China, Taiwán y el verdadero objetivo de Xi Jinping: consolidar el poder antes que ir a una guerra

MUNDOAgencia Internacional de Noticias (AIN)Agencia Internacional de Noticias (AIN)

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China se ha convertido, sin discusión, en una de las grandes potencias del mundo. Su transformación económica, industrial, científica y tecnológica ha sido extraordinaria y, desde las reformas impulsadas por Deng Xiaoping, el país avanzó en prácticamente todos los frentes. Sin embargo, existe un área en la que Beijing todavía considera que tiene una asignatura pendiente: la modernización de sus Fuerzas Armadas.

La cuestión militar no puede separarse del conflicto histórico con Taiwán. Desde el triunfo comunista de 1949, Beijing sostiene que la isla forma parte de China y nunca aceptó formalmente su independencia. La reunificación sigue siendo un objetivo estratégico y, en numerosas oportunidades, las autoridades chinas dejaron en claro que pretenden alcanzarla, si fuera necesario, mediante la fuerza.

Pero una cosa es prepararse para una eventual guerra y otra muy diferente es decidir iniciarla.

A mi entender, no existen elementos suficientes para afirmar que una invasión de Taiwán sea hoy el camino elegido por Xi Jinping. Incluso desde una perspectiva estrictamente militar, una operación de semejante magnitud implicaría enormes riesgos. Y detrás de la cuestión taiwanesa existe otra realidad que muchas veces queda relegada: la política interna china y la necesidad de Xi de llegar al próximo Congreso del Partido Comunista con su poder todavía más consolidado.

El Congreso es la verdadera batalla interna de Xi

Xi Jinping se encuentra inmerso en la preparación del próximo Congreso del Partido Comunista chino, previsto para la segunda mitad del próximo año. Allí no solamente se definirán las principales autoridades partidarias, sino también una parte importante de la estructura de poder del Estado.

En China, naturalmente, no existe una competencia electoral abierta como la conocemos en las democracias occidentales. Las decisiones se procesan dentro del Partido y luego son formalmente ratificadas por organismos controlados por él.

Durante los próximos meses se producirán movimientos de enorme importancia: cambios en las estructuras provinciales, designaciones de funcionarios y reacomodamientos que determinarán quiénes tendrán posibilidades de acceder a las posiciones superiores del poder.

El objetivo de Xi es evidente: rodearse de dirigentes absolutamente leales y construir una estructura política capaz de garantizarle continuidad durante muchos años.

El antecedente del Congreso de 2022 resulta particularmente significativo. En aquella oportunidad, Xi logró desplazar a distintos sectores rivales y profundizó una concentración de poder que no se veía desde los tiempos de Mao Zedong. Incluso la salida forzada del expresidente Hu Jintao, transmitida públicamente, quedó como una imagen simbólica de aquella transformación.

Xi dejó de ser simplemente el primero entre varios dirigentes para convertirse en el centro indiscutido del sistema político chino.

Pelosi y un inesperado regalo político para Beijing

En este escenario hay un episodio que merece especial atención: la visita de Nancy Pelosi a Taiwán en agosto de 2022.

La entonces presidenta de la Cámara de Representantes de Estados Unidos realizó un viaje que generó una reacción furiosa de Beijing. China respondió con gigantescos ejercicios militares alrededor de la isla y un bloqueo que sorprendió por su dimensión.

Pero, desde la perspectiva de Xi, aquella crisis tuvo una consecuencia política inesperadamente favorable.

El enfrentamiento con Estados Unidos permitió fortalecer el discurso nacionalista, presentar a China como una potencia amenazada y colocar nuevamente la cuestión de Taiwán en el centro de la agenda nacional. Además, Xi salió del Congreso de ese año con un poder considerablemente mayor y con el camino abierto para prolongar su permanencia en la conducción del país.

La paradoja es evidente: una decisión estadounidense que pretendía demostrar firmeza terminó ofreciendo a Xi una herramienta extraordinaria para reforzar su autoridad interna.

¿Una invasión total o una demostración de fuerza más limitada?

Aquí aparece una posibilidad que, a mi juicio, merece ser considerada.

Taiwán no es solamente la isla principal. El territorio que Beijing reivindica comprende también otras islas y pequeños archipiélagos ubicados en el estrecho, algunos mucho más próximos al continente chino que a la propia Taipéi.

Por eso, si China quisiera demostrar capacidad militar, elevar la presión sobre Taiwán o enviar un mensaje a Washington, no necesariamente tendría que comenzar por una invasión de la isla principal.

Una operación limitada sobre algún territorio insular menor podría tener un costo militar y político considerablemente inferior a una invasión total. Sería una manera de poner a prueba la reacción internacional, demostrar capacidad de proyección militar y, al mismo tiempo, evitar inicialmente el enorme riesgo que supone intentar conquistar Taiwán.

Porque ocupar la isla principal no sería una tarea sencilla.

China no tiene una experiencia reciente comparable en grandes operaciones anfibias contra un territorio defendido. Una invasión de Taiwán requeriría movilizar enormes cantidades de tropas, medios navales y aéreos y afrontar una operación extremadamente compleja.

Y existe otro problema: Taiwán no es solamente una cuestión militar; es también una pieza fundamental de la economía mundial.

El factor que puede frenar a todos: los chips

Taiwán ocupa una posición central en las cadenas globales de producción tecnológica, especialmente por su industria de semiconductores avanzados.

Una guerra en la isla tendría consecuencias que excederían ampliamente a China, Estados Unidos y Taiwán. Podría afectar a industrias enteras, desde la electrónica hasta la inteligencia artificial, generando un impacto internacional difícil de dimensionar.

Para Beijing tampoco sería conveniente destruir o paralizar una estructura industrial en la que la propia economía china tiene intereses.

Por eso, la guerra puede ser militarmente posible pero económicamente irracional.

Y en una China cuyo crecimiento continúa siendo una cuestión fundamental para la legitimidad del régimen, Xi debe medir cuidadosamente cada paso.

Taiwán también juega su propia partida política

Hay otro elemento que podría modificar el escenario: la política interna taiwanesa.

El Partido Democrático Progresista, actualmente en el gobierno, sostiene una posición muy diferente de la del Kuomintang (KMT), históricamente enfrentado con los comunistas chinos desde la guerra civil.

Las elecciones presidenciales de 2024 fueron una muestra de lo competitivo que continúa siendo el escenario político taiwanés. William Lai ganó con algo más del 40% de los votos, mientras que el candidato del KMT obtuvo el 33,5% y un tercer candidato alcanzó aproximadamente el 26,5%. Sin embargo, el resultado legislativo no le otorgó al partido gobernante una mayoría propia.

Por eso, las próximas elecciones serán observadas con enorme atención desde Beijing.

Un eventual triunfo del KMT podría abrir una etapa de menor tensión con China, porque ambas fuerzas comparten, aunque desde perspectivas diferentes, la idea de que existe una sola China.

Esto no significaría necesariamente una reunificación inmediata. Pero sí podría generar un escenario mucho menos peligroso que una confrontación militar.

La política china no termina en las fronteras

Uno de los errores frecuentes al analizar China consiste en observar solamente su política exterior.

Xi Jinping tiene, antes que nada, un problema de poder interno.

El Partido Comunista chino tiene diferentes sectores y grupos de influencia. En un sistema sin competencia democrática, la disputa por el poder no desaparece: simplemente se desarrolla puertas adentro.

Xi lo sabe perfectamente.

Durante sus años de liderazgo utilizó, entre otras herramientas, las campañas contra la corrupción para desplazar adversarios y reorganizar las estructuras del Partido. El próximo Congreso será otra oportunidad para profundizar ese proceso y colocar en las posiciones estratégicas a dirigentes que respondan directamente a su conducción.

Por eso, la batalla más importante para Xi Jinping en este momento no está necesariamente en las playas de Taiwán, sino dentro de los despachos del Partido Comunista.

Necesita garantizar mayorías, controlar las estructuras provinciales, influir sobre el Politburó y asegurarse de que quienes lleguen a las posiciones superiores sean personas de absoluta confianza.

El mundo debería preocuparse más por evitar la guerra que por pronosticarla

A mi entender, no es inevitable que China invada Taiwán.

La posibilidad aumentaría drásticamente si las autoridades taiwanesas avanzaran hacia una declaración formal de independencia, algo que conocen perfectamente que Beijing considera una línea roja.

Pero mientras eso no ocurra, existen alternativas mucho menos costosas para China.

Una operación sobre una isla menor, una intensificación de la presión económica y militar, una estrategia diplomática o incluso un cambio político en Taiwán podrían permitirle a Beijing avanzar en sus objetivos sin embarcarse en una guerra de consecuencias imprevisibles.

Además, existe una salida mucho más ambiciosa: un acuerdo entre Washington y Beijing que transforme la actual confrontación geopolítica en una competencia económica controlada.

Estados Unidos necesita evitar una guerra que podría tener consecuencias globales. China necesita preservar su crecimiento y garantizar el acceso a recursos estratégicos. Ambos países tienen intereses económicos que hacen que una confrontación total sea extremadamente peligrosa.

El desafío consiste en encontrar un punto de equilibrio.

La historia demuestra que cuando una potencia emergente intenta desplazar a otra que domina el sistema internacional, el riesgo de conflicto aumenta. Es lo que se conoce como la Trampa de Tucídides.

Por eso, el verdadero desafío del siglo XXI no debería ser determinar quién dominará al otro, sino encontrar la manera de que China y Estados Unidos puedan competir sin terminar enfrentándose militarmente.

Y en ese tablero, Taiwán puede ser el lugar donde se origine una tragedia global o, por el contrario, el escenario donde finalmente prevalezca la prudencia.

Porque Xi Jinping puede querer una China más poderosa. Pero eso no significa necesariamente que quiera una guerra.

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