Israel vota, pero hay una certeza que trasciende las urnas: un país fuerte frente al terrorismo

ISRAEL Por Carlos Zimerman

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Carlos Zimerman
Por Carlos Zimerman

Resumen

  • Las diferencias electorales no deben confundirse con una ruptura de los consensos fundamentales de seguridad de Israel.

  • Hamás, Hezbolá e Irán seguirán ocupando un lugar central en la agenda de defensa israelí.

  • La relación estratégica con Estados Unidos constituye otro de los pilares de la política exterior de Israel.

  • La amenaza contra la existencia del Estado israelí continúa siendo una preocupación determinante para buena parte de su sociedad.

  • Más allá de quién gane las elecciones, la seguridad, la supervivencia nacional y la fortaleza de Israel seguirán en el centro del debate.

Que nadie se confunda. En Israel puede haber confrontación política, discursos encendidos, diferencias ideológicas y una competencia electoral legítima. Los candidatos pueden discutir sobre economía, seguridad, conducción política y el rumbo que debe tomar el país. Eso es parte de la democracia. Pero hay cuestiones que, por su trascendencia histórica, van mucho más allá de una elección y que ningún dirigente puede ignorar cuando llega la hora de gobernar.

La seguridad nacional es una de ellas.

Israel llega a las elecciones del martes 27 de octubre con una sociedad atravesada por profundas discusiones sobre el liderazgo político, las responsabilidades por los ataques del 7 de octubre de 2023 y el futuro de la estrategia militar. Sin embargo, en materia de seguridad existen coincidencias importantes entre los principales dirigentes, incluso entre quienes se enfrentan por el control del Gobierno. 

Hamás, Hezbolá e Irán representan desafíos que ningún futuro gobierno israelí podrá simplemente ignorar. La amenaza de organizaciones armadas respaldadas por Teherán y la posibilidad de que Irán desarrolle capacidades que comprometan la seguridad israelí forman parte de una preocupación estratégica que excede las fronteras partidarias. Podrán existir diferencias sobre los métodos, los tiempos, las negociaciones y el alcance de las operaciones militares, pero la defensa de la población y la preservación del Estado seguirán siendo responsabilidades centrales de quien ocupe el poder.

Y aquí aparece una cuestión fundamental: Israel no puede darse el lujo de confundir la alternancia democrática con la renuncia a defenderse. Una democracia sólida es aquella que permite discutirlo todo, cuestionar a sus gobernantes y elegir nuevos liderazgos, sin que eso signifique abandonar los principios esenciales que garantizan su existencia.

Por supuesto, combatir el terrorismo no significa que todas las estrategias sean idénticas ni que cualquier decisión militar deba quedar fuera del debate público. Precisamente porque Israel es una democracia, sus decisiones deben poder discutirse, evaluarse y someterse a la responsabilidad política correspondiente. Pero ninguna discusión seria sobre el futuro puede desconocer el derecho de los israelíes a vivir sin amenazas, atentados ni secuestros.

Tampoco debería suponerse que un cambio de Gobierno producirá automáticamente un giro radical en la relación con Estados Unidos. Washington es un socio estratégico fundamental para Israel, aunque esa relación también atraviesa negociaciones, diferencias y momentos de tensión. Los principales dirigentes israelíes saben que preservar ese vínculo resulta decisivo para la cooperación militar, diplomática y tecnológica. 

Israel conoce, además, el precio de la vulnerabilidad. La historia de su pueblo está marcada por persecuciones, expulsiones y amenazas existenciales. La memoria del Holocausto y el nacimiento del Estado en 1948 explican por qué la seguridad no es para los israelíes una cuestión abstracta ni un simple argumento de campaña. Es una preocupación que atraviesa generaciones y que adquiere una dimensión particular cada vez que el terrorismo golpea a su población.

Gane quien gane, el desafío será sostener un Israel seguro, fuerte y capaz de defenderse, sin perder la fortaleza de sus instituciones democráticas. Un país que pueda proteger a sus ciudadanos, responder a las amenazas y, al mismo tiempo, mantener la capacidad de construir alianzas y buscar soluciones políticas cuando las condiciones lo permitan.

Porque las elecciones pasarán, los candidatos cambiarán y los gobiernos tendrán su tiempo. Pero la responsabilidad de garantizar la continuidad del Estado permanecerá.

La democracia israelí tiene derecho a debatir su futuro, a exigir responsabilidades y a elegir el rumbo que considere más conveniente. Lo que no puede hacer es ignorar la realidad de una región donde las amenazas siguen presentes y donde la seguridad nacional continúa siendo una prioridad ineludible.

La conclusión es clara: puede cambiar el Gobierno, pueden cambiar los nombres y pueden modificarse las estrategias. Pero la defensa de Israel, la lucha contra el terrorismo y la protección de su población deben permanecer como objetivos centrales.

Un Israel fuerte. Un Israel seguro. Un Israel que defienda su derecho a existir. Ese es el desafío que trasciende las urnas del próximo martes.

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