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title: "El corto camino latinoamericano al fracaso"
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date_published: "2026-10-23T11:33:00-03:00"
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# El corto camino latinoamericano al fracaso

Los sistemas políticos del hemisferio han caído precipitadamente en una lógica confrontacional que socava permanentemente la política del uso de la razón; el mejor argumento dejó de ser una necesidad en los procesos electorales regionales, y la enemización y el odio pasaron a ser la estructura del posicionamiento político. Se puede confiar en lo irracional, siempre y cuando no se vuelva ni vengativo ni insensato ni represivo ni sirva de excusa para la acumulación indebida de poder. Existe en la mente una dimensión profunda que se manifiesta cuando falta tiempo para razonar y esta revela verdades que, de otro modo, serían inaccesibles, los grandes intuitivos de la política han sido una constante regional. No obstante, si los grandes intuitivos no son grandes políticos el sistema termina exponiéndose a que la emocionalidad negativa prevalezca, como ocurre en la realidad hemisférica del presente.

La irracionalidad de las acciones políticas genera, a veces, resultados e ideas inescrutables que, de no ser así, permanecerían fuera de nuestro alcance. A veces son buenos, a veces, lamentablemente, son malos. No debemos permitir que los sentimientos negativos tomen el control; quienes los alimentan tienden a inducir acciones irracionales y perjudiciales, y es entonces cuando se convierten en el principal mecanismo de control social o político al que deben enfrentarse. El control de las emociones puede ser más fácil que el de la razón, pues no requiere argumentar ni mostrar ventajas ni desventajas, ni consistencia ni inconsistencia con las instituciones, la constitución y las leyes. Pedir obediencia y lealtad ciega es una constante de los nuevos liderazgos latinoamericanos quienes hacen una cuestión de esto para determinar efectividad de los seguidores. Esos liderazgos regionales incluso tienen diferentes formas, las mismas van desde “locura mesiánica” hasta “hacendado prepotente”, desde el “vengador (in)justiciero” hasta el “magnate todopoderoso” y reproducen los insanos vaivenes de la irracionalidad negativa. Es imposible que los horrores, las desgracias y las miserias que han afectado a los pueblos no terminen también afectando la racionalidad de la gente a la hora de consolidar estos liderazgos.

Por otra parte, las dinámicas del buen accionar que a veces prevalecen en nuestras sociedades provienen de la razón y de la capacidad de integrarse y entrelazarse con los elementos, las propiedades, las reglas y las estructuras del sistema. Pero en el contexto actual, se intenta desmantelar permanentemente la razón o, por lo menos, intimidarla y empujarla a un rincón. La mejor razón se enfrenta, en el contexto actual de la emocionalidad de la opinión pública, a las emociones más negativas, el odio o la aceptación del uso de la fuerza en contra del Estado de Derecho, como ocurrió en el pasado en los peores momentos de la historia regional, lo que inevitablemente dio lugar a dictaduras de derecha primero y de izquierda después (que todavía perduran).

La personalidad de un sistema político se forja a través de sus características propias, tanto a escala colectiva como en el nivel de los subgrupos que lo componen y de los individuos que actúan en él como agentes políticos. La conjunción de estos elementos define la psicología o la personalidad integral del sistema. Se trata de un proceso estratificado, en el que la personalidad del sistema político emerge de la interacción entre estos distintos niveles. Las estructuras colectivas, a escala de todo el sistema, determinan el marco normativo y construyen su institucionalidad.

Este marco multinivel es indispensable para comprender un sistema político como una entidad dotada de personalidad, moldeada por los rasgos propios del sistema mismo, de sus diversos subgrupos y de los individuos que participan en él. Este concepto permite analizar cómo los factores sociales, las instituciones y los comportamientos individuales influyen en las acciones y los resultados políticos.

Los sistemas políticos no son monolíticos. Se componen de diversos subgrupos cuyo comportamiento colectivo contribuye a definir el carácter integral del sistema. Esta perspectiva se sitúa en total oposición a las teorías de la política conductual y de la psicología política. Aquí, es la personalidad del sistema la que ejerce una influencia sobre el individuo y que va determinando el temperamento de sus conductas.

La psicología propia de cada sistema político latinoamericano es singular. Cada uno posee sus propias dimensiones y umbrales en lo que respecta a la gestión del éxito y del fracaso, de la pobreza y de la inseguridad, del sentido común, de las actitudes —positivas o negativas— y de la relación con el trabajo. Así, los individuos reaccionan de manera diferente según se desenvuelvan en su propio sistema nacional o emigren a otro sistema latinoamericano, o incluso a Estados Unidos o a Europa.

Nadie puede cuestionar las características distintivas de cada uno de los sistemas políticos o ecuatoriano, o argentino, o salvadoreño, o brasileño —por citar solo algunos— en lo que atañe a sus reacciones, a su dimensión emocional y a su gestión de las frustraciones y los resentimientos sistémicos. Estos rasgos trascienden con creces la mera suma de las personalidades individuales, constituyen una dimensión estructural integral.

Las constantes son de anuncio de la persecución judicial de los oponentes políticos durante la campaña con amenazas reales de encarcelarlos en caso de vencerlos, la criminalización, la fabricación de expedientes para impedir la participación en procesos electorales se han transformado en una constante, la persecución de familiares, el exilio forzado, campañas de hostigamientos varios se han transformado en instrumentos de uso permanente no solamente en las dictaduras pero en las nuevas prácticas de los liderazgos políticos “fuertes” latinoamericanos. La persecución política a través de la judicialización es una constante, más allá de la verdad material de los casos, lo que queda claro es que esos opositores no cuentan con las más mínimas garantías para hacer frente a las mismas.

La izquierda y la derecha de estos liderazgos “fuertes” actúan bajo el síndrome de la ligereza culpable del eslogan superficial y no bajo claras elaboraciones ideológicas o programáticas.

La «personalidad» de un sistema está moldeada por su desarrollo cognitivo y emocional, por las crisis o conflictos que ha atravesado, así como por la forma en que ha asimilado sus éxitos y fracasos.

De este modo, la convergencia entre las características propias, las circunstancias vitales y las acciones emprendidas por el sistema da lugar a rasgos singulares. Por consiguiente, los componentes que ejercen una influencia nociva sobre el sistema deben ser aislados o neutralizados. Esto implica, en ocasiones, la implementación de políticas de seguridad destinadas a obstaculizar el crimen organizado, el narcotráfico y la corrupción; cuando estos fenómenos predominan, la “personalidad” del sistema termina alineándose directamente con su lógica. En otros casos, esto se logra mediante una gestión política eficaz, capaz de instaurar estructuras y mecanismos de funcionamiento que privan a los actores nocivos de cualquier posibilidad de subsistir en el sistema.

La lógica de un sistema puede ser positiva o negativa. Su racionalidad determina gran parte de sus características. La irracionalidad no se limita a los prejuicios, las emociones o los impulsos que pueden experimentar grupos o individuos; reside en que tales acciones resultan destructivas para el sistema, reduciendo sus oportunidades y creando condiciones perjudiciales para sus propios intereses, tanto a medio como a largo plazo. La irracionalidad conduce a tomar caminos inútiles que se apartan de los principios fundamentales y contradicen los conocimientos empíricos sobre el funcionamiento de los sistemas políticos y sociales. Está estrechamente vinculada a los individuos: dime con quién andas y te diré quién eres.

La “energía” de la política genera representaciones y proyecciones, visiones de futuros posibles racionalizadas a través de la elaboración programática, así como acciones concretas, que se despliegan y ejecutan en las instituciones. A veces, la realidad solo se percibe a través de pantallas de celulares, en las que se pueden expresar de inmediato emociones negativas, transformadas en incontrolables, lo que dificulta enormemente el establecimiento de armonía y equilibrio dentro del proceso político. Las representaciones transmitidas por actores irrelevantes pueden ocultar la realidad política y alterar tanto la trayectoria como las prioridades del desarrollo. La potencia y el dinamismo de la política, su “energía”, ya no se perciben directamente a través del prisma de bienes y servicios tangibles que surjan de la eficiencia institucional de la gestión política, sino a través de expresiones de odio, hostigadoras o directamente discriminatorias.

Ahora la energía política se manifiesta en forma de información digital e imágenes. Así, el movimiento del accionar político a menudo solo aparece bajo la forma de cifras de “likes” y “retuits” o lo que son prácticamente los gráficos animados de cortos videos de expresión política; la realidad física subyacente, la de la pobreza y la desigualdad, por ejemplo, se nos presenta a través de estas diversas representaciones.

La experiencia permite anticipar la disposición de los elementos y sus propiedades cuantitativas y cómo las mismas afectan al sistema. Esto implica la gestión de los “arquetipos” fundamentales del crecimiento político a los que corresponden dichas representaciones, ya se trate de conceptos consolidados o de formas originarias propias de cada mercado electoral. Se trata de un marco conceptual que permite prever las propiedades políticas cuantitativas y su influencia relativa, vinculándolas con modelos políticos ideológicos universales, o “arquetipos” de comportamiento sistémico. Este marco integra tanto teorías políticas establecidas como las disfuncionales, originarias y fundamentales de la dinámica de las democracias regionales, permanentemente problematizadas, observadas a lo largo del tiempo.

Puede considerarse que las ideologías poseen una existencia significativa, dado que son omnipresentes; sin embargo, últimamente no conviene depositar confianza en ellas, pues hoy no son más que vectores de eslóganes sin elaboración, incapaces de marcar un rumbo constructivo de la política, independientemente de la magnitud con la que se implementen, porque prácticamente han sido vaciadas de contenidos. Estamos en una época peor que la Guerra Fría, en la que, sin perjuicio de los cruces propagandísticos, era necesaria la elaboración ideológica profunda, aunque muchas veces no fuera más que en sentido estratégico. Hoy las malas prácticas de izquierda se parecen mucho en sus ataques al Poder Judicial, al Poder Electoral o a la libertad de prensa, y la ineficiencia para gobernar también, y por eso se da un violento pendular entre derecha e izquierda, más por la frustración de sus fracasos, que se parecen mucho entre ellos, que por sus proyectos, que son muy difíciles de identificar.

Existen numerosos escollos que deben evitarse, tales como la vergüenza que provoca, por ejemplo, la “retórica política de baja estofa” o la corrupción que se exhibe ante nuestros ojos. Es posible observar cómo estos fenómenos persiguen un mismo fin, reflejando así una faceta indeleble de la naturaleza regional; estas dos características constituyen una dinámica propia dentro de las democracias y son las fuerzas subyacentes más determinantes de la política.

Por otra parte, si la energía de todo el sistema queda atrapada en tales condiciones, corre el riesgo de desviarse, generando confusión y ciclos de crisis recurrentes, como si las estructuras político-políticas estuvieran dotadas de una especie de “personalidad propia”. En lugar de impulsar un crecimiento productivo e innovador, la energía del sistema se estanca en esquemas ineficientes o insostenibles. La política de las emociones negativas transforma el sistema empezando a generar condiciones que escapan a todo control, a pesar de tener dimensiones naturalmente humanas. La reproducción inconsciente de malas prácticas por parte de la derecha y de la izquierda se ha repetido sin solución de continuidad en los sistemas de la región.

Dentro de la política, la energía de la razón, de las libertades fundamentales, de la probidad democrática se sitúa en el núcleo mismo del funcionamiento positivo del sistema. La política se basa, en esencia, en la coordinación productiva entre, por un lado, acciones racionales, conscientes e intencionales y, por otro, deseos positivos irracionales, inconscientes (como la solidaridad y el amor), que impulsan hacia la actividad, la prosperidad y el crecimiento.

Comprender cómo se produce esta coordinación de acciones racionales e irracionales y cómo debería producirse política a partir de allí puede ofrecer perspectivas de cambios positivos, ello puede llevar a conducir esas fuerzas sistémicas subyacentes en una energía que actúa en el interior del sistema, capaz de darle contenidos que potencien el ejercicio de derechos económicos, sociales y políticos en un marco de inteligencia colectiva.

Es la forma en que se formulan las acciones que, en el seno mismo del sistema, generan los grandes paradigmas del desarrollo humano, pero también los de conflicto y miseria. En un sistema político, podemos vernos arrastrados hacia la satisfacción/desarrollo o alejados bruscamente de ella, precipitados hacia lo desconocido o, incluso, sumidos en crisis profundas y abrumadoras. El sistema puede comenzar entonces a manifestarse por acciones irresistibles, como una fuerza que impulsa o paraliza, que lleva hacia adelante con un vigor intenso, al tiempo que es capaz, en cualquier momento, de llevar a parálisis o hundimientos.

Esta energía puede constituir la fuente de un apetito insaciable, ya sea de progreso, de conocimiento o, por el contrario, de poder puro y duro, y situarse, de este modo, en el origen de los problemas que afectan al sistema, como la utilización política del Poder Judicial, los ataques a la libertad de prensa y al Poder Electoral.

Esta energía puede constituir la fuente de un apetito insaciable de progreso, conocimiento o poder, motor de los logros más destacados del desarrollo humano. Sin embargo, esa misma hambre también puede conducir a «conflictos y miseria», a medida que los individuos y los partidos políticos compiten por recursos o por el predominio.

Gran parte de la dinámica interna de la política se nos escapa; nuestras acciones y decisiones políticas están guiadas por la razón, por la voluntad —a veces por el inconsciente—, así como por elementos de nuestra vida interior que apenas conocemos o controlamos. El sistema se asemeja a una forma de inteligencia que creamos nosotros mismos para nosotros mismos. Presenta dos facetas interdependientes, como los dos hemisferios de un mismo cerebro: una, parcialmente controlada y funcional; la otra, que escapa a todo control y suelta las peores pasiones.

Ello genera una dimensión de funcionamiento inconsciente del sistema político que está moldeado por acciones y decisiones motivadas por reacciones emocionales negativas ante condiciones estructurales o coyunturales. Sin conexión con las razones y las causalidades necesarias para resolver los problemas, simplemente constituyen postulados para forzar reacciones elementales de política conductual. Más allá de los sesgos de los razonamientos individuales, se activan resortes colectivos inconscientes que influyen en los hábitos políticos a partir de la enemización, y esa enemización es el único fundamento de la validación del hostigamiento, la persecución y las variables represivas. A ello se le da un contexto de normas culturales arraigadas que pueden ir desde el racismo, machismo, antisemitismo, en suma, diversas formas de discriminación que determinan niveles de presión social sobre temas como la migración.

Existe un sistema de representación política, forjado por mentes democráticas, que se sustenta en una fuerza racional y de acumulación política, debe estar por encima de fuerzas primarias e indiferentes a la razón, situada más allá del espacio-tiempo y de la causalidad. La política como mecanismo a la vez racional e irracional, que opera en el sistema en permanente acción sobre la realidad política a través de procesos en constante evolución a través de los cuales se experimentan, alternativamente, las consecuencias de la reconstitución de la inteligencia de la vida política o, por el contrario, la creación de condiciones que la hacen imposible. La disfuncionalidad de un sistema y su atraso tienen una relación directa con la imposibilidad de ejercer derechos económicos, sociales y políticos, lo cual vulnera, restringe o elimina las capacidades, competencias y acciones que permitirían alcanzar los objetivos de desarrollo en cada uno de esos campos. Ese es el camino más corto al fracaso. Los pobres países que cayeron en dictaduras lo han pagado muy duramente, las imperfectas democracias de la región lo van haciendo en pagos diferidos que las hunden cada vez más en el subdesarrollo.

Fuente: Infobae

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