Dolkun Isa, activista uigur: “Xi Jinping aplica una política genocida contra nuestra comunidad”

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Hace más de 30 años Dolkun Isa no puede volver a la tierra que lo vio nacer. Hace años que tampoco sabe nada de parte de su familia. Su nombre está en una lista negra y en notificaciones rojas de Interpol a nivel internacional. ¿Su “delito”? Pertenecer a la comunidad uigur de Xinjiang, en China.

Desde muy joven, en su Aksu natal, empezó a percibir la discriminación a la que estaba sometida su población por parte del Partido Comunista Chino, simplemente por su religión. Durante sus años universitarios entre 1984 y 1988 organizó a estudiantes uigures para reforzar la precaria educación que recibía la gente en zonas rurales, y lideró movilizaciones para exigir mejores condiciones, igualdad y elecciones democráticas. Esta iniciativa fue tomada como una actitud desafiante por el gobierno chino: Dolkun terminó en arresto domiciliario, expulsado de la universidad y posteriormente exiliado, primero a Turquía y luego a Alemania, donde solicitó asilo político y reside actualmente.

Desde entonces llevó adelante un inagotable activismo para exponer ante el mundo la brutal persecución que sufre la comunidad uigur en China; persecución que aumentó exponencialmente desde la llegada al poder de Xi Jinping en 2013. Isa fue el tercer presidente del Congreso Mundial Uigur (CMU) y actualmente preside el Centro Uigur para la Democracia y los Derechos Humanos (UZDM, por sus siglas en inglés), lo que le costó estar en la lista negra del régimen, enfrentando detenciones en terceros países y constantes amenazas provenientes del gigante asiático. De hecho, durante su reciente visita a Buenos Aires, fue víctima, una vez más, del brazo represivo del régimen: por pedido de la embajada china, la Cancillería Argentina y la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires suspendieron un acto organizado por el Centro para la Apertura y el Desarrollo de América Latina (CADAL) en el que se debatiría acerca de los totalitarismos del Siglo XXI, con la participación de Dolkun.

En el marco de ese viaje a la capital argentina, el activista uigur dialogó con Infobae sobre el “genocidio” al que está sometido su población desde hace décadas. Brindó, además, detalles del calvario que sufren los uigures recluidos en los campos de concentración en Xinjiang, y se refirió a la ambición expansionista de Xi Jinping: “El Partido Comunista no solo es una amenaza para los uigures y los tibetanos, sino también para el propio pueblo chino (...) El objetivo primordial de Xi Jinping es hacer desaparecer por completo la identidad uigur”, resumió.

-Me gustaría empezar hablando de usted, de cómo fue crecer bajo la opresión del régimen chino, y cómo nació el activismo que hoy día promueve para exigir el respeto de los derechos de su pueblo.

-Soy uigur. Nací en Aksu, una de las ciudades de lo que llamamos Turquestán Oriental; China lo llama Xinjiang. Estudié Física en la Universidad de Xinjiang, desde 1984 hasta 1988. Durante mi época de estudiante, fundé una asociación cultural estudiantil, cuyo objetivo principal era que, durante las vacaciones de verano e invierno, movilizáramos a miles de estudiantes uigures para ir a las zonas rurales, a los pueblos, a enseñar a nuestra gente el alfabeto y a mejorar el sistema educativo. Porque en algunos lugares —en bastantes, de hecho—, no había escuelas en las zonas rurales ni en los pueblos. Más del setenta por ciento de los uigures eran analfabetos, y en la vida cotidiana hemos sido testigos de mucha discriminación. Hay mucha desigualdad entre los chinos y el pueblo uigur. Así que cuando llegué a la universidad, pensé: “¿Por qué se produce esta discriminación?”. Si miras la Constitución china, esta región autónoma es la Región Uigur de Xinjiang. Según la ley de autonomía tenemos muchos derechos. Constitucionalmente tenemos los mismos derechos, pero en la vida cotidiana la realidad es diferente. Es porque toda la gente de aquí, mi gente, no tiene ni idea de qué derechos tiene. Primero hay que entenderlo, luego hay que luchar y reclamar tus derechos, de forma pacífica. Por eso pienso que primero tenemos que educar a nuestra gente, elevando el nivel educativo. Este es el objetivo principal, el objetivo primordial; después, movilizar a los estudiantes para que participen voluntariamente. Pero cuando empezamos con esto, al Gobierno chino no le hizo mucha gracia. En 1988, el 15 de junio, organizamos una gran manifestación en contra de la política de discriminación. Ese día, un colega mío y yo mantuvimos un debate de seis horas con el Gobierno chino, con altos cargos del Partido Comunista, para negociar las condiciones. Pero no pudimos llegar a un acuerdo. Volvimos a las universidades y yo lideré a más de ocho mil estudiantes en las calles, exigiendo igualdad y a favor de unas elecciones democráticas. Pero me pusieron bajo arresto domiciliario. Además, era mi último semestre en la universidad, y me expulsaron, por lo que no pude graduarme. Esa es mi historia. Por eso sigo luchando contra la discriminación. Después me fui de mi país en 1994 a Turquía para estudiar un máster. Cambié de especialidad a ciencias políticas. Luego, en 1996, me trasladé a Alemania, donde solicité asilo político. Fundamos el Congreso Mundial de la Juventud Uigur. Más tarde, creamos el Congreso Mundial Uigur.

-¿Pudo volver en algún momento a China?

-No. Han pasado casi treinta y tres años, y nunca he vuelto. No puedo porque mi nombre está en una lista negra. Mi nombre figura en las notificaciones rojas de la Interpol. Por eso me han detenido en tantas fronteras. Me pasó en Estados Unidos, India, Corea del Sur, Suiza, Italia, incluso en Alemania. Hace veinte años nadie conocía muy bien la cuestión uigur. China es un país enorme. Si eres terrorista, la policía comprueba inmediatamente tus antecedentes y te registra. A veces son un par de horas, otras veces días. En una ocasión, por ejemplo, cuando me invitaron a una conferencia internacional en Seúl, me pararon en el control de pasaportes y me retuvieron. Estuve a punto de ser deportado a China. Vinieron casi cuatro policías chinos desde Beijing; querían llevarme a China. Pero yo era ciudadano alemán. Gracias a la presión ejercida por Alemania y Estados Unidos, en el último momento me deportaron a Alemania. China es un país poderoso, que utiliza su poder económico, su poder diplomático y se aprovecha indebidamente del orden internacional.

-En su cuenta de X tiene un mensaje fijado en el que cuenta que no sabe nada de su hermano desde hace años. Menciona, además, que su familia ha sido castigada por su activismo, e incluso relata la situación de su madre, que murió en un campo del régimen. ¿Qué nos puedes contar sobre la persecución a su familia?

-Me fui en 1994, y desde entonces nunca he vuelto a ver a mi familia. Hasta el año 2017 podía hablar por teléfono. A un nivel muy básico. Solo llamaba a mi madre. “Hola, ¿cómo estás?”; “Bien, bien”. Solo dos minutos, y así una y otra vez cada mes. Pero, de todos modos, pude hablar hasta abril de 2017. Desde entonces, no he podido contactar con ellos. A muchos activistas uigures les pasa lo mismo: hemos perdido el contacto con nuestros familiares. Pero, de vez en cuando, si pasaba algo con la familia, las noticias nos llegaban. En 2018, a mediados de junio, recibí un mensaje de un amigo mío de Australia. Me dijo: “Oye, ¿has hablado con tu madre en los últimos catorce meses?”. La última vez que había hablado con ella había sido en abril del año anterior. Y él me dijo: “Tu madre ha fallecido”. Me quedé en shock. Intenté llamar, pero no pude. No conseguí obtener ninguna noticia; quería confirmar de verdad si mi madre había fallecido o no. Más tarde, el servicio uigur con sede en Washington, el Servicio Uigur de Radio Free Asia, estaban llamando a la policía, a funcionarios… Entonces me confirmaron que mi madre había fallecido en uno de los campos de concentración, el 17 de mayo de 2018. Pero me enteré de esta noticia el 12 de junio, casi tres semanas después. Luego, en 2020, me enteré de que mi padre había fallecido. Esto también lo supe por los medios de comunicación chinos. En 2021, recibí otra noticia desgarradora: mi hermano menor había sido condenado a cadena perpetua. A mi hermano mayor lo condenaron a veinte años. Toda mi familia era gente que no se dedicaba a la política, ni eran activistas como yo. Mi madre era una mujer muy sencilla, una ama de casa corriente de 70 años; mi padre tenía más de 80. Mi hermano mayor es profesor de matemáticas, no tiene nada que ver con la política. El “delito” es por mi origen étnico. Solo por esa razón, no hay delito, nada. Tengo hermanas mayores también. En 2021 o 2020, vi en las redes sociales chinas, en la televisión china, que se había producido un documental sobre mis hermanas y otros familiares míos. Ahí vi a mi hermana mayor denunciarme. Si ves el vídeo, puedes entender muy claramente que está leyendo un texto escrito en un papel, hablando en chino, diciendo: “Dolkun, eres un mentiroso. No eres mi hermano (...) Mi madre y mi padre murieron por su edad, por problemas de salud. Nunca fueron a un campo de concentración. Y el Gobierno chino nos trata muy bien”, bla, bla… En el vídeo se ve cómo llevan a mi sobrina a que le den un masaje, a un restaurante, a com er; eso es lo que muestra. Me enteré por este vídeo que mi padre había fallecido. Pero no tengo ni idea de en qué año, en qué mes, en qué circunstancias. ¿En un campo de concentración?; ¿En casa?; ¿En qué cementerio está? No lo sé. Esta es toda la terrible situación de mi familia.

-¿Ella también está en un campo del régimen, y allí fue obligada a leer ese texto?

-No, ella no está en ningún campo. Algunos de mis hermanos mayores también hablan en mi contra. Pero en el vídeo no sale mi hermano mayor, sino su hijo y su mujer hablando en mi contra. Es normal; esto es parte de la propaganda del gobierno.

-Hay muchos informes y denuncias internacionales sobre las torturas que sufren las personas recluidas en esos campos de concentración. Imagino que usted como activista ha podido tener contacto con gente que estuvo allí. ¿Cómo es la dinámica represiva en esos campos del régimen?

-Desde 2017 resulta muy difícil obtener información no solo de los campos, sino de toda la patria del Turquestán Oriental. Pero a partir de finales de 2018, algunos supervivientes de los campos lograron salir al exterior porque son ciudadanos extranjeros o, en algunos casos, esposas de ciudadanos extranjeros. Esa es la razón por la que, debido a la presión de otros países, el Gobierno chino los liberó. Entonces van a Kazajistán, Kirguistán, Egipto, sitios así. Pero antes de que salieran de China, el Gobierno los amenazó: “Tienen que guardar silencio. Si dicen algo, sus familias seguirán aquí”. Entonces es peligroso. Por eso muchos siguen callados. Pero algunos están dando testimonio, y todos cuentan una historia muy similar. Algunos hablan de la pena de muerte, y cuentan que por la mañana, a las seis en punto, tienes que levantarte y hacer autocrítica, sentados todos en la cama. No tienen derecho a mirar a los demás ni a hablar con la gente. “Soy un criminal. Estoy infectado por el radicalismo, por el terrorismo. Soy culpable”, les hacen repetir. Se tienen que criticar a sí mismos, y hay cámaras de vigilancia por todas partes, y policías. Tienen que demostrar lealtad al Partido Comunista Chino, y a Xi Jinping. Antes de beber agua, por ejemplo, deben decir: “Oh, gracias Partido Comunista Chino. Gracias Xi Jinping. Sin Xi Jinping, sin el Partido Comunista Chino, no habría vida, ni agua, ni comida”. Hay que decirlo en voz alta, pero que las palabras salgan del corazón porque hay cámaras por todas partes. Estas cámaras también reconocen las emociones; si hay alguna sospecha de que no lo dices de verdad, te torturan. Están ocurriendo muchos casos de muerte. Cada mañana tienes que practicar el chino; está prohibido hablar en uigur durante las cenas. Si alguien habla su lengua materna, lo torturan. Y hay varios casos de violación, porque muchas de las supervivientes de los campos eran mujeres. Todas dicen que se producían muchos casos de violación y que, además, les administraban medicamentos para la esterilización. Desde la creación de los campos en 2016 hasta 2019, durante casi tres años, solo se les adoctrinaba, se les lavaba el cerebro. Pero luego, a principios de 2019, a algunos de ellos —a quienes el Gobierno chino consideró que el lavado de cerebro no había surtido efecto— los condenaron a diez, quince o veinte años. Antes, si tenías algún problema con el Gobierno o alguna cuestión política, o eras familiar de algún activista, te enviaban a la cárcel. En los campos también son sometidos a trabajos forzados.

-Comenzamos hablando sobre sus años de adolescencia en Xinjiang, en la década del 80. Por lo que describe la situación empeoró mucho desde la llegada de Xi Jinping.

-Sí, exacto. Él marca una diferencia entre el pasado y el presente. En los ochenta, cuando yo era estudiante, también había discriminación, pero al menos salíamos a la calle, nos manifestábamos, dialogábamos con el Gobierno; ahora es imposible. Ni siquiera se puede pensar en ello. Poco a poco, la política del Gobierno chino hacia los uigures se ha ido radicalizando cada vez más, y ahora que Xi Jinping está en el poder, esta política de asimilación y discriminación se ha convertido en una política genocida. El traslado forzoso de la población y la discriminación cotidiana, tanto política como económica, y la explotación económica, existen. Pero desde que Xi Jinping introdujo un cambio drástico, ha erradicado por completo la identidad uigur, y ese es el propósito de los campos, aplicar esta política genocida.

-En línea con esto que me dice, el año pasado tuve la oportunidad de entrevistar a una activista uigur, quien también me dijo que el principal objetivo del régimen es hacer desaparecer a la población uigur.

-Estoy completamente de acuerdo. El 1 de julio de este año China ha empezado a aplicar la ley de unidad étnica. Se aprobó en marzo y entró en vigor el 1 de julio. En realidad, esta ley ya se aplica desde hace varios años para los uigures, pero ahora solo se legaliza porque, si te fijas en la Constitución china y en la ley de autonomía, el uigur es lengua oficial. Y, según la ley, todo el mundo tiene derecho a tener o no creencias religiosas. Pero la lengua uigur en las escuelas y en el ámbito laboral se ha ido erradicando. Cuando yo era estudiante, a los alumnos uigures se les enseñaba en uigur. A los alumnos chinos, en chino. Pero a partir del 2004, en la universidad solo se impartía en chino. Luego, poco a poco, en el 2010, o antes, desde el jardín de infancia hasta la universidad, solo se impartía en chino. La educación debía ser bilingüe, aunque no lo era. Ahora en China se imparte educación en mandarín. El Instituto Estratégico Australiano publicó un informe en 2021 en el que se indica que más de ocho mil mezquitas fueron demolidas por completo. Es posible que otras ocho mil hayan sido parcialmente destruidas. Y está prohibido leer el Corán y ayunar; todas las actividades y prácticas religiosas están prohibidas. Esto se empezó a aplicar hace quince años aproximadamente, poco a poco. Pero recientemente, en los últimos dos años, con la aparición de este problema informático y mucha presión internacional, el Gobierno chino se ha visto obligado a decir: “Ok, tengo que legalizar esto”. Porque el Gobierno recibe constantemente advertencias de la comunidad internacional, de respetar su propia ley. Por eso ahora China ha adoptado esta ley de unidad étnica. Pero, en realidad, esta propuesta del Gobierno chino de hacer desaparecer por completo la identidad uigur es un objetivo primordial de Xi Jinping.

-¿Y con esta legalización se puede esperar un incremento de la persecución?

-La presión está aumentando, y sí, la situación es muy mala. La intención del Gobierno chino es, como decimos, que los uigures dejen de existir por completo. Ese es el objetivo principal. Es muy peligroso. Por eso creamos conciencia y, por supuesto, no se trata solo de una ley contra los uigures, sino también contra los tibetanos. En China hay 56 minorías étnicas. Pero, salvo los uigures y los tibetanos, las otras ya han sido asimiladas, han perdido su identidad, su cultura y su lengua, la mayoría de ellas. Pero los uigures y los tibetanos intentamos sobrevivir. Esto es un dolor de cabeza para el Gobierno, porque el Partido Comunista Chino nunca acepta la diversidad. Así que esta ley de unidad étnica se basa en el principio de “una China”: un pueblo, una nación, una lengua. Significa que otras lenguas, otras culturas y otras etnias deben desaparecer. Por eso los tibetanos también saben por qué estamos haciendo esto en la ONU. Así que, si el mundo entero se limita a mirar sin tomar medidas concretas, no sabemos qué pasará dentro de diez o quince años con la próxima generación de uigures. El Gobierno dice que somos doce millones de uigures, pero nosotros creemos que somos al menos veinte millones. En la diáspora viven más de un millón de uigures. No es fácil hacer desaparecer a los veinte millones, o a los doce millones de uigures. Por supuesto, una parte pudo haber desaparecido. El Partido Comunista no solo es una amenaza para los uigures y los tibetanos, sino también para el propio pueblo chino. Hay cien mil chinos detenidos en los campos. Por ejemplo, Liu Xiaobo, que fue galardonado con el Premio Nobel, murió en el campo, o en la cárcel. Así que creo que el pueblo chino también se merece la democracia. Xi Jinping, quizá siga en el poder cinco o diez años más. Es un ser humano, acabará muriendo. Ahora está tomando medidas contra muchos militares. Hay bastantes militares que no están contentos con la política de Xi Jinping. Es una lucha de poder interna porque él es un dictador. Algún día este sistema se derrumbará. Entonces espero que esta política de persecución cambie y que, en el futuro, sea diferente a la actual.

-Hace unos días, la revista Foreign Policy informó que en los últimos años China ha estado permitiendo -en secreto- algunos viajes a Xinjiang para permitir reuniones familiares a cambio de propaganda, silencio y colaboraciones. Sin embargo, esto no fue anunciado públicamente ni traducido en una medida del Gobierno. ¿Sabes algo al respecto?

-Conozco a bastantes uigures a los que les han permitido visitar a sus familias. Hasta 2018, el Gobierno cortó todo: Internet, las comunicaciones. En 2014 y 2015 confiscaron el Corán y prohibieron el ayuno, porque la religión es un tema muy delicado para el pueblo uigur. Pero fíjate, ningún país musulmán, ninguna organización musulmana se ha opuesto a ello, nadie ha dicho nada. Luego, en 2016, también introdujo restricciones en los pasaportes. Se restringió la libertad de viajar, de expresarse y de hablar. Solo Amnistía Internacional y algunas organizaciones internacionales hicieron declaraciones, pero la mayoría de los países se limitaban a observar. Nadie prestaba atención. Planteamos esta cuestión ante el Consejo de Derechos Humanos de la ONU; viajamos por Estados Unidos, visitamos el Congreso, el Senado, la Comisión Europea… Y en 2018, la Tercera Comisión de la ONU revisó el informe chino. Entonces se produjo un punto de inflexión: llegó la delegación china, junto con los expertos de la ONU, y recopilaron todas las pruebas y hablaron. Entonces China se vio sometida a presión. Los ciudadanos y los países miembros de la ONU hablaban del tema, y los medios de comunicación también. Desde entonces China cambió de postura y, al principio, lo negó: “No, no tenemos ningún campo. No tenemos nada de eso”. Luego se mostraron las pruebas. Entonces el Gobierno chino dijo: “Sí, tenemos un centro de formación profesional. Educamos a la gente”. Luego China dijo: “Estoy luchando contra el radicalismo y el terrorismo”. Fue cambiando discurso. Se publicó el informe de la ONU; diez parlamentos nacionales han reconocido la moción sobre el genocidio uigur. El Gobierno de EEUU lo ha reconocido. Luego se volvieron a eliminar todos los puestos de control visibles, y China organizó una gira de propaganda en 2023 y 2024, desde países de todo el mundo, especialmente musulmanes. Antes de que lo hayan organizado todo, hay un periodista que dice: “Fuimos a Xinjiang. Todo está normalizado”. Luego, a partir del 2025, cualquier uigur puede ir, pero con una condición: deben publicarlo en las redes sociales y difundirlo. Al volver, el Gobierno chino utiliza a estos mismos uigures como herramienta de propaganda. Yo personalmente me he encontrado con al menos dos o tres personas el año pasado o recientemente que han visitado el Turquestán Oriental. Al principio me decían: “¿Has visitado recientemente el Turquestán Oriental? Todo va bien”, o algo así. “Hace tres años fallecieron mis padres”, me dijo una de las mujeres. “¿Y pudiste visitar el cementerio?”, le pregunté, y ella se puso a llorar. No, no pudo, es que somos musulmanes. “¿Pudiste celebrar el funeral de tu padre?”, le volví a preguntar, y siguió llorando. La gente te sugiere que te calles. Ella me dijo: “Se suponía que me iba a quedar dos meses, pero volví al cabo de dos semanas. Pero, por favor, no digas mi nombre”. Es todo confidencial. Si hablan, si dicen la verdad, entonces sus familiares que no están detenidos vuelven al campo de concentración. A pesar de todo, muy pocos testigos se atreven a hablar. Algunos cambian de nombre, otros no dicen su nombre, pero siguen hablando. Y algunos sí hablan de forma confidencial. La mayoría de ellos, debido a que tienen familiares como rehenes, siguen en silencio. Esta es la situación. El Gobierno sí permite que algunos se vayan y regresen. Incluso algunos familiares, los padres, también los visitan en países europeos o en Estados Unidos. Pero la condición es que algún familiar siga secuestrado, y la condición es que digan que todo va bien, que no hay problemas. Tratan de ayudar a encubrir el genocidio.

-¿La presión de las embajadas a nivel internacional también colaboró para mantener esto en estricto silencio?

-Sí, las embajadas chinas son muy activas en todos los países. Y llaman. Si en algún país hay una comunidad uigur, nos llaman y nos dicen: “Puedes visitar a tu familiar. Sabemos lo que estás haciendo”. Por eso, en 2021 y 2022, un gran número de activistas uigures, jóvenes activistas, utilizaron las redes sociales, dieron testimonios, hablaron y crearon conciencia. Pero más del 80-90 por ciento guarda silencio. Ahora han desaparecido porque a algunos de ellos los han liberado a familiares. Les llaman y les dicen: “Estoy libre. No hagas nada”. Y luego desaparecen.

-¿Las autoridades les dicen qué pueden hacer y qué no durante sus viajes?

-Sí, tienes que aceptar lo que te digan, incluso firmar algo. Aún así, algunos uigures ahora no pueden ir. Porque los chinos tienen una lista de quienes están involucrados políticamente o que han asistido a una manifestación o a una concentración; incluso el Gobierno presiona a la comunidad uigur para que tampoco asistan a ningún evento político o cultural. Hace un par de años, cuando organizábamos una manifestación frente a la embajada china, asistían 100 personas. Ahora solo acuden un par. Esto nos plantea una dificultad.

-Hablando de esas presiones diplomáticas, usted fue víctima esta última semana de ese mecanismo de represión luego de que se cancelara un foro en Buenos Aires por pedido de la embajada china. ¿Qué puede contar al respecto, y le sorprendió la decisión de las autoridades argentinas?

-Sí, me sorprendió mucho. Argentina es un país democrático, es un Estado de derecho. Se trataba de una conferencia muy normal sobre derechos humanos, y a mí me invitaron como ponente. Pero, debido a la presión de la embajada china, el consejo cambió la sede a otro lugar. Esto es inaceptable. Esto es destruir la soberanía nacional argentina, es destruir el Estado de derecho y los valores democráticos de Argentina. No es solo que me hayan detenido en tantos países. Estoy acostumbrado. No es un problema para nosotros. Lo que digo es que, en este caso, tal vez el Gobierno chino ya haya presionado al Gobierno argentino para que me detuviera en la frontera. Quizá haya sido así. Pero tengo suerte de no haber tenido ningún problema, ni una sola pregunta. Así que estoy un poco decepcionado. En algunos países autoritarios ocurre esto, no me sorprende. Argentina sufrió hace solo 30 años un régimen dictatorial, donde hubo desapariciones y se cometieron tantas injusticias. El pueblo argentino aprendió la lección de estos regímenes. Entonces, que venga un país autoritario como China a ejercer presión sobre Argentina y las autoridades digan “de acuerdo”, es inaceptable.

-¿Cuál cree que es el motivo de fondo, la cuestión económica tal vez?

-Sí. Yo creo que es un asunto de negocios, una cuestión comercial por el vínculo económico. Por supuesto, todos los países tienen relaciones económicas con China. Pero este no es el momento adecuado para seguir con los negocios como de costumbre, porque hay trabajo forzoso y la gente está muriendo; algunas marcas internacionales se enriquecen a costa de la sangre de algunos uigures, por eso estamos lanzando esta campaña. Hay que dejar de hacer negocios con China porque la gente está muriendo. Todos los países tienen la obligación legal de detener el genocidio en curso. Todo ser humano tiene la obligación moral de detenerlo. Algunos países y algunas empresas han dejado de hacer negocios con China; EEUU ya ha aprobado la Ley de Prevención del Trabajo Forzado de los Uigures. Se prohíbe la entrada en Estados Unidos de cualquier otro producto procedente de Xinjiang y Uzbekistán. Pero algunos países europeos, por ejemplo, mi país, Alemania, también hacen negocios con China. De acuerdo, se pueden mantener las relaciones económicas, no podemos impedirlo. Pero, a pesar de las relaciones económicas, si se destruyen los valores democráticos, eso supone una amenaza para la sociedad. China no tiene ningún límite; si le das un dedo, después te pedirá toda la mano. Por eso esto que pasó en Argentina es peligroso. Si de verdad crees en los valores democráticos, si de verdad estás en contra del régimen autoritario, si realmente has aprendido la lección del régimen dictatorial, tienes que resistirte a esto. Tienes que proteger tu sistema.

-Las dos últimas preguntas. En julio, la ONU publicó un nuevo informe en el que pedía el cierre de los campos de Xinjiang. Ha habido muchos informes y denuncias en los últimos años, pero la situación no cambia. ¿Qué opinión tiene de la respuesta de la comunidad internacional ante la represión contra la población uigur?

-La respuesta de la comunidad internacional también es muy decepcionante. Se ha hablado del tema de los uigures en estos campos, del genocidio, se ha debatido en la ONU y se ha publicado un informe de la ONU. Pero no hemos visto ninguna acción concreta por parte de los Estados miembros. La mayoría de ellos debido a sus relaciones económicas con China. China es hoy la segunda economía más grande del mundo. China utiliza su poder económico para intentar imponer su régimen autoritario a otros países. Hoy en día, la tecnología de vigilancia que se utiliza para vigilar a los uigures se exporta a más de treinta países de todo el mundo. Son los países autoritarios los que se están uniendo, liderados por China y Rusia, pero la sociedad democrática también está dividida. Es una pena que la reacción de la comunidad internacional ante el genocidio uigur sea muy lenta. Y aunque se publicó el informe de la ONU, el actual Alto Comisionado, Volker Türk, no solo no lo mencionó, sino que ni siquiera presentó su informe. Y los miembros no hicieron nada. China está intentando monopolizar el sistema de derechos humanos de la ONU. Lo he presenciado personalmente. Asistimos a todas, o casi todas, las sesiones del Consejo de Derechos Humanos. Casi ha perdido su sentido. Es el máximo órgano para debatir sobre derechos humanos, pero ahora es como si China, Arabia Saudí, Irán y otros países autoritarios fueran los miembros del Consejo. Está ocupado en su mayoría por países autoritarios.

-Para finalizar. En los últimos años el foco geopolítico ha estado puesto en lo ocurrido en Ucrania con la invasión rusa, y más recientemente en la guerra de Medio Oriente. En ambos casos encontramos un rol importante de China con diversas cooperaciones hacia Rusia e Irán. Al mismo tiempo, el régimen de Xi Jinping aumenta su amenaza sobre Taiwán, y se encuentra en plena guerra comercial con EEUU y en disputa con Washington también por el liderazgo de la IA. Frente a este contexto complejo, ¿cuál cree que es el gran objetivo geopolítico de Xi Jinping? ¿Su principal ambición es una futura invasión de Taiwán?

-Xi Jinping tiene un gran “sueño chino”. Quiere ser el gran líder de la historia china después de Mao, quien fundó la República de China pero ni siquiera él pudo reunificar Taiwán. Esa es una de sus grandes ambiciones: ocupar Taiwán e ignorar la presión internacional para poder decir “soy el héroe de la historia china”. Segundo, también tiene el sueño de la Iniciativa de la Franja y la Ruta. Más de ochenta países están involucrados en este proyecto de expansión territorial. Xi Jinping gastó billones de dólares en infraestructura, dando préstamos a países vecinos. Hoy en día es muy difícil usar el ejército y ocupar algún país. Pero ya lograron una ocupación económica. Para Asia Central, desde Kazajistán, Kirguistán, todos los países están relacionados. El gobierno chino les da préstamos, créditos. Todos estos países son muy corruptos, y el gobierno de China lo sabe muy bien. Por ejemplo, el Corredor Económico China-Pakistán, un proyecto de sesenta y cinco mil millones de dólares. Este gobierno de Pakistán también es muy corrupto. El gobierno chino sabe muy bien que el gobierno de Pakistán nunca devolverá este dinero. Pero no importa. Hay ejemplos de esto también en Kazajistán, en Tayikistán. Quizás un 20-30 por ciento se usa realmente para el objetivo. Otro 50-60 por ciento va simplemente al bolsillo de un par de ministros. Luego no pueden pagar. Entonces el gobierno chino, después de cinco años, pide su dinero de vuelta. El gobierno en cuestión responde que no tiene ese dinero, y a cambio ofrece tierras. Así que Xi Jinping por un lado usa el poder económico para su proyecto de expansión territorial, y por otro lado, también utilizan la llamada intervención militar para reunificar Taiwán.

Fuente: Infobae

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