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title: "Lo que la casta política argentina no entiende sobre la propiedad privada"
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date_published: "2026-08-08T12:30:00-03:00"
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# Lo que la casta política argentina no entiende sobre la propiedad privada

Lo que dejó la media sanción del proyecto de ley en el senado argentino sobre la inviolabilidad de la propiedad privada fue un debate superficial, sobre todo por los legisladores de la oposición y del kirchnerismo. Cuando se aborda la cuestión, parece que los políticos no pueden comprender que se trata de una institución, con incentivos y consecuencias expansivas, en lugar de un asunto vinculado exclusivamente a un departamento, una casa o un terreno determinado.

En otros momentos de la historia, los intelectuales que dieron las primeras batallas culturales de lo que discutimos en estos días y, tenían una percepción más completa sobre las implicancias de estos temas y, con respecto a la propiedad, no solamente sus defensores comprendían la magnitud de este asunto que consideraban virtuoso. De hecho, el mismo Karl Marx propuso desde su Manifiesto comunista normativas para los países capitalistas, donde el derecho de propiedad se vea perjudicado. Él entendía que eso comenzaba a transitar un mecanismo descoordinador y destructivo de las instituciones capitalistas. Hoy, algunos que creen ser defensores del capitalismo, son laxos a la hora de defender la inviolabilidad de la propiedad, lo que deja en claro que el mismo fundador del comunismo comprendía mejor que ellos la cuestión.

Si vamos a la historia de la humanidad, cuando los hombres de otros tiempos comprendieron que era mejor hacer un intercambio que pegarle un garrotazo por la cabeza al vecino para quitarle lo suyo, comenzó la civilización más incipiente. Aunque no haya habido lenguaje ni títulos de propiedad, los primeros trueques reconocieron dos cosas: que lo mío es mío, que lo tuyo es tuyo y, sobre todo, que la cooperación es más virtuosa que la coerción.

Los fundadores del llamado «socialismo científico» del siglo XIX no pudieron analizar de forma dinámica un fenómeno que los indignaba, uno podría decir, con razón: la situación de ver que unos tenían mucho, otros nada y que las condiciones de los trabajadores no ofrecían la más mínima dignidad de vida, ante los capitalistas opulentos.

Marx, Engels y compañía fallaron estrepitosamente en comprender la dinámica de un mundo que estaba renaciendo. Lo vieron como una foto y no como una película. En cambio, donde se dejó funcionar el sistema de precios libres y propiedad privada se tuvo como resultado movilidad social, es decir, no solamente se multiplicaron trabajadores que progresaban, sino que millonarios que no daban en la tecla satisfaciendo al consumidor entraban en quebrantos. Este fenómeno desterró por completo el concepto de «clases sociales» que los marxistas trasnochados siguen defendiendo insólitamente.

El sistema basado en la propiedad privada y el libre mercado se diferencia de un pasado oscuro de movilidad social nula. El que nacía cercano al poder (ya sea a la corona, al clero o a las instituciones dominantes) tenía un buen pasar, pero quien no tenía la suerte de nacer cerca de ese calor del privilegio, nacía pobre y moría pobre. Si separamos en «clases» a las personas en la actualidad, a los únicos que «sometió» el sistema de propiedad privada y capitalismo es a «los poderosos». Antes, esa «clase social» no solamente no debía hacer nada para mantener su estatus, sino que no podía despilfarrarlo. De la misma manera que un pobre campesino no podía hacer nada para salir de una situación de mísera subsistencia.

En la actualidad, el propietario y el empresario tienen una obligación de mantener sus bienes e incrementarlos, en un contexto donde pueden llegar a perder todo. Hagan lo que hagan en el marco de decisiones acertadas, no podrán nunca evitar favorecer a las personas que están en situaciones más vulnerables. Si quieren invertir, darán trabajo, si quieren incrementar propiedades, deberán ponerlas en el mercado y hasta si son conservadores y solamente dejan su plata en el banco para que les rinda un interés, contribuirán sin siquiera desearlo a bajar la tasa de interés, lo que se traducirá en créditos más baratos para las personas que necesiten acceder a uno.

La propiedad privada y el libre mercado generan instituciones de paz y de cooperación social, aunque los capitalistas piensen exclusivamente en multiplicar sus recursos. Es inevitable e ineludible. Lo mismo sucede cuando la propiedad se pone en jaque. Además de generar una retracción en materia de bienes y servicios —al encarecer e imposibilitar su acceso a los más necesitados— romper con estas instituciones inician conflictos en todos los niveles de la sociedad (donde también se perjudican los más vulnerables).

Uno de los argumentos kirchneristas que se escucharon en las últimas horas era el de la tragedia que sucederá para los inquilinos que se atrasen unos días con su pago del alquiler. Detrás de estos argumentos no hay más que mala intención, ignorancia, o las dos cosas juntas. Nadie quiere apelar a un desalojo por una cuestión semejante. En el mundo real, muchos propietarios incluso deciden resignar dinero, por cuidar una relación estable y de confianza en el tiempo, donde hay buena intención de ambas partes. En cambio, cuando lo que se sienta es el precedente que atrasarse con un pago no tiene consecuencias en términos generales, las señales que comienzan a operar son nefastas y perjudiciales para todos.

En materia de la restricción de bienes que genera un sistema donde no impera la propiedad y el mercado, lo que impera es el conflicto y la escasez. La aventura chavista en Venezuela dejó tristes capítulos para la historia, con personas fallecidas en estampidas humanas, cuando en momentos de desastre económico llegaban algunos pollos a supermercados semivacíos, con centenas de personas que luchaban a muerte para llevar algo de comer a sus hogares.

Los últimos dos siglos han demostrado empíricamente en todo el planeta que cuando se garantiza la propiedad, la riqueza se incrementa y se redistribuye permanentemente. Aunque la izquierda ponga el énfasis en la desigualdad para cuestionar el proceso capitalista (utilizando inútiles herramientas como el «índice de Gini»), lo relevante pasa por otro lado: no es importante cuantas porciones del pastel tiene cada uno, sino la multiplicación de las tortas, que termina multiplicando los recursos para todos.

Si el debate fuera honesto, en lugar de hacer referencia a la «concentración» de un capital que se multiplica permanentemente, deberían comparar el nivel de vida de los que menos tienen hoy con los que más tenían en otro momento. Un trabajador de clase media hoy en cualquier país capitalista tiene un acceso mucho más amplio a bienes y servicios en todos los espectros en comparación a esos «explotadores» dueños de las minas de carbón que indignaban a un cómodo Marx, que analizaba el mundo desde su ventana, mientras escribía teorías que no hicieron otra cosa que generar tragedias humanitarias y dictaduras sangrientas.

Fuente: PanamPost

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