus candidatos al Senado y concentra esa energía en el PL más que en otros partidos. Por eso la anulación de Dino, lejos de contener el daño, fue absorbida por la oposición. Un aliado de Lula terminó funcionando como aglutinador de votos adversos.Política

Lula no ha logrado el mismo efecto. Técnicamente, su campaña se preparó para hablar con su electorado y movilizarlo. La coyuntura lo saboteó. Hoy el presidente está a la defensiva, con varios frentes abiertos y sin un objetivo claro de contraofensiva.

El bolsonarismo tampoco opera, necesariamente, desde una ofensiva plena. Se aprovecha de la coyuntura para reforzar su relato. Esa dependencia explica buena parte de su subida en las encuestas. Antes de la quiebra del secreto de la investigación del Banco Master, el rechazo a Flávio no era menor que el de Lula. Por eso, en estas semanas, la campaña opositora se concentró en bajar ese rechazo y colocó a la mujer como eje central, desde el cual abrir otros temas: la madre que no puede comprar lo que desea para sus hijos, la seguridad y el feminicidio, la defensa de la película Dark Horse y una mayor presencia de testimonios femeninos en los spots.

A eso se suma otra diferencia. Lula no cuenta con el plan de contingencia que sí tiene el bolsonarismo, a diferencia de 2022, cuando esa ventaja le pertenecía a él. Los votos de los demás candidatos tienen más probabilidad de fluir hacia Flávio que hacia Lula. El primero en decir que no lo apoyaría de ningún modo fue Augusto Cury, que llegó a registrar cerca del 10% en encuestas recientes.

La campaña oficialista está, por tanto, en dificultades. Psicológicamente, la domina el adversario. Reacciona a las pautas de Flávio, incluso en lo que respecta a la economía. Es probable que se intente reposicionar al candidato, porque la comunicación actual no está dando resultado, como se nota en los estudios de opinión.

Recientemente Lula buscó apoderarse de la seguridad pública y definió cuatro enemigos: agresores de mujeres, traficantes, ladrones de celulares y magnates del crimen. En ese sentido, la campaña quiere convertir la experiencia en un activo. Pero esa carta es de doble filo: también puede subrayar la edad del presidente frente a la juventud de Flávio. Además, hay un problema más profundo: en un proceso de comunicación, si la premisa principal es débil o falsa, todo lo demás vuelve a ella. Seguridad implica acción. Gobierno implica medios. Experiencia implica capacidad. La pregunta inevitable es por qué el PT no resolvió la seguridad en cuatro gobiernos y ahora sí pretende hacerlo. Esa pregunta puede dañar campañas regionales donde el partido lidera y, al mismo tiempo, permitir que la oposición sostenga el rechazo a Lula. Basta con desplazar el debate de la experiencia a la capacidad, y de la capacidad al riesgo del continuismo. No sirve de nada haber gobernado si no se demuestra que se puede resolver el problema. La incapacidad, en ese caso, se vuelve un riesgo.

En ese clima se cancelaron los debates del 14 y del 18 de septiembre, tras el silencio de ambas campañas. Flávio no quiere disgustar a los votantes de otros candidatos que podría necesitar en un segundo turno. Lula no quiere convertirse en el blanco principal de todos.

La elección está demasiado cerrada y cada voto cuenta.

Fuente: PanamPost

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